Subiendo al Nevado de Toluca

Por: Ende

El oxígeno empezó a disminuir cuando llegamos al pie del volcán. La temperatura era baja y casi todo era nieve y polvo. El mareo no era muy grave. Las personas que vivían cerca nos ofrecieron subir en auto los primeros 2 kilómetros. Mis hermanos y yo teníamos miedo de desmayarnos por la falta de oxígeno, así que aceptamos la oferta. A medida que subíamos, la flora y la fauna eran menos abundantes. Al final, todo parecía un desierto nevado.

Una vez que llegamos y nos bajamos del coche, se me nubló la vista. Todo empezó a dar vueltas. Si seguía así, era muy posible que me desvaneciera. Me acosté en una piedra grande.
A los pocos minutos todos nos habíamos recuperado, por lo que seguimos subiendo a pie. El piso era un poco resbaladizo y estaba lleno de cenizas, pero continuamos. Mientras la altura aumentaba, la cabeza me dolía cada vez más, así que cada diez metros me paraba para que mi cuerpo se acostumbrara al estado del aire.
Después de un tiempo subiendo, mis hermanos se empezaron a quejar. Muchas veces teníamos que parar para que se calmaran. Era comprensible: no podían aguantar tanto, eran pequeños.
Llegó el momento en el que mis hermanitos ya no pudieron más, así que mis padres me dijeron que me adelantara y les mandara señales cuando viera las lagunas de truchas arcoíris que según los mapas estaban más adelante.
Seguí avanzando. Cuando ví las lagunas a lo lejos, avisé a mis padres. Ellos me vieron y se apresuraron a venir conmigo.
Cuando al fin estuvimos juntos, mi mamá sacó unas tortas de su mochila. Todos se sentaron a comer con ella menos yo. Todavía quedaba un pequeño tramo para llegar al cráter. Era una subida muy empinada y resbaladiza, así que mi familia no quiso ir, pero yo sí.
Cuando empecé a escalar, me di cuenta de que la piedra volcánica, el hielo y las cenizas que había por todos lados no me dejaban avanzar, haciendo que me resbalara y regresara al inicio. Después de muchos intentos, decidí que la mejor opción era regresar con los demás a comer unas deliciosas tortas.
Traje un poco de hielo para que nos pudiéramos lavar las manos, y luego me hice un lugar entre las piedras para comer. La vista era hermosa: a lo lejos se veían muchas montañas nevadas y más abajo se veían las dos hermosas lagunas. Pero lo mejor de todo era que si mirabas atrás, veías cómo se extendía la colorida ciudad de Toluca bajo las nubes blancas. Había valido la pena llegar hasta allá.
Bajar fue mucho más fácil. Nos sabíamos todo el camino de vuelta de memoria. Además, nos sentimos aliviados cuando notamos que el dolor de cabeza disminuía conforme nos acercábamos a las faldas de la montaña. Bajamos los 4 kilómetros y regresamos a nuestro hogar.
Esta experiencia jamás la olvidaré.

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