Generación espontánea

Por: Benjamín

“Por si me atropella un tren…” nos decía mi madre una y otra vez. Tantos años de escuchar lo mismo y nunca pensamos mucho al respecto, ya que ni siquiera había una estación de tren en nuestro suburbio. Hombre, de haber sabido, otra historia hubiera sido y tal vez todavía seríamos tres en nuestra familia.

“Nomás te digo, por si me atropella un tren, que hay que guardar la comida que no se haya comido el perro, porque si no, le salen hormigas y esto va a parecer la jungla.” Debo confesar que yo me concentraba más en lo de que “le salen hormigas” y trataba de recordar, en vano, lo que aprendí en secundaria sobre la generación espontánea; así se me pasaba el rato, pensando en si los bichos venían hacia las croquetas del perro o si brotaban mágicamente de éstas. Acepto, no las recogía ni guardaba, pero por lo menos –si es que esto cuenta de algo- musitaba sobre el asunto.
“Oye, mi vida, por si te atropella un tren,” le decía mi madre a mi padre, “deberías de enseñarme a usar la cafetera de cappuccino,” a lo cuál él respondía que no era mala idea y procedía a hacer el café mañanero para ambos, sin enseñarle nada.

Ella entraba luego a mi recámara, saboreando su dulce bebida caliente y, acto seguido, fruncía el ceño y murmuraba: “¿Sabes qué? Si un día te atropella un tren, no vamos a saber donde está nada en este relajo de cuarto. ¡Ya puse aquí en tu sillón la ropa que veo que no usas, pero ya lleva ahí un mes, y no la has revisado para que me digas qué quieres conservar y qué quieres tirar!”
Es raro, porque siempre decía “tirar” aunque sabíamos que lo que quería decir era “regalar” y era bien sabido que, cuando por fin eligiera yo lo que desechar, esa ropa pasaría otros tantos meses en montones, estorbando en la cochera, en lo que ella lograba entregársela a alguien, cuidadosamente elegido, a quien le pudiese gustar mucho la prenda. “La gente no se da cuenta de que, si los atropella un tren,” nos decía muy seria, “por lo menos ese día se pusieron algo bonito, de su agrado; por eso quiero darle cada prenda a alguien a quien realmente le guste.”

De veras que yo llegaba cada día con el ánimo de despejar las pilas de ropa que parecían crecer –esas sí, como por generación espontánea- en mi recámara, pero luego las imaginaba estorbando en la cochera por meses, no le veía el caso y lo posponía para más adelante.

Ella nos veía a mi padre y a mí sentarnos frente al televisor y nos decía: “Si me atropella un tren, me van a extrañar; no crean que así nomás se hace solita la cena.” Lo cual me dejaba otra vez imaginando como sería si por generación espontánea pudiese brotar un platillo con solo haber dejado juntos los ingredientes en un plato hondo; pero entonces, ¿que tal si mientras tanto le salían hormigas?, ¿cómo solucionar este problema?

No sabía yo que ésta sería en breve la menor de mis preocupaciones. Las preocupaciones –me apareció la idea- esas si que aparecen como por generación espontánea. Creo que prefiero la ley de Newton, por lo menos ahí a cada acción hay una reacción. En cambio cuando algo surge de la nada, es una proliferación sin causa, caos sin lógica, pensé, y así siguió dando vueltas mi mente mientras mi mamá seguía hablando sobre todo lo que debíamos recordar hacer bien.

Al final, no sé si a la pobre se le acumuló en la mente tanta imagen de gente aplastada y mutilada, por trenes monstruosos que de alguna manera iban atropellando por doquier, en cantidades industriales, pero sospechosamente poco reportadas en las noticias. O si lo que se le acumuló fue la angustia de un sinfín de escenarios, terroríficos para ella, como el de que yo muriera sin el hábito de guardar las croquetas del perro, o de ordenar mi cuarto; o peor aún, el de que mi papá le faltase un día, llevándose consigo información importante como la de la cafetera.

El caso es que el día que regresaban ellos dos de su viaje a Mirna, una ciudad a escasas tres horas de nuestra casa y, estando en la plataforma a punto de tomar un tren que los acercara a nuestra ciudad, mi mamá le dio a mi papá un buen empujón. Los que lo presenciaron dicen que ella no chistó y que, tras pasar el tren encima de mi pobre padre, la cara de ella cambio a una expresión de absoluta concentración. Luego, se sentó en el suelo del andén y comenzó a vaciar su maleta. Antes de que llegara la policía a detenerla, repartió concienzudamente toda su ropa a quien ella elegía del círculo de mirones que le rodeaba, el cuál sí que parecía crecer por generación espontánea, ya que no se veía que llegara gente de ningún lado, pero era cada vez más grande. Al entregar cada prenda, ella preguntaba con intensidad a cada persona: “¿Esto te gusta? ¿Te agrada?”

Dicen que cuando la llevaron hacia la patrulla, iba con el ceño fruncido, hablando gravemente con los policías y haciendo ademanes como si les estuviese dando algún tipo de lección. La muchedumbre no alcanzó a escuchar bien lo qué decía, más allá de que mencionaba atropellos y trenes, por lo que asumieron –incorrectamente- que estaba hablando del accidente que acababa ella de provocar. La imagino plantando advertencias y pequeñas sabidurías de vida a los uniformados, con urgencia de dárselas ya, por si la atropellaba un tren – camino a la comisaría, supongo. Tantos peligros que avisar, tantas ideas que enseñar, todas brotando exponencial y espontáneamente de su boca, sin causa Newtoniana que de mínimo hubiese explicado en reacción a cuál acción cada una se dejaba crear.

Y el acto que finalizó con la vida de mi padre: ¿Lo planeó mi madre con anticipación? ¿O fue una idea que le brotó de la nada en su mente al ver acercarse el tren? Cuando la visité en la cárcel me aclaró que jamás lo planeó; fue un impulso repentino, me dijo, como esas ideas que se generan espontáneamente en tu cabeza sin tener causa o razón.

Al despedirnos, me advirtió apuntando con su dedo directo a mi cara: “Y acuérdate, por si me atropella un tren, de tener cuidado con quién te casas; no sabe uno con qué gente rara se puede uno topar y menos con qué ideas raras sus cabezas se pueden colmar.”

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