Intercambio

Por: Realidad

Llevaba años sin llorar. La bruja me recostó en una cama, prendió una varilla de incienso con la cual me recorrió de pies a cabeza. Traté de ser lo más abierta posible a la experiencia del sonido de mantras, al desbloqueo de chacras y a todo lo que ocurría en ese recinto, esperando que mis lágrimas brotaran.

Me ayudó a reincorporarme y pronunció: tú lloras por dentro, ese asunto no me preocupa. Tus padres morirán, ya sea mañana o en muchos años. Es importante que te prepares, ya que al primero que fallezca lo acompañarás a la muerte y tendrás que tener la energía para regresar y llevar al otro. Necesitas fortalecerte para regresar de esa segunda vez.
En efecto, ambos estaban enfermos, con diagnósticos contundentes y pronósticos oscuros. Los estudios indican que una persona con Alzheimer, el caso de mi padre, tiene una expectativa de vida a partir del diagnóstico entre dos y veinte años. Mal chiste cuando el paciente tiene 78 años. No se puede ni ir preparando el entierro ni tampoco hacer cambios mayores para ajustarse a las circunstancias.
En el caso de mi madre con EPOC (Enfermedad pulmonar obstructiva crónica), el pronóstico es más preciso: a partir del diagnóstico hay una esperanza de vida entre diez y 20 años, dependiendo de los cuidados médicos del paciente. Haciendo números, la media de mi papá sería once años y la de mi mamá 15, entonces les calculé unos trece años más de vida. Dado que ese número tiene mucha carga en el inconsciente colectivo, aposté que durarían cinco. Por la falta de respeto a la estadística, no gané.
Sin poderes mágicos a mi alcance, no pude intercambiarles las enfermedades. Cuando mi papá se diagnosticó con Alzheimer, declaró: a mis casi ochenta años no está mal que solamente un órgano de mi cuerpo no funcione, nadie elige cuál. Mi madre, al requerir oxígeno 24 horas, fue invadida por el remordimiento hasta el fin de sus días por haber empezado a fumar a los catorce años.
La casa fue invadida por libretas de notas que mi padre llenaba, anotando lo que no quería olvidar: nombre y ocupación de cada hijo, presidente en turno, titulares del periódico, cuestionamientos filosóficos y hallazgos que le sorprendían (desde descubrir la existencia del helicóptero hasta enterarse de un concepto llamado dios). Un día al leer una de sus notas juntos, le dije: pa, me impresionas porque tú al mal tiempo buena cara. No hija, a la realidad buena cara.
Poner buena cara cuando a la mitad de la noche mi papá decidía apagarle el tanque de oxígeno a su esposa, o despertarla para preguntarle si seguía viva, estaba un poco al límite. Mi mamá se metía a la cama con él las primeras dos horas, después emigraba al sillón de la sala. No aceptó dormir en el cuarto contiguo ya que su recámara era la que compartía con su esposo. La realidad la sobrepasó. Requería ayuda para movilizarse, no podía dejar de fumar, no salía de la casa, dormía poco y el dolor de perder la esencia de mi papá la hundieron en la depresión.
Varias veces mi papá le preguntó a mi mamá que quién era él. Ella con mucha calma y ternura le decía su nombre y que eran esposos. Le daba mucho gusto. Años entrada la enfermedad, mi padre decidió que tenía 60 años y mi mamá unos cien. Con una sonrisa jocosa y moviendo su cabeza de un lado al otro no se convencía que era su mujer. Obedientemente aceptaba darle un beso. Mi madre sufría por dentro y por fuera. Me asombraba su queja constante de que ya no podía discutir con mi papá las decisiones ni de la casa ni de Trump, cuando eran años que el vocabulario de mi padre se reducía a diez palabras y su compresión era mínima. Verlos juntos era tener enfrente la luz y la oscuridad al mismo tiempo.
Mi marido me llamaba la grúa, ya que llegaba por la mañana a casa de mis padres, a sacarla del hoyo depresivo en el que cada día se encontraba. Me tomaba un par de horas. Al ser muy demandante, me tenía que escapar para estar un rato con mi papá. Su espíritu juguetón y su risa eran mi batería para acompañar a mi madre. En la tarde regresaba a mi casa, sabiendo que durante la noche se iría deslizando una vez más a su hoyo.
Pasé horas sin fin ideando como pedir a todo aquel con poderes que les intercambiaran las enfermedades a mis papás. Después de la negativa de los dioses de las religiones monoteístas, decidí acercarme a los seres supremos en cuestiones de medicina. Aprendí en griego antiguo la frase “intercambie enfermedades por favor” (αλλασω ασγηδων ανδανω). Conseguí un oráculo para contactarme con Asclepio. Seguramente aparecería una víbora que les intercambiaría la sangre. No supe a quién responsabilizar por la falta de éxito, si a mi pronunciación o a que se me olvidó purificar el oráculo.
Decidí hacer una fiesta en honor al Dios Ixtlilton. Preparé todo incluyendo música, danzantes y una tinaja con agua negra (tlílatl) para el sacerdote que representaría al Dios, el cual pediría en mi nombre pasarle el Alzheimer a mi mamá y el EPOC a mi papá. Tuve una pequeña falla que echó todo a perder: el agua negra que utilicé estaba sucia, y eso denota que el anfitrión de la fiesta es de mala vida, adúltero o ladrón y por lo tanto no merece favor del gran Ixtlilton.
Sin desesperar, entré en un estado meditativo profundo visualizando al Buda Bhaiṣajyaguru, entonando la mantra Tadyatha Aum Bhaishajye Maha Samudgate Svaha. Fue tan poderoso, que caí inmediatamente dormida como hace meses que no lo hacía. Supongo que al no completar las 108 repeticiones, no tuve respuesta.
Me resigné y dejé de soñar a mi madre con Alzheimer, ignorante de sus pesares; y a mi padre dando gracias que había un aparato que le inyectaba el oxígeno necesario para seguir disfrutando de la vida.
Con el tiempo, mi padre se fue olvidando de todo y mi madre fue exprimiendo la poca fuerza y energía que tenía para cuidarlo.
La muerte siempre está en espera de ser llamada. Mi papá dejó instrucciones precisas de cómo hacerlo, y mi madre dictaminó que al morir él, ella lo seguiría. Trece años me preparé para dejarlos ir. Y dicho y hecho, seis semanas después que mi papá murió, mi mamá lo siguió. Gracias a la claridad de ambos sobre lo inevitable de la muerte, y el consejo de la bruja, regresé a mi vida con fuerza para vivir mi orfandad.

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