Faigo: genio y figura…

Por: Hineni

Faigo: genio y figura…
Faigo nació en Mlawa, un shtetl ubicado en la provincia de Varsovia. Igual que la mayoría de los shtetlaj polacos, difíciles de distinguir unos de otros salvo por sus nombres, la vida de Faigo no era tan diferente a la de cualquier otra jovencita judía de alguna de aquellas empobrecidas villas, cuyo destino se delineaba de acuerdo con los arraigados usos y costumbres de sus devotas juderías.

Nacida en una familia de siete hijas y un hijo, Faigo había quedado huérfana de madre a temprana edad, por lo que, al ser de las mayores, debía cuidar de sus hermanas y ayudar a su padre en el negocio, una mercería que, si bien pequeña, proveía sustento a la numerosa familia.
En la década de los 30, era muy poco común que las mujeres, mucho menos las más jóvenes y solteras, viajaran solas fuera del shtetl, sin embargo, esto era, precisamente, lo que Faigo hacía, pues era ella quien, cada tanto, partía a Varsovia con el fin de adquirir los hilos, listones, agujas y demás mercancías para la mercería. Aquellos viajes, además de alimentar su habilidad natural para los negocios, le permitieron conocer el ambiente citadino, cuya judería, mezcla de marcados contrastes entre una minoría de prósperos comerciantes, una mayoría obrera y formas de vida para escoger de acuerdo con los gustos y tendencias personales, no se comparaba con el lento e inmutable ritmo del shtetl, donde prevalecía la monotonía a pesar de la creciente actividad de los partidos políticos judíos de todas las ideologías y sus organizaciones juveniles.
Ante los ojos curiosos y ambiciosos de Faigo, la ciudad ofrecía un sinfín de atractivas posibilidades que su espíritu inquieto no encontraba en Mlawe, como lo llamaba en idish. No estaba descontenta con su vida, pero tampoco estaba dispuesta a conformarse con observar cómo sucedía frente a ella, como si su destino hubiera estado marcado desde su nacimiento y no pudiera intervenir para cambiarlo.
Su sutil rebeldía, que podría pensarse pasiva, era identificada por la mayoría de sus familiares, conocidos y vecinos como terquedad nacida de su carácter voluntarioso, lo cual en otras jovencitas era considerado un gran defecto, pero que en ella disculpaban compasivamente, dada la falta de una madre y sus grandes esfuerzos tanto para cuidar de sus hermanas como para trabajar y ayudar a su papá.
Por eso, nadie la juzgó con rudeza cuando le propusieron a Itzjok en matrimonio y ella lo rechazó; tal vez pensaron que no deseaba faltar a sus deberes familiares y en el negocio, pero, en realidad, a ella no le gustaba la apariencia rubia y pálida de Itzjok ni su personalidad apacible y un tanto retraída.
Un par de años después, una tía viuda bien acomodada, quien solo tenía hijos varones, le propuso que se mudara con ella a Danzig y fuera su dama de compañía, propuesta que, esta vez, Faigo sí aceptó.
Una vez en la ciudad, Faigo comenzó a saborear sus placeres; vivía en una casa grande, totalmente diferente a la mayoría de las casitas de madera del shtetl, iba al teatro, ni en sus sueños imaginado tan hermoso, y paseaba por avenidas y parques que parecían a un mundo de distancia de las calles del pueblo: polvorientas en primavera, lodosas en verano, de nuevo polvosas en otoño y cubiertas de nieve en invierno.
Sin embargo, el gusto le duró poco. Una noche, mientras estaban en el teatro, su tía se desvaneció y cayó muerta víctima de un ataque al corazón, mientras las finas perlas de su collar se desparramaban sobre el piso y los ensueños de Faigo rodaban lejos de sus manos.
Triste por la pérdida de su tía y decepcionada por su obligado retorno a Mlawe, Faigo sentía que el pueblo le quedaba chico. Entonces, comenzó a rondarle por la cabeza la idea de casarse con Itzjok, quien ahora era viudo, pues Rujl, su esposa, había muerto durante el parto dejando huérfana a una bebita llamada Fela. Aunque no le parecía una situación ideal y él seguía sin gustarle, ella continuaba determinada a escribir su propio destino y mantenía su mirada lejos de los confines del shtetl.
Una de sus hermanas, con su esposo, y su hermano, con su familia, habían emigrado a un país llamado México y sabía que Itzjok también tenía un hermano en el mismo lugar, por lo que pensó que casándose con él, tal vez, conseguiría un boleto a un nuevo mundo.
