Comida rápida

Por: Tojolabal

Pasaban de seis en seis, seleccionaban su pedido en la pantalla y se retiraban a esperar en sus asientos. El promedio de tiempo que demoraba la selección no rebasaba los siete segundos. Los meseros se desplazaban seguros, con pasos determinantes. Sin reparar un solo instante, iban y venían cargados de bandejas con cajas de cartón, todas ellas marcadas con la insignia del restaurante: único establecimiento de aquel inhóspito condado.

Era el tercero de la fila, la siguiente tanda me tocaría a mí. Ya con mi orden realizada, me iría a sentar con el resto de los comensales de la mesa verde.
Mi turno llegó antes de lo esperado. Me tomé unos segundos para examinar los primeros platillos que se me presentaron; luego, coloqué mi dedo en la pantalla y lo deslicé hacia la izquierda, dando lugar a un nuevo catálogo culinario. Repetí un par de veces el procedimiento, sopesando cada platillo. Me percaté en seguida de que los hombres que esperaban turno, todos trajeados y pulcramente peinados, comenzaban a impacientarse. El flujo de personas que iban y venían se interrumpía en mí, fijo ante el monitor mientras el resto no demoraba en ceder su lugar frente a la pantalla. Fui yo esta vez quien sintió los primeros síntomas de la impaciencia. Ansioso como estaba, seguí deslizando, las opciones del menú parecían inagotables.
Por fin me detuve ante una hamburguesa. Casi podía sentir en el fondo de mi nariz el aroma salado de la carne e imaginarme los jugos resbalando por mi paladar y asentándose en la memoria de mis papilas gustativas me producía un placer cuasi orgásmico que fue cortado de tajo cuando me di cuenta del precio: 600 Dazzis. ¿Cómo iba a pagar esa cantidad por una hamburguesa? Con fastidio, volví a deslizar a la izquierda, dispuesto a elegir cualquier alimento mínimamente apetitoso que no rebasara los 300. Volver la vista y observar los rostros desesperados de los hombres en traje me hizo reparar en mi decisión y regresar a la hamburguesa. Un pequeño lujo de vez en cuando no hace daño a nadie y ese manjar bien valía la pérdida.
¡Tremenda decepción la que me llevé! La hamburguesa había desaparecido del catálogo. Tuve que revisar una y otra vez que no haya cometido un error, pero era definitivo. Pedí hablar con el gerente: “es un restaurante poco común”, me decía, “el menú cambia constantemente, nunca es el mismo”. Intenté explicarle la situación y le pedí de favor que me preparara el plato, yo se lo pagaría íntegro con dinero en efectivo. “Lo siento señor, así es como funcionamos”. Rogué por que hicieran una excepción, pero mis intentos fueron vanos: “vuelva a hacer la línea y quizá el platillo esté de nuevo disponible”.

Acepté la sugerencia del gerente y volví a formarme. Los hombres de la fila me volteaban a ver con desprecio, percibía incluso cierta repulsión en sus miradas. Cohibido, me acomodé la camisa y pasé mi lengua por los dientes, pese a no haber probado alimento alguno en todo el día. No pasó mucho tiempo cuando ya me encontraba de nuevo frente a la pantalla, hice una inspección rápida de todos los platillos; pero nada. Ningún rastro quedaba de aquel suculento manjar.

No tenía a dónde ir y el hambre había desaparecido, así que me quedé sentado en una banca, observando la trayectoria de aquella gente. Poco a poco, el establecimiento comenzó a desalojarse, fui quedándome solo hasta que finalmente partió el penúltimo comensal. En un instante se apagaron todas las luces y permanecí completamente a oscuras. Fue después de aguzar un poco la vista que me percaté de aquel resplandor mortecino que desprendía el monitor, única fuente de iluminación de todo el recinto. Me acerqué a la pantalla con suspicacia y me descubrí nervioso al notar la aceleración de mi ritmo cardiaco, pero no fue hasta que pude observar directamente el monitor que mi frecuencia de pulsaciones alcanzó su nivel máximo: “Hamburguesa de carne premium con queso”, se leía debajo de la foto de aquella exquisitez y, aún más abajo, con grandes letras azules, se encontraba la señal de “ordenar”. Sin pensarlo demasiado, presioné el signo correspondiente. Para mi sorpresa, ningún obstáculo se interpuso en mi camino: “su pedido ha sido realizado exitosamente”. Recobré la tranquilidad, solo quedaba retirarme a mi asiento y esperar.

La piel se me ha arrugado, me cuesta respirar y tengo una dificultad enorme para ponerme de pie. Me duelen los huesos, se me han entumecido mis músculos de tanto permanecer sentado. A veces siento que me pesa el cuerpo, me pesa mi piel, me pesan mis órganos. Se me ha nublado la vista. Ahora veo borrosamente a un camarero que se acerca, viene hacia mí. Sí, definitivamente camina hacia mí, distingo el logotipo del restaurante cuando ya está a escasos metros. Coloca un plato sobre mi mesa cubierto por un cloché: “Ha sido dispuesto exclusivamente para usted”, me dice mientras lo destapa.

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