En un segundo

Por: Dalia Fuentes

El teléfono sonó insistente en plena madrugada. Jenifermiró el IPhone a solo a unos centímetros de ella mientras se reproducía la usual marimba de tono de llamada, mas, no quería saber de nadie, así que declinó la solicitud e inmediatamente lo apagó. «El que me necesite, que llame luego», pensó mientras hundíasu cabeza bajo las almohadas de plumas.
Jenifer quería no pensar y olvidar su vergonzoso fracaso. No había podido ganar la licitación del contrato para la trasnacional en la que trabajaba. Se moría de rabia por haber sido vencida por aquel “abogaducho de pacotilla” y, además, aceptar la derrota con una sonrisapara no quedar en evidencia. No, no era políticamente correcto que ella ―rubia, rica y graduada de Harvard―, expusiera sus pensamientos sobre el mestizoproveniente de una universidad pública. La pérdida de la oportunidad de mostrar que era mejor que ellos le corroía los sentidos. Lo único que le quedaba era su profesión, el matrimonio había fracasado y su hijo…, apenas si lo veía.
A esa misma hora, a las afuera de la ciudad, en el barrio latino,la puerta de la casa de Carmenretumbaba bajo fuertes golpes. Los puños de Johndescargaban sobre la madera su angustia. Impaciente,alzó su voz y gritó el nombre de la mujer. Una luz en la casa de al lado se encendióy vio que la somnolienta cara de una señora mayor se asomó por una ventana y en un inglés apenas entendible, gritó:
―Hey! No ve la hora qué es. ¿Qué es lo que usted quiere?
―Sorry, yo busco a Carmen… Es urgente ―dijo John sin dejar de golpear la puerta.
―Va a romperla y por gusto. Ella no está. La semana entera se queda en casa de su patrona. Pero, mire mijo, Susanita, la hija, sí debe estar…
―Oh! Lo olvidé…Sorry, ¿sí? ―dijo John ygiró sobre sus pasos para montar en el carro que lo había llevado hasta allí―. A casa de Alex… ―indicó al amigo que hacía de chofer. Ya en marcha se cubrió el rostro con las manos y se entregó al dolor acumulado en su pecho.
El cerebro de Jenifer seguía sin lograr descansar. El somnífero, que debía acallar sus pensamientos, no le había hecho efecto aún. Algo…, un mal presentimiento, no la dejaba atravesar la cortina del sueño.Pensó en el IPhone yen el número que a llamaba con insistencia. En un arranque de inseguridad tomó el teléfono con intención de encenderlo, pero no lo hizo, sino que molesta lo tiró dentro de la gaveta de la mesa de noche.De vuelta a la batalla contra el insomnio, paseó sus ojos por el techo blanco del aposento mientras hacía ejercicios de respiración para calmarse. Puso su mayor esfuerzo en no pensar en nada, mas, una idea la inquietó:
―Esta preocupación será por Alex? No puede ser, he mirado en su cuarto y está durmiendo… Hoy ha sido un día de locos, solo es eso. Todo está bien…
Aunos metros de aquella habitación, Carmendormía en un estrecho cuarto detrás de la cocina, después de un día en extremo agotador. Ella era la criada de aquella casa que parecía un palacio y su horario de trabajo comenzaba al amanecer para terminar solo cuando lo dispusieran sus patrones. El salario no eramalo si lo comparaba con el de sus colegas, aunque otros sinsabores venían con él. Llevaba años lejos de su hija, solo la veía algunos fines de semana y mientras tanto Susana crecía a la deriva. Cada noche se dormía mirando la foto de la muchacha en su cumpleaños dieciséis y soñaba con el día en que esta se convirtiera en una feliz y exitosa abogada como Jenifer. Entonces, pensaba, Susana le agradecería y comprendería porqué debía viajar dos horas diarias para asistir a la misma escuela que el hijo de su patronapara luego volver a una casa completamente sola.
―Si Juan no nos hubiera dejado… ―se decía―. Cuento el tiempo que falta para que vaya para la universidad; vivo con el susto de que algo le pase a mi pequeña.
Ya amanecía cuando John llegó a la residencia. El teléfono de la madre de Alex, y que este le había dado solo paraalguna urgencia, lo llevaba continuamente al buzón de voz. Al bajar del auto, corrió a la puerta a tocar el timbre.
Susana y Alex eran sus mejores amigos, los tres eran inseparables en el HighSchool. A él lo conocía desde pequeño y luego se sumó ella al comenzar la secundaria. El amor entre su amigo y la muchacha se hizo evidente apenas iniciado el curso. Pertenecían a mundos diferentes, pero para los jóvenes lo único que importaba era estar juntos. John,en un inicio, sintió celos, mas, pronto comprendió que la joven había llegado para hacer más fuerte la amistad entre ellos. Él se convertiría en el amigo que guardaba el secreto y servía de justificación en las salidas de los enamorados.
Desesperado, sin dejar de llamar, una vez más maldijo el momento en que planearon la salida de esa noche. Susana y él no tenían problemas, eran almas libres sin padres que los controlaran, pero a Alex,aunque su madre trabajaba hasta tarde,siempre al llegar lo buscaba, mas, el muchacho se propuso engañarla y hacerlo bien.
