Guardar y Recordar

Por: Yael

A mis abuelos
La vida en su curso natural nos arrastra y hace que de lo cotidiano nazca la maravilla. Así lo sentí el día de mayo en que finalmente pude encontrarme con el Muro. Fue como la primera vez de casi todo, algo de nervios e incertidumbre y sobre todo un sentimiento que sabía debía salir, pero no brotaba. El vacío ganaba, la materia se imponía al espíritu. Demasiadas personas y espera, para algo íntimo, muy íntimo.
Esperé con paciencia y llegué a él con pequeños pasitos. La cabeza con ideas que rebotaban enloquecidas y no lograba que se concentrase en algo concreto. Recordé los deseos que tenía en el bolsillo y los coloqué apretaditos junto a otros papelitos minúsculos en algunas de las múltiples grietas de las piedras, y entonces… pedí.
Las mujeres muy juntas susurraban, mis ojos discretos recorrieron toda la gama de diferencias en las presentes. Una energía flotaba, ayudada por la ola de calor que superaba los cuarenta grados Celsius. Volví a pensar en el Muro de nuestra historia, lo sentí muy liso, tan liso por todos sus años, pulido por cientos de miles de manos; también estaba frío, y yo, aún sin concentrarme. Decidí salirme y abandonar, cuando de pronto, un sonido estridente e inesperado me hizo mirar hacia el impecable cielo azul y entonces se me volcó el corazón. Los recuerdos llegaron atropellados y en avalancha. Los chiquillos corríamos despreocupados por el largo patio de la vieja casa señorial, que como cada verano acogía a todos los primos. Nos diferenciábamos poco en edad, y el espacio no nos faltaba para vivir infinidad de diabluras en la temporada estival.
La arquitectura colonial española de nuestro hogar era cómplice de aventuras donde la imaginación florecía entre magníficas puertas, enrejados e inmensas columnas que dividían los vastos salones. Los labrados ventanales de la sala alcanzaban para todos los muchachos y hasta la pequeña escalerita de mármol blanco y reluciente que daba entrada a la casa, era ocupada al azar por cada uno en sus cuatro niveles, y nos servía para “grandes espectáculos”. La mesa para seis sillas de la saleta se convertía en establo por debajo de la cual los “potricos” corrían. Los “pasadizos secretos” para escapar, en los cuartos corridos, quedaban ocultos en las esquinas entre puertas y escaparates. El comedor y la cocina, al final de la casa, quedaban vedados para horarios especiales; en ellos reinaba el olor criollo que impregnaba la incomparable comida de la abuela. El patio era el lugar productivo de la casa, siempre con troncos de finas maderas que también ofrecían su exquisito aroma peculiar; un tercio del patio estaba techado y lo ocupaba el taller de tornería del abuelo, quien además se mantenía vigilante a nuestros constantes movimientos.
Uno de esos días, una voz infantil gritó: – ¡Ya vienen! El torno y la sierra dejaron de girar con un chirrido seco y las miradas se volvieron a una nube negra. La abuela salió de sus predios y con su acostumbrado tono guajiro sonó un: ¡Alabao! Todos felices y a la vez asombrados veíamos crecer la mancha ruidosa que un año más invadía nuestra escasa privacidad, pero sólo la abuela entendía que el trabajo se redoblaba para ella.
Para los niños era una fiesta indiscutible. La casa se nos ponía de cabezas. El techo era su lugar más preciado y la saleta el puesto de mando indiscutible, pues en sus recovecos cobrados por el tiempo, el calor y la humedad, la colonia de golondrinas, que arribaba, hacía sus nidos. De entre la viga y la losa, entre gorjeos y chasquidos, surgía la vida.
Quedábamos atónitos y todo en la casa giraba en torno a este hecho. Perdían valor temporal el martillo, que siempre teníamos clavando algún tocón de madera; los viejos radios y relojes, que “reparábamos”; el caracol gigante y las antiguas piezas de la fábrica de zapatos que tuvo el abuelo, que servían ahora para mantener abiertas durante el día las puertas de los cuartos; los infinitos libros que llenaban libreros en las paredes; la terraza de la casa de la tía María, ubicada en los altos de la nuestra; y hasta los peces en sus once peceras y el estanque, las plantas de la abuela o la perrita que nos seguía a todas partes. La saleta se cruzaba a la carrera para no ser víctimas de todo cuanto caía de los nidos, en el afán de sus nuevos moradores por hacer crecer su familia, o del techo, que nos regalaba a cada rato otro pedazo perdido.
Todo esto matizaba con limpieza doméstica incrementada; almuerzos familiares en los que aparecían amigos inesperados, con una mesa bien puesta sobre un mantel siempre blanquito como el coco y bautizado por el agua virada de algún vaso travieso; vecinos que llegaban, en cualquier momento, a buscar agua del pozo o a hablar por el teléfono de la casa; la vieja lavadora con sus rodillos para exprimir la ropa, y las tendederas altas repletas, chorreando el agua aprovechada al máximo en nuestra juerga; las calandracas para alimentar a los peces que traía, de quien sabe dónde, el tío y que no dejaban de ser azuzadas por nuestros abusadores dedos y, sobre todo, la paciencia infinita de la abuela, quien sentía su castillo fuera de la paz rutinaria.
La casa crecía, no bastaba con las tres generaciones que ya convivíamos dentro de ella, pero así también lo hacía su deterioro. La alegría infantil se selló con la llegada de un falso techo de madera el cual anuló de nuestras vacaciones escolares a las esperadas golondrinas.
Y justo en el Muro, casi 35 años después, bajo el cielo de la otra mitad del mundo, en el lugar donde casi todos los comienzos de la civilización escribieron sus páginas, vinieron a mí los graznidos poco usuales, para recordar y guardar una parte importante de mi pasado. Las miré largo rato con ojos emocionados, el pecho sobrecogido, lloré y sonreí, despegué entonces mi mano y con pasos lentos, de frente, fui dejando el Muro y esperando que siempre vuelen para mí las golondrinas.

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