Palabras bailarinas

Por: Huesitos

Había una vez en una ciudad llamada Toreo, una escuela donde los maestros eran muy exigentes. Los castigos que ahí se daban eran los más fuertes de todo el mundo. En esa escuela estudiaba una niña muy linda llamada Ariela. Era alta, con el cabello largo y rubio; siempre con las uñas pintadas, aunque no lo tuviera permitido y le gustaba ayudar. También era muy inteligente y su trabajo lo terminaba rapidísimo, pero tenía un defecto: era muy latosa y platicona.

Ariela iba en tercero de primaria y tenía una maestra que era muy exigente y regañona. Un día ella y los 7 amigos con los que se juntaba, se portaron muy mal en el salón, así que la maestra se molestó mucho y decidió castigarlos haciéndoles examen un día después de clases.

Si la maestra estaba enojada, ellos lo estaban aun más porque no querían quedarse después de clases, así que comenzaron a quejarse, pero como todos sabían que en esa escuela eran los más severos, no pasó nada. Llegó por fin el miércoles, el día de cumplir con el castigo. Ariela y los niños estaban muy nerviosos porque faltaba muy poquito tiempo para que se acabaran las clases y tuvieran su examen. Cuando sonó la campana todos salieron, menos los amigos. La maestra comenzó a repartir los exámenes.

Aunque los amigos se sabían las respuestas porque eran muy inteligentes, se sentían muy estresados porque el examen era muy largo. Justo cuando faltaba muy poquito para que se acabara el tiempo y se fueran a su casa, del examen de Ariela empezaron a moverse las letras; ella no lo podía creer, pero ¡sus palabras cobraron vida!, y éstas se levantaron de las respuestas bailando frente a sus ojos. Ella no entendía qué estaba pasando. En un dos por tres, las letras salieron corriendo del examen hacia el patio de la escuela y Ariela corrió para atraparlas.

Las letras eran tan rápidas que no podía agarrarlas y si no lo hacía, sabía que su examen quedaría en blanco y reprobaría. Se escondían por todos lados; lograba agarrar a algunas, pero no a todas, hasta que se cansó, se sentó en medio del patio y comenzó a llorar. Cuando las letras la vieron, se acercaron lentamente y muy apenadas le dijeron:

-Sabemos cómo te sientes, eso mismo que tú sientes ahora, lo siente tu maestra cuando los niños no le hacen caso.

Ariela se sintió muy mal por su comportamiento, entendió a su maestra y comprendió que siempre era mejor portarse bien. De repente, sonó la campana de salida de la escuela y quiso salir corriendo, pero no pudo: se dio cuenta que no era la campana, sino el despertador. Todo había sido un sueño.

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