No había amor de por medio, pero Faigo, siempre muy práctica y no dada al romanticismo, decidió realizar la boda lo antes posible y con la única ilusión de abordar el barco hacia lo que ella veía como la tierra prometida.
Esta resolución, efectivamente, no solo cambió su destino, sino que, además, probaría ser una decisión que, sin saberlo, les salvaría la vida.
En cuanto llegaron a la ciudad de México, se instalaron en una vecindad del Centro y ambos empezaron a trabajar en un taller de confección de abrigos cercano a su casa, donde ella, siempre empeñosa y trabajadora, pegaba botones y planchaba, mientras cuidaba de Fela como si fuera su propia hija y sin importarle que la niña fuera la única adoración de su papá ni que ella le correspondiera con amor y devoción absolutos.
Un par de años después, ya estaban mejor adaptados y habían logrado ahorrar lo suficiente para traer a México a la familia que aún permanecía en Europa, pero, cuando estaban a punto de llevar a cabo estos planes, los alemanes invadieron Polonia y las hermanas de Faigo quedaron atrapadas en medio de la guerra; lo único que volvió a saber de ellas, fue que habían muerto en manos de los nazis.
Así, poco a poco, Faigo fue perdiendo a su familia consanguínea. Su hermano falleció de un ataque al corazón apenas en sus treintas y su hermana murió de neumonía solo unos meses después que su marido, dejando huérfanos a sus hijos de 14 y 12 años, a quienes Faigo e Itzjok adoptaron y criaron como si fueran propios.
Durante los siguientes años, llevó una vida dedicada a su familia y al trabajo. Fela ya se había casado, era madre de tres hijas, y sus sobrinos ya eran hombres hechos y derechos. Faigo ya solo tenía que atender a Itzjok y, a pesar de no estar unidos por un vínculo de amor, lo procuró hasta su muerte, tras la cual ella siguió con su vida, sin reclamos ni llanto; ahora era una viuda sin responsabilidad de cuidar hijos ni a un marido con quien nunca tuvo un lazo de amistad.
Se mudó a la colonia Hipódromo Condesa dejando atrás la casa en el centro de la ciudad. Diariamente, tomaba el camión para llegar a su trabajo en la ferretería de su sobrino-hijo, hacía una escala en el Super Leche para tomarse un cafecito acompañado de pan dulce, caminaba sobre San Juan de Letrán y, siempre puntual, entraba en el negocio y empezaba a trabajar. Esta fue su rutina hasta los 80 años, cuando, dueña indiscutible de su vida y su voluntad, se autojubiló.
No se daba vida de rica, pero, por lo menos, ya no tenía que rendirle cuentas a nadie, aunque, en realidad, era especialista en solo rendir las que le correspondían como parte de su trabajo. Disfrutaba leyendo el periódico y viendo tanto el noticiario como las telenovelas, decía que había aprendido a leer y a escribir en español por «cenesedad», sin duda, la mejor receta para la vida, pues la “necesidad” es, por mucho, la gran maestra que enseña a alcanzar objetivos, así sea a la fuerza.
No hablaba mucho de sus años infantiles, pero no es difícil imaginar que su niñez no se distinguió por sobreprotecciones ni mimos, lo cual, sumado a la fórmula pobreza, ocho hermanas y orfandad materna, dio como resultado una niña obligada a crecer antes de tiempo, que debió enfrentar la realidad y hacerse responsable de sí misma y de otros a muy corta edad. Quizá todo eso fue lo que la llevó a convertirse en una mujer rebelde y adelantada para su época, decidida a construirse una vida en sus propios términos: con los pies siempre bien puestos sobre tierra, sin falsas ilusiones ni rencores históricos, tomando ventaja de lo que cada etapa le ofrecía, mirando en todo momento hacia adelante y sin nunca voltear atrás.
Y hacia delante seguía la ineludible muerte, la cual también llegaría bajo sus propias condiciones.
Aunque no era muy creyente ni practicante devota, unos años antes de morir, dejó de ir al shul en Rosh Hashone y en Yom Kiper , pues argumentaba: «Sigo viva, porque Dios ya se olvidó de mí y si voy al shul, tal vez se acuerde que sigo aquí y me lleve con él».
Al parecer, su estrategia funcionó, pues Dios se «acordó de ella» hasta los 104 años; ella, aún con una lucidez admirable, partió como siempre: limpia, perfumada, lista y puntual.
En memoria de Faigo, mi bube, una mujer imposible de olvidar.

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