La guerra de los Peyes

Por: Omagilop

El 17 de Septiembre empezó la guerra de los peyes.
Eran las 6h30, y como todos los viernes, estaba yo caminando sobre el camellón de Horacio en camino al Bet El. La noche estaba fresca, pero no iba a llover. Pensé, con un poco de nostalgia que ya se había acabado la temporada de lluvias.

Cuando llegué al templo, me llamó la atención un joven parado cerca de la entrada, que tenía la cabeza cubierta por una especie de boina negra, y que miraba nervioso en todas las direcciones. ¿Algún miembro de seguridad?, o solo un tipo raro.
Entré como siempre y me instale en las primeras filas. Ese día había mucha gente llegando y se estaban llenando los asientos rápidamente. Empezó el rezo y me relajé, dejándome llevar por el ambiente festivo y místico del inicio de Shabat.

De repente, una decena de individuos mal encarados se levantaron y acercaron a la Bimá. Tenían todos en común algún tipo de sombrero que le cubría la cabeza y los oídos. Rodearon rápidamente a nuestro rabino y al jazán, y de manera amenazante, a empujones quisieron sacarlos de ahí. La reacción del publico fue asombrosa. En unos minutos, 200 o más personas se habían parado y se rodearon a los agresores. Poco a poco nos fuimos acercando, hasta que éstos se vieron totalmente rodeados. Por un efecto casi mágico, uno a uno los intrusos fueron expulsados del círculo cada vez más pequeño al rededor de nuestro líder, jalados hacia afuera por una multitud de brazos y de manos.

Quedaron sólo su jefe, junto con el rabino y el jazán. Uno de los nuestros le arrancó el sombrero, y descubrimos lo que estaba ocultando: los peyes y la kippá. Símbolos de su clan, de su cártel.
Yo estaba adelante enardecido por el ataque. Saqué una tijeritas, y ayudado por mil manos, le corté esos simbólicos apéndices de pelo. Como Aquiles, cayó al piso, en sumisión. Se hizo un gran silencio. Acabábamos todos de realizar, con sorpresa, la carga simbólica de los caireles. La kippá, los tsitsits son aditamentos. Los peyes son parte del cuerpo, contienen ADN del que los porta.

Aislado ahora, el hombre sometido se agarró de lo único que conoce: Él. El que tiene muchos nombres y uno sólo a la vez. Su voz temblaba al recitar las oraciones y sus ojos se volteaban hacia arriba, implorando la ayuda divina. Casi cargándolo, lo sacamos de ahí y lo llevamos a una de las oficinas para interrogarlo.
¿Qué haces aquí? ¿Qué quieres de nuestro rabino? ¿Quiénes son esos hombres que te acompañan? Al negarse a contestar, amenazamos con cortar los peyes de sus acompañantes. Así es cómo poco a poco fuimos descubriendo la gran conspiración en nuestra contra que estaba en gestación.

Existen básicamente tres grupos distintos de judíos en nuestra comunidad. Primero los haredim, los «temerosos». Son una ínfima minoría, pero son decididos, extremistas y muy incultos. Como se pasaron la vida estudiando la Torá y el Talmud, no saben gran cosa más de este mundo. Esto los hace muy fáciles de manipular, y son la carne de cañón de la conspiración.

Al otro extremo están desde los que sólo se reconocen como tal pero no siguen ninguna tradición ni regla religiosa (seculares), hasta los ortodoxos. Utilizando la Escala de Medición de la Ortodoxia Judía o JOUS por sus siglas en inglés (*), estos son los que obtienen un nivel entre 0 y 60.

Finalmente, están los judíos en transición. Provienen de una familia tradicionalista u ortodoxa, pero sienten el deseo de «respetar más». Empiezan cuidando Shabat estrictamente, metiendo a sus hijos en una Yeshiva, consiguiéndose socios gentiles para poder abrir sus tiendas el sábado. Pero están sometidos a presiones diversas y contradictorias: de parte de sus padres que no entienden su nuevo rumbo, sus hijos que piden congruencia con su ambiente escolar, la presión social de su comunidad. Su calificación en la escala puede llegar a 80 en algunos momentos pero fácilmente disminuye, tiene oscilaciones significativas.

Ellos son los autores de la conspiración. Asustados que los seculares los jalen hacia abajo, atacan una comunidad que los simboliza. Y para eso, echaron mano de los haredim. Bastó con convencer a uno de sus gurús del peligro para que se lanzaran en su guerra santa.

No sabíamos, el 17 de Septiembre lo que significaría el acto que acabábamos de hacer. El profundo impacto que éste tendría entre ellos. Peor que una excomulgación, el arma utilizada iba a revelarse sumamente potente. De qué podían ellos acusarnos, ¿de cortar pelo?, ¿eso es un crimen?, ¿compromete una tradición?, ¿de quién?, ¿basada en qué? La Torá solo prohíbe cortar el pelo en las «esquinas» de la cabeza, y el talmud lo interpreta como el que está entre la oreja y el temple, pero es tan discutible que en realidad es más que nada una costumbre de ciertas comunidades.
Por otro lado, el que se quedaba sin peyes no se podía ni ver al espejo, ni presentarse ante su familia y comunidad. Y para que le crezcan pueden pasar meses, quizás años.

Y todos sabemos que no hay manera de hacer en razón a los religiosos. No hay razonamiento ni amenaza que los asuste porque ellos están en el camino correcto. Ellos están con Él.
Habíamos encontrado una forma de someter a los insometibles. Tan fuerte resultó el tratamiento que diseñamos un logotipo: unas tijeritas abiertas. Lo mandamos a todas las comunidades liberales, lo colocamos en las fachadas de nuestras sinagogas y centros comunitarios, así como en la época griega las caras de medusa. Lo publicamos en nuestros periódicos y escuelas. Ya sabes lo que te espera si te pasas de vivo. Atente a las consecuencias.
Los ataques siguieron, pero siempre eran castigados de la misma manera, y se quedaron sin soldados. Cortar los peyes era rápido. Podía hacerse sin acercarse mucho ni tomar riesgos. Y su efecto era devastador entre los haredim. Los que los habían manipulado no lo podían entender, porque aún siendo muy religiosos no usaban esa extensión capilar. Pero más los presionaron y menos obtuvieron resultados. Se creó una fractura en esa alianza y terminaron por abandonar.
Así es como se ganó la guerra de los peyes…

* la JOUS mide el nivel de ortodoxia de un individuo o una comunidad. Está basado en un cuestionario de 100 preguntas, que van desde: «¿se siente usted judío?» hasta «¿consume usted brócoli?», pasando por los ayunos, los rezos diarios, la kashrut etc..
El resultado es un valor que varía de 0 a 100 según el número de respuestas positivas. Los haredim obtiene generalmente niveles de 90 y más, mientras los seculares rara vez rebasan los 20.

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