Conociendo Israel

Por: Paul Atreides

“Viajar es un ejercicio con consecuencias fatales para los prejuicios, la intolerancia y la estrechez de mente”. – Mark Twain

Cuando me escribieron para confirmarme que había sido seleccionado para el 1er Congreso de educadores Latinoamericanos del Keren Kayemet Leisrael lo primero que sentí fue ilusión.

En la primera junta donde conocí a los que serían mis compañeros de la delegación mexicana y nos explicaron a grandes razgos lo que se esperaba de nosotros, mi ardillita introvertida casi muere del patatús: diez días en los que tendría que convivir con un grupo de desconocidos en una tierra lejana y desconocida, en los que se esperaba de mí que los transformara de extraños a compañeros a amigos… ¡Amigos!

Las semanas siguientes pasaban mis pensamientos desde la excitación e ilusión hasta el miedo y la preocupación. Además todo esto sería en el país de Israel, ¿y qué sabía yo de Israel? Una nación creada por muchos intereses en medio del desierto. Un país judío enclavado entre naciones árabes con las que estaba en guerra. Una nación en la que una sección de su territorio tenía una población encerrada detrás de muros, donde había búnkers por todos lados y donde todos los ciudadanos tenían que hacer un servicio militar de dos años.
Pero también sabía otras cosas, cosas de las que mis alumnos hablan, de los que una buena parte de mis compañeros de trabajo presumen: que es muy avanzado, que es muy seguro, que son muy amables, que es el lugar a donde quieren vivir cuando terminen la prepa, y que es el lugar sagrado de tantas tradiciones humanas.

Así pasaron las semanas hasta que llegó el momento. A la llegada al aeropuerto de la CDMX descubrí que entre mis compañeros mexicanos había algunos que no eran lo que llamamos normales (no que yo lo sea mucho, por cierto) hasta la llegada y cuestionamientos recelosos de los agentes de migración de madrugada veinticinco horas después, comencé a hacerme a la idea de que el viaje no sería lo que esperaba.

Y así conocí a los demás aliados: El grupo de argentinas que no soltaban el mate ni en defensa propia, los compañeros colombianos, chilenos, costarricences, ecuatorianos, cubanos, españoles, guatemaltecos, uruguayos, hasta la delegación brasileña, con la que el idioma nunca fue una barrera y que, junto con los representantes de KKL, Dora, Arie y Fede, nuestro guía Hano, nuestro chofer y nuestro guardia particular, hicieron que los siguientes días pasarán cual si fuéramos miembros de la tripulación del Enterprise conociendo una sociedad a la vez completamente extraña y extrañamente familiar.

Recorrimos desde Tel Aviv hasta Nazareth, visitamos el Muro Occidental iniciando shabat y comimos en una aldea druza; visitamos el renacido lago en el Valle de Hula y el centenario pueblo de Zikhron Ya’aqov; La casa KKL para jóvenes y la universidad Technion; desde las ruinas de la Ciudad de David a lo que depara el futuro en la tecnología del Centro Taglit de innovaciones; la reconstrucción ecológica desde los bosques de Nachal Hashofet hasta los jardines de Ramat HaNadiv; vimos los extremos de la humanidad, desde el museo del Holocausto hasta el Hospital Hadassa… En otras palabras hicimos un viaje a lo largo y ancho de Israel, un viaje que nos llevó a miles de años en el pasado y a vislumbrar el futuro.
Y después del viaje, ¿con qué regreso?

Israel es una tierra de extremos, de contrastes, de tradición milenaria y ciudades modernas. Un lugar donde se encuentran las principales religiones del mundo cara a cara y deben aprender a convivir. Un lugar donde los niños pequeños caminan a sus casas por la tarde sin miedo en la calle, y al mismo tiempo tiene puertas fortificadas y bunkers en los hospitales. Es todo lo que sabía y todo lo que me habían dicho y más. Mucho más. Es un pueblo que ha usado la religión para su unión y la ciencia para su supervivencia; un lugar donde pueden presumir lagos bosques y jardines en medio de la aridez del desierto; un crisol de migrantes de todas las esquinas del mundo unidos por las mismas creencias. Ahora entiendo la ilusión de mis alumnos por ir en el verano, la felicidad con la que comparten los dulces que trajeron, la mirada anhelante con la que sueñan con estudiar en Jerusalén.

¿Y mis compañeros de viaje? Ahora siento que tengo una gran familia latinoamericana, que no solo me adoptaron mis hermanos brasileños, que cantar canciones pop de los 90’s con colombianos y argentinos es una nueva manera de pasar una noche. Se que puedo llegar a muchas ciudades del continente y con un mensaje de internet encontrarme con alguien para un café, un mate, una cerveza o un té. Mi pequeña ardillita introvertida descubrió que puede estar tranquila rodeada de esos cuarenta amigos.

Paul Atreides

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