El pescador

Por: Matusalén

Los pescadores tienen fama de ser exagerados, fantasiosos y mentirosos.
Cuco estaba enmarcado en ese grupo –pescador de siempre – nació en el pintoresco pueblo de Cojimar, allí le salieron los dientes pescando jaibas, mojarras, pataos, siempre a la orilla del mar. Creció, se hizo un hombre curtido por el sol y la sal, palabras que solo se diferencian por una vocal y que juntas hacen una combinación fatal al que expone su piel sin protección.
Tenía 35 años, trabajaba para la cooperativa pesquera, poseía su propia embarcación con un motorcito de petróleo – LA SIRENITA, llevaba por nombre – .
En la vida real era famoso por las buenas pescas, pero más famoso por sus cuentos de sirena que rayaban en lo fantástico.
Cuco vivía solo, se le conocían mujeres, pero nunca por mucho tiempo; su vida era el mar y la pesca.
A Cuco no le gustaba pescar cerca de otros botes, por lo que siempre lo hacía en solitario. Ese sábado había salido del muelle a eso de las 5 pm, todavía de día, ya eran las 6 am del domingo, comenzaba a clarear por el Este, se hubiese ido antes, pero no quería llegar con las manos vacías, la noche no le había reportado nada, los pejes, estaban como asustados.
Comenzó a levantar la potala que mantenía firme el bote y le pareció que un gran pez cruzó rápido, casi a flor de agua, pero solo pudo ver una gran cola que se sumergía velozmente. Soltó la cuerda de la potala y se quedó mirando intensamente al azul oscuro del mar; un chapoteo a sus espaldas lo hizo virarse rápidamente y alcanzó a ver un círculo en el agua como si algo se hubiese zambullido. La curiosidad lo tenía expectante, se puso en pleno estado de vigilancia, tomo el arpón tiburonero para utilizarlo en caso necesario. Pasado unos segundos que le parecieron horas, sintió un tenue silbido por la popa del bote, dos finas manos se agarraban de ella, quedó pasmado, se acercó lentamente con el arpón listo para usarlo; cual no sería su sorpresa al ver una mujer con una bella cabellera rojiza, ojos azul verdosos como el océano y exhibiendo unos bellos y firmes senos enmarañados en algas marinas. Ella con toda suavidad y voz cantarina le dijo – Baja el arpón y no temas nada, no te asustes, soy solo una sirena- Cuco no salía de su estupor, bajó el arpón, lo puso en el fondo del bote, aquella vocecita lo calaba y le infundía tranquilidad. Se arrodilló en la popa para verla mejor, ella estaba introducida en el agua hasta la cintura – No te esfuerces en hablar, yo leo tus pensamientos, tampoco hablo yo, tú me escuchas en tu mente- así le dijo ella y continuó – te he estado observando durante mucho tiempo, tu embarcación se llama La Sirenita y tus sueños con ellas se te están cumpliendo, yo soy la prueba viviente. –
Cuco le preguntó ¿Te puedo tocar? – Todo lo que quieras, me puedes considerar tuya – ¿Te puedo sacar del agua? – Si -. Él la tomó por los brazos y sin mucho esfuerzo la puso sobre el bote, ella haciendo gala de una gran agilidad se sentó acomodando su hermosa cola de pez. Sin mediar palabras ambos se besaron con efusión él no se resistió a la tentación y palpó sus preciosos y rígidos senos, aquella estampa de la mujer pez y el humano amándose era digna de la mejor imaginación, así se mantuvieron durante largo rato. Cuco desesperado por hacerla suya, le preguntó cómo podían copular, ella apartó unas escamas del área donde las mujeres tienen su sexo y le dijo – por aquí puedes introducir tu miembro – . Cuco impetuoso a más no poder lo sacó y cuando iba a accionar, ella lo detuvo delicadamente y le dijo, – ponte un preservativo – -¿para qué?- , contestó él ¿Acaso ustedes padecen de enfermedades venéreas? No puedo creer que en el mar suceda eso – – No cariño mío, – dijo ella delicadamente – el problema de nosotros es la ciguatera–.

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