Amarrado cada detalle, quedaron para verse en el “Rave” que organizaban los Senior´s. Era la oportunidad que esperaban para intercambiar con los estudiantes mayores y sentirse que ya no eran unos niños. Pero…, todo cambió en un segundo. Llegaron juntos hasta casi la entrada del almacén y allí él se separó de ellos. Los vio entrartomados del brazo, estaban felices como pocas veces, mientras él se había quedado fuera saludando a otros amigos.
Entonces, algo invisible lo golpeó en el pecho, lo arrastró varios metros para luego, como una hoja de papel, dejarlo sobre el piso cubierto de tierra y escombros. Perdió el conocimiento, no supo por cuanto tiempo; al abrir los ojos vioa otros como él en el piso y grandes lenguas de fuego provenientes del almacén. Pensó en sus amigos eimponiéndose al dolor trató de incorporarse, pero el esfuerzo fue inútil: las manos de unos bomberos se lo impidieron.Cuando lo llevaron a la ambulancia vio que todo estaba envuelto en llamas y en un humo negro tan denso que, solo un milagro podría salvar a los que habían quedado dentro.
John movió la cabeza de un lado a otro para despejar las tribulaciones y contener las lágrimas que pugnaban por volver a caer. Estaba adolorido, magullado, triste; sin embargo, tenía que ser él quien diera la noticia. Se sentía culpable por estar vivo, así que no podía dejar que se enteraran por un frío policía, era lo menos que podía hacer por sus amigos.
A la insistencia del llamado, la puerta finalmente se abrió. Dos pares de ojos soñolientos e inquisitivos lo recibieron. Desde la mitad de la escalera hacia las habitaciones, envuelta en un desabillé de seda beige, Jenifer esperabaque Carmen abriera la puerta para ver quién molestaba tan temprano. Carmen, en un pijama de algodón,había corrido a abrirasustada. Al verlo, ninguna entendió por quéestaba élallí a esa hora de la mañana. Jenifer y Carmen miraron al tembloroso y herido amigo de sus hijos y, entonces, un frío de miedo intenso las recorrió y el corazón de ambas se paralizó.
El joven, atravesado pormiradas de angustia, balbuceó las palabras que le dictó su cerebro. Sin coherencia contó lo vivido, sus propias interrogantes y su arrepentimiento. Jenifer, que había quedado petrificada al oír a John, se negó a aceptarlo. Corrió al cuarto de su hijo yfue directa a la cama del muchacho. Nerviosa, con movimientos torpes, la destendió. De sus ojos se despendió una lágrima al ver las almohadas que habían simulado la presencia de él. Un grito desgarrador rompió el silencio del amanecer y sin control se deshizo en llanto.
Lívida, salió de la habitación mientras su cerebro no paraba de pensar: no se conformaba con lo que contaba John, tenía que saber… Tan rápido como se lo permitió su aletargado cuerpo descendió la escalera para encontrarse con Carmen, que también lloraba desconsolada.
Envueltas en luctuosos presagios,ambas madres se abrazaron; sus caras mostraban pánico e incertidumbre. Las noticias de la mañana, en el televisor de la sala que instintivamente Jenifer encendió, ya reportaban lo ocurrido. A ellas les esperanzó oír que había sobrevivientes y que eran trasladados al más importante hospital de la ciudad.
―Los heridos ―repetían los locutores―, eran pocos. La mayoríade los presentes habían quedados sin vida en el lugar.
Corrieron, ilusionadas,de que sus hijos estuvieran dentro de los salvados.El centro de salud era un caos, cientos de personas se abarrotaban en las afueras, pero allí se mantuvieron aferradas a un quizás. Hasta que,al caer la tarde,el más terrible de los posibles se confirmó en una realidad dolorosa que las aplastaría para siempre. Junto a cientos de padres, ellas, agarradas de las manos,escucharonlos nombres de sus hijos de entre los fallecidos.
Todos lloraban, nadie podía aceptar el prematuro final de sus hijos. Jenifer sintió que se ahogaba entre la muchedumbre, en busca de algo de oxígeno levantó la cabeza y miró por encima de quienes la rodeaban. Una nueva sorpresa cargada de arrepentimiento le haría darse cuenta que todos somos iguales ante la muerte. Cerca de ella estabael abogado que la había vencido el día anterior. Sintió vergüenza de sus pensamientos discriminatorios; el hombre, que había demostrado firmeza y hasta sangre fría al ganarle la licitación, ahora lloraba desconsolado en brazos de su esposa.
A partir de aquel día, el mundo se desmoronó para Carmen y Jenifer; llenas de afliccióny autorrecriminación, no volvieron a sus trabajos. El tiempo aligeró el dolor, pero nunca lograron perdonarse. Por cada día de sus vidas recordarían que de haber prestado la debida atención, sus hijos no hubieran ido al lugar donde una autoproclamada organización de supremacistas blancos se propuso dejar su huella atroz.

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