Ayudando a desconocidos necesitados

Por: La reina de chocolate

Les voy a contar como mi tatarabuelito llegó a salvar muchísimas vidas. Él era humilde, bueno, amoroso, alegre… El punto es que él era maravilloso.
Cuando llegó a México no sabía qué hacer, no sabía hablar español y entonces decidió que iba a ir a Veracruz a recibir los barcos que llegaban.

Su idea era preguntar a cada persona que bajaba del barco si venía de la comunidad judía de Siria y ayudarlo. Y así lo hizo.
Él había pedido que cuando llegara algún barco a Veracruz le avisaran para que pudiera ir. A cada persona que desembarcaba, le preguntaba de dónde era para encontrar a sus paisanos. Y así, sin importar quién fuese o de dónde viniera, él les daba comida, lugar para dormir, les enseñaba a trabajar, les enseñaba a vivir y a adaptarse a la vida.
Mi tatarabuelito no tenía mucho dinero, pero le encantaba ayudar a cualquiera que lo necesitara. Además, lo hacía de todo corazón y con una sonrisa gigante. Le fascinaba lo que hacía y estaba muy satisfecho con todo lo que había logrado. Aquellas personas a las que había ayudado, no tenían palabras para agradecer todo lo recibido. También se ocupaba de conseguirles medicamentos en caso de que los necesitaran, lo cual no era nada fácil sin tener suficiente dinero.
En una ocasión, cuando estaba en Veracruz, fue al mercado. Se sorprendió de no encontrar como siempre al vendedor de colchas con el que siempre platicaba, así que preguntó por él. Le dijeron que estaba enfermo y no podía ir a trabajar. Mi tatarabuelito lo llevó de Veracruz a la Ciudad de México a un hospital para que lo curaran. Después de unos días este señor pudo ir a trabajar y no sabía cómo agradecerle por salvar su vida; le quería pagar, pero mi tatarabuelito le dijo que su pago era ver que ya estaba bien y podía luchar por su familia.
Era maravilloso. Me siento muy orgullosa por lo que logró hacer. Fue impresionante porque toda su intención fue tender una mano. Me encanta la idea de ayudar al que lo necesite de esa forma incondicional, de todo corazón, con una sonrisa, con ganas, sin cara fea… A cambio, su corazón se llenaba de alegría. Hizo todo lo que pudo con una sonrisa. Me siento impresionada y claro que lo admiro.
Moraleja: es bonito ayudar a quien veas que lo necesita sin importar quién sea, siempre con una sonrisa y de todo corazón. Eso es la verdadera felicidad.

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