Réquiem para el solo

Por: Pike

Réquiem para el solo
a A. Anido.

«El hacedor de sombras no es el asalto de la vid a los enrejados en el patio, no es el caer simultáneo de los retazos en las estatuas.»

En esta yesca en el suelo hubo una rejilla,
una puerta, una cuna.
Agua lenta.
Agua oscura.
Agua impasible que brota en la fuente
y los gorriones con sus picos
pican las manos
del niño que se pierde
con sus juegos tras las hondas.

Este loco descascara las paredes, concibe los dragones que más tarde
reniega en su abigarrada expresión del miedo.
Cada levantamiento, cada geografía incierta le asalta,
grieta, atrás,
selva, atrás,
sierpe.
Este loco ha trenzado su camisa de fuerza,
lanza sus cabos marineros y sentado en la butaca pregunta:
¿qué edad tiene por vez primera evocar los últimos besos cada roce
cada celda la escudilla donde amanece?
Silencio. Frío, sube de las lozas, óleo que niega la llama,
rebota entre las zarzas
y se pierde con un lamento por los corredores.

Amanece. El hombre percibe adentro
el carro del pan, la arteria citadina.
Aroma. Ancestral el beso en la mejilla. Sorbos de café.
¡Buenos días! La taza blanca con su flor azul.
¡Buenos días! La respuesta levanta polvillos,
cristaliza toda ausencia, consume la primera esperanza en el día.
Bajo la marcha nupcial del silencio en la casa
reaparece el espectro materno,
como cintas veladas uno a uno
emergen sobre la piel los besos:
¡Madre! Si pudiera retener al menos
el vuelo de estos gorriones que descienden, mojan su pico,
y entre aletazos grises se evaporan tras el resonar de tus pasos.

Un soplo de aire quiebra en los hilos la plata,
caen las sábanas, vuelo corto.
Dos salamandras atizan dentro,
la gaveta recibe el vientre, roce contra la madera, juego.
Él percibe cada pálpito -ojos entreabiertos-
y el trance no acaba, se posterga infinito como un hormiguero.
El hacedor de sombras levanta la aldaba,
de una vez ha comprendido cuánta nostalgia
es repetir el saludo.

En esta espera la soledad es el oficio más terrible.

Los capiteles caen como albatros que fueran heridos
en su viaje hacia lo eterno.

Cristo tiene un orificio en el lado izquierdo del corazón llameante.

Otoño. Sobre la tierra el marabú puede alcanzar,
tomar las escaleras,
crecer a la orilla del pie de Dios,
pincharle con un lamento, decir:

…es tarde ha cesado la lluvia el viento la orquestación final ha cesado el vientre ayer vi como un periódico sobrevolaba la calle jugando con el viento hasta caer sería igual si me corto las tetillas pliegue viejo el viento igual un vals liberador nada pudiera impedir soy un viejo viejo viejo repiqueteando como una campana fofa nada pudiera impedir has cesado Tú.

…entonces, el silencio de este loco en su casa sería en defensa propia.
Él puede, conoce la intersección.
Ha consumido en su candelabro las siete velas
y prefiere la estampida. Este poema transforma su ritmo,
asciende al caer.
¿Qué hacerle? Mañana será un soleado día de abril,
triste como solo los días soleados
en abril pueden serlo.
¡Cuán suave el llanto, la cicatriz,
aunque aguarde roto
el filo en la taza
y la flor azul se pierda
bajo el viento de estos, los siglos más ásperos!

Incienso en las ventanas.
Incienso en las ventanas.
Incienso en las ventanas.
Encerrar el encierro, abrir.
Entre las manos rueda el daguerrotipo
de una mujer desnuda.

Este hombre murió solo, en abril,
sentado en su ancho sillón de caoba.
Se cumplieron los tres días y fue descubierto.
Al abrirle las manos cayó al suelo la taza blanca de la flor azul
-y se deshizo sin más-
como temiendo no poder servirle desde esta ribera,
el café por las mañanas.

admin