El closet

Por: Solterona

Esta historia empieza siglos atrás con la idea que tienen las comunidades judías de que ser soltera es peor y más doloroso que perder una pierna. En la comunidad judía mexicana si no estás casada al cumplir 23 años de edad, es mejor desaparecer. Más vale que te vayas a un país lejano, donde nadie te conozca porque cuando a tu familia le pregunten por ti, les será más fácil decir que te fuiste en una misión de ayuda humanitaria a África, que reconocer que tienen una hija solterona.

En los tiempos de antaño, cuando no existían los celulares y alguien quería llamarte por teléfono tenía que llamar a tu casa, y por lo tanto toda la familia se enteraba para quien era la llamada, quien había hablado y de que asunto se trataba.
Y que inoportuna fue una de esas llamadas. Justo en el preciso momento de mi reunión familiar de los domingos donde mi papá nos reunía para leernos el versículo de la semana de la biblia. A la mitad de un salmo, suena el teléfono. Miradas curiosas. Contesta mi mamá. ¿Quién era? ¿Quién osaba interrumpir nuestra sagrada reunión familiar?
Era una cita a ciegas para mí, la única soltera de la familia.
¡No! ¡El horror!
¡La pesadilla más temida hecha realidad! ¡Era el sobrino de una conocida de mi mamá! Dios, ¿por qué permites esas cosas a nosotras las mujeres de buena voluntad? ¿Quién dijo que dos solteros deben salir a cenar juntos sólo por el hecho de ser solteros? No existió una consulta previa, un consentimiento de ambas partes, ni siquiera un : ¿me permites darle tu teléfono a un chavo? ¡Nada de eso! De repente tu número de teléfono circulaba en papeles recortados como publicidad del súper, con la esperanza de que algún día salgas vestida de novia de la casa de tus padres. Pero en este caso, ¿cuál era el factor en común que veía esa tía pseudo casamentera entre un sobrino suyo desconocido para mí , con una guapa y feliz soltera, dama de sociedad (o sea, yo)?. ¿Cuál creía esta casamentera inexperta, cuyo nombre jamás me fue revelado, que podría ser el factor aglutinante entre estos dos inocentes jovencitos? ¿Por qué decidió que yo podría ser la siguiente “señora de sobrino”?
La decisión fue sencilla. Le dije que no saldría con él. A mí no me interesaba salir con el sobrino de nadie. Un sobrino de alguien era garantía de fracaso. Punto. Inventé una rara enfermedad y colgué esperando no saber de él por el resto de mis días. Regresé a la reunión familiar cuyo tema cambió abruptamente de los Salmos de Salomón a mi soltería, que les resultaba insoportable y vergonzosa.
Mi papá mandó a todos a dormir y me pidió tener una plática a solas con él. Me dijo que el momento había llegado para mí de sentar cabeza y cambiar de estado civil, pues ya era yo casi una quedada de 23 años, y que ya era tiempo de pensar en tener familia.
La cabeza me daba vueltas: hijos, escuelas, kinders…. Mi mundo feliz se venía abajo. Adiós al estudio, a los antros, a los amigos, a las desveladas bailando, y hola a ser ama de casa. Eso no era aún para mi. Yo no quería contradecir a mi papá, pero en verdad pensaba que ninguna tía podría recomendar a un sobrino, ya que perdía objetividad. Para colmo, el sobrino en mención vendía maletas. Yo no podía salir con alguien que vendía maletas, que tenía una tía, y que su película favorita era Batman. Ninguno de esos eran atributos que yo buscaba para una salida, y mucho menos para un marido.
Le expliqué mis razones a mi papá, pero me las refutó de inmediato. Punto número uno dijo, vender maletas no era ningún crimen, era un trabajo como cualquier otro. “Todo mundo tiene una tía”; ese argumento era realmente absurdo para él. Y batan era una película que a mi papá le había gustado mucho. Estaba yo en problemas. Me hizo prometerle que la próxima vez que hablara ese sobrino yo saldría con él y me daría la oportunidad de conocerlo. Traté de pensar en otra excusa pero en ese momento lo único que se me ocurrió fue decirle a mi papá que me quería yo ir a vivir a Australia. Me vio con ojos de lanza y ya no pude decir nada más. No me quedó de otra más que rezar que el susodicho hubiera perdido mi teléfono.
Mis rezos no fueron escuchados. El siguiente domingo volvió a marcar preguntando como seguía. Contestó mi papá y le dijo que ya estaba yo perfecta de salud, y muy emocionada de conocerlo. Esta vez yo eché ojos de lanza pero a mi papá no le importó.
Tocó el timbre. Una vez más, mi intuición femenina era correcta. En cuanto abrí la puerta estuve a punto de decirle que mi hermana no pudo salir, y por eso había yo bajado a avisarle solamente. No tuve el valor. Cerré los ojos un instante, respiré profundo y contuve mi ira. Mi papá observaba discretamente desde su ventana. Lo volteé a ver amenazadoramente y solo se encogió de hombros bajando la mirada.
Gordo, feo, aburrido, y con poca iniciativa, por lo que le pedí que fuéramos a comer quesadillas al punto más alejado de la ciudad, donde no me encontraría yo a nadie. Fuimos a la marquesa y obviamente platicamos sobre Batman.
Después de una corta pero muy aburrida comida me disculpé inventando alguna historia, pidiéndole que me lleve a mi casa de regreso. Tenía cosas serias que discutir con mi papá.
Una vez regresando a mi casa, busqué a mi papá, su coche estaba en el garaje, así que él tenía que estar ahí. Pero no lo encontré. Mi mamá furiosa, pensando lo peor de su marido, habló a casa de los amigos, pero nadie sabía a donde estaba. Todos mis hermanos llegaron a la casa, porque empezamos a preocuparnos por él. ¿ lo secuestraron? ¿ se sintió mal y habló a una ambulancia? Decidimos hablar a varios hospitales y nada. No dábamos con mi papá. Todos entramos en pánico, los amigos de mi papá también llegaron a la casa preocupados por la misteriosa desaparición. Hablamos a mi amigo del CISEN, el cual llegó unas horas después para ayudarnos a resolver el misterio.
La casa era un alboroto, gente entraba y salía, rabinos rezaban, detectives anotaban, mis hermanos lloraban, mi mamá daba vueltas. Yo le prometí al universo que si me regresaba a mi papá lo perdonaría por todo, por mi espantosa cita a la que me obligó a ir, y por todo las diferencias que hubiéramos tenido.
Creo que el universo me escuchó, o a decir verdad, lo más seguro es que mi papá escuchó todo el bullicio además de tener las piernas dormidas por la posición en la que estuvo tantas horas. Cuando salió de su clóset, se quedó atónito al ver a tanta gente reunida en su casa. Sacudió sus piernas flacas, y se incorporó. Yo me le abalancé a sus brazos y le dije ¡papá te perdono! Soltó una carcajada, y todos comenzamos a reír. El CISEN cerró el caso. Entendieron que era mejor esconderse en un clóset que enfrentar a una furiosa hija.
Lo mejor de todo esto es que finalmente todos estuvimos de acuerdo que esa era la última vez que yo saldría con un sobrino.

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