Cuando los violines arden

Por: Pike

Un seno blanco casi aparecía entre los cuadros azules de la camisa abierta. Tobías estaba de pie y en su cara el lugar por donde salen las palabras no pasaba de ser una larga línea. Las manos en la cabeza. El corazón como una turbina grande. Abre y cierra los ojos. El almanaque con la playa de Varadero 89´ sigue en la misma esquina, el ventilador de techo gira y la luz del baño entra con disimulo. Nada diferente en la habitación, solo una mujer durmiendo en el piso de su armario. Tobías se acaricia con cuidado una vena grande que late en el costado izquierdo de su frente. Cierra la puerta, cuida no hacer ruido. El barniz de la hoja de cartón contrachapado le devuelve el reflejo de su cuerpo flaco en calzoncillos. Es ridículo pensar en una mujer cubierta con su única mejor camisa, durmiendo ahí.
Tobías se desnuda con calma, se acaricia el sexo, cansado abre la ducha y piensa en el calor saliendo del asfalto después de una llovizna. Luego la esponja frota duro las manchas de cal de los hombros, de los brazos. Al salir estudia la nueva arruga en el espejito del botiquín, se acaricia la barba, mira la cuchilla vieja y piensa en la mujer dormida. Se ríe de ella, de su camisa de cuadros azules, de sus dientes hechos mierda, de la cal -arde con cojones-, de Dios que es un hijo de puta por hacerlo ver una mujer dormida en el armario. Mamá, ¿qué es dios? Ella lo abraza y lo besa dos veces en la frente y cae en la cama como si hubiera subido dos mil escalones y queda en silencio mirando en la pared la cruz con el tipo clavado. La misma pregunta repite dos días después al lado de la caja. Pone la cuchilla encima del lavabo, una minúscula gota de sangre resbala por la loza blanca. Tobías, ¿todavía no sabes? No sé, mamá, pero mi compañero de celda decía que si Cristo hubiera nacido en la Tierra sería argentino.
Envuelto en la toalla va hasta la cocina pisando las divisiones de las lozas, prepara un pan con tomate-cebolla. Le gusta el sabor-olor de las cebollas. Al cortarlas recuerda el seno blanco. También al cortar el tomate recuerda el seno blanco. Y al cortar el pan. Y al echarle sal al pan. Se sirve una jarra de leche blanca y se sienta frente al televisor. Si continúa pensando en el seno se hace la paja, después no duerme bien y mañana hay que levantarse temprano, el camión lo va a recoger una hora más temprano. El viaje es hasta los edificios nuevos de Alamar. Dos meses más pintando edificios y terminará la libertad condicional.
En el televisor un señor con corbata habla de una bomba en el metro de Barcelona. Es mejor no pensar, es lo primero que se aprende, no contar los días, no recordar cómo es afuera. Más de mil muertos y una tonga de heridos. Solo tener los ojos muy abiertos. Otro canal, una mujer con gorra del equipo de Ciego de Ávila y guantes sucios enseña con orgullo a la cámara una piña, pero el camarógrafo no evita enfocarle el short apretado, los muslos gruesos y el sexo como otra magnífica fruta también sucia de tierra roja. Rápido, otro canal, en una isla del Pacífico eructó un volcán, llevaba dormido mil años; los calamares humbolt pueden medir hasta tres metros; en Namibia cayó nieve. Es mejor si pone música. El radio, deja el platico con el pan y la jarra de leche sobre la mesa del comedor. El radio… CMVQ, la música eterna, Vivaldi, el violín de Vivaldi, las curvas del violín, el seno blanco en el armario… Tomás de Aquino manda a quemar todos los violines. Es increíble la mierda que uno termina leyendo cuando está en el tanque. Ay, Tomás, si te siguen rejodiendo la noche con esa insistencia del cuerpo de Eva, súcubo aéreo, cómo te levantarás al día siguiente para hablar de dios, con dios y estrecharle la mano. Se oiría una voz en lo altísimo con acento argentino diciendo: Onán, limpiátela primero. Tobías cierra los ojos medio minuto, casi sonríe, casi duerme, casi sueña el espanto de Aquino. Cuando los abre, un rayo de un sol en agonía recorre en el suelo la leche seca.
En el reflejo de la puerta un hombre flaco, casi calvo, acabado de afeitar envuelto en una toalla vieja come con mucha calma un pan con tomates y cebollas. Sacude las migajas que le cayeron en el pecho y pega el oído a la madera. Su corazón hace demasiado ruido. Si pudiera mirarla otra vez sin despertarla. Si pudiera acostarse a su lado y no importa si el armario es estrecho. Si estuviera todavía. Cerraría la puerta, así no entraría la claridad del bombillo del baño. La abrazaría por detrás y sentiría en su pubis el calor de mujer, el pecho en su espalda, sus muslos en sus muslos. Y cuando esté ahí si ella despierta no importa. Primero estira los brazos largos, las piernas largas, lo llama por su nombre y se voltea. Las dos narices muy cerca. En lo oscuro solo se ve el olor de las cebollas saliendo de la boca abierta de Tobías. En lo oscuro solo se escucha el corazón de Tobías dando tropezones dentro de su pecho cuando ella lo acaricia en el lugar donde se siente el tam-tam desde el otro lado de la piel, lo invita a que haga lo mismo con el suyo. Tam- tam, la mano temblorosa de Tobías toca el pezón rozado y suena, ti-trimmmm,ti-trimmm, el coño de la madre de quién sea, el timbre en la puerta. Esta casa no tiene timbre, a duras penas una puerta.
Trimmm, se repite, alguien espera afuera pero a él no le importa, su padre no está en casa y mamá está en el baño. Tobías tiene cuatro años no puede abrirle la puerta a nadie. Antes de salir para la guardia mamá y padre se trancan en el cuarto y después ella pasa horas bañándose. El timbre se repite y Tobías observa a mamá desvestirse por la puerta del baño, no cierra bien. Se acerca más, casi pega su mejilla a la madera tratando de no ser descubierto pero esta puerta de mierda tiene jodida una bisagra, se abre de un tirón y mamá lo descubre con la boca abierta mirándola. Ella se ríe… mamá está desnuda y se enjabona los brazos. Con un gesto lo invita a acercarse a la bañadera mientras el agua arrastra lentamente el jabón por su pecho. Él da un paso al frente como si estuviera en el ejército y algún general pendejo lo mandara a fajarse a los piñazos con un tanque de guerra. El agua llena de jabón lo salpica y él levanta encantado su manito tratando de coger algo demasiado alto. Con un gesto le repite la invitación y él pasa un pie, luego el otro, se recuesta a su lado.
Ella le acaricia la cabeza casi calva, le besa la cabeza y en cada beso nace una greña de pelo negro. Los dos se sientan en el fondo de un armario lo suficientemente dilatado para que ella lo envuelva en la camisa de cuadros azules y se dejen caer dando vueltas por la cuesta de la Loma del Capiro. Todavía virgen, sin escalones, ni monumento, ni conmemoraciones, ni gente subiendo con cámaras. Todavía es la Loma del Barrio tan cerca de la casa suya, la antigua casa a cinco minutos del potrerito donde una niña de doce años y un niño de nueve juegan a hacerse cosquillas. Él la mira a los ojos, la frente, riéndose le quita una por una las fibras de yerba seca en los rizos rubios. Piensa, este juego es mejor que ir a la escuela, mejor que comer torrejas o bañarse en la poceta de Guancho y al carajo padre cuando dice: “no, no, nooo, ahí bañan los caballos”. Caballos grandes de los carretones, trabajan el día entero y después vienen a limpiarse en el agua fresca, a jugar en el agua fresca, a recordar que todavía son animales magníficos.
Un soplo de aire húmedo remueve las camisas colgadas en el armario. Un caballo sin carretón salta por encima de sus cabezas tumbando dos percheros vacíos. No hay palabras. Ella se muerde el labio inferior y le da un papel donde dice en dos sonidos que lo quiere. Después se escapa corriendo, confundiéndose entre la gente cuando suben por la calle hacia el Parque Vidal. Él toma un perchero lo endereza con mucho trabajo y hace un corazón de alambre. Tobías tiene dieciséis años y por primera vez salen juntos, sin mirarse casi, pero dándose la mano. Él, sin que ella lo descubra, huele su pelo rojizo. Su pelo y la noche tienen un deseo de lluvia imposible de pasar por alto. Adentro del cine se acarician las manos y se ríen del viejo dormido con la boca muy abierta en la butaca de atrás. A la salida del cine miran el cielo rojo y descubren el agua, no los dejará llegar a sus casas. Corren sin parar, sin haber determinado con palabras, la meta será el banco debajo de la ceiba grande. Las primeras gotas caen gruesas sobre las hojas más altas. Ella le dice castañeando los dientes “acércate”, “abrázame”, “tengo frío”. Entonces se aprietan más y más dentro de la camisa hasta hacer un capullo de cuadros azules. El capullo se rompe cuando ella saca la suya y maneja la mano temblorosa de él hasta el interior de su blusa húmeda. Por la puerta abierta del armario entra la llovizna llena de frío y diminutas hojas de ceiba arrastradas por el viento, rozan los pies de Tobías. Él siente la cara y las manos y el pubis como si se fueran a quemar. Tengo fiebre, dice y ella se ríe, le toca las mejillas y le acaricia dos greñas de pelo negro sobre la frente. En serio, “tengo fiebre”, dice besándole el cuello, apretándole los senos como si quisiera hacer salir una vasija de barro con ellos. “Suave, hazlo suave”.
Dos gotas de leche nacen del pezón. Él los lame y vuelva a piensar en mamá, en los caballos arrastrando miles de personas en un carretón ridículo, en las espinas de la ceiba, en el hambre, en el llanto de un niño de pocos meses. Tobías tiene veintisiete años y es padre de un niño con hambre. No ha amanecido aún y ella se levanta de la cama medio dormida dejando un hueco caliente. Él lo recorre medio dormido con sus manos mientras la observa de espaldas, de la nuca hacia arriba parece un hombre, el pelo corto, como pequeñas fibras de yerba circular color chocolate enterrándose en la piel. De la nuca hacia abajo definitivamente no. Ella levanta al niño y lo ajusta a su seno como la pieza de un rompecabezas mágico. Daniel, Daniel… dice mientras llora pero no se le entiende, en los sueños la voz persiste adentro. La boca abierta, no puedes respirar y pareces un goldfish haciendo burbujas de Daniel, Daniel, Daniel… Finalmente cierra los ojos dormido, dormido, y ella lo coloca en la cuna. Tobías está llorando pero con su llanto nadie va a despertarse, tiene la cabeza metida entre los muslos de ella, le acaricia la espalda, recorre con la mano sus piernas, los pies. Los mismos pies torpes y planos que mañana subirán la escalera de un avión definitivo. Por eso acaricia el hueco caliente en la cama y mira cada objeto en la habitación, así no se le olvidan cuando cierre los ojos. Por eso comprende, esta será la última vez que lamerá estos senos y lo hace despacio, como si fuera un último turrón de azúcar, como si fuera un oficio de hormiga, como si fuera un seno y una noche y una gota interminable. Cuando ella diga adiós con su mano izquierda el sonido de las turbinas de un avión elevándose calcinará las paredes de esta habitación hasta hacerlas cristales de azúcar, las paredes de este armario hasta hacerlos cristales de azúcar, las paredes de este cuerpo hasta dejar un corazón gigantesco con la boca muy abierta coleteando en el suelo entre cristales de azúcar.
¿Qué se hace cuando tu corazón sale disparado del pecho, da cuatro tumbos y termina boqueando en medio de la calle? No lo piensas dos veces y vas a recogerlo claro, pero el proceso es complicado, terminas primero rompiéndole la cara a uno que pasó demasiado cerca en una bicicleta. Luego, el brazo a otro vestido de uniforme y con un bastón negro en la mano. Cuatro años, Tobías, no llores, cuando salgas Daniel va a saber hablar y caminar y preguntar por ti. Dice una mujer por un teléfono que no vuelve a sonar nunca más.
La luz del bombillo comienza a pestañar, a esta hora el voltaje siempre es una porquería. Reposa en el aire un silencio húmedo. De casa vacía y estómago mal lleno. La llave de la ducha está abierta y hace horas el tanque perdió su contenido para desdicha de cada uno de los residentes en el edificio.
En el suelo de la cocina una fila de hormigas carga las migajas de pan caídas al suelo, cruzan rápido la sombra de un hombre flaco vestido con una toalla vieja que observa su reflejo en el espejo de un cartón contrachapado. Un hombre flaco con la boca semi abierta, semi sonrisa estúpida, sus dientes siguen hechos mierda. Le duelen los pies y su cara está roja como si hubiera subido y bajado todos los edificios de Alamar. El jabón sigue pegado en la piel junto con la cal y el cansancio. Mira el armario vacío, los cuatro percheros, las cuatro camisas. Casi sin tocarla saca del perchero la camisa de cuadros azules, respira profundo el olor de su cuello y cierra la puerta de un tirón.

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