Bienvenido a casa, Coffee

Por: Don Chimis

¡Hola! me llamo Benja y les voy a contar como Coffee, mi perro, llegó a casa. Quería, desde hace años un perro, pero no me dejaban tener uno. Pensaban que no sería capaz de hacerme responsable de una mascota; sin embargo, después de varios intentos, me atreví a pedirles a mis padres que me concedieran la oportunidad y, por fin, aceptaron a mi petición.

Lo primero que pensé es que tendría que demostrar que podría cuidarlo. Entonces, hice la promesa de hacerme responsable y quererlo. Inicié con la búsqueda, que no fue nada fácil. Un día encontré en un lugar a un perro schnauzer y lo adopté; era un cachorro, yo estaba muy emocionado de que por fin podía tener un perro, pero siempre hay dificultades. Él no estaba vacunado, pasó una semana difícil entre veterinarios y casa; finalmente murió. Yo, en ese momento, estaba triste y desanimado a tal grado que pensé en ya no querer tener otro perro nunca, hasta que entendí que lo que ocurrió es parte de la vida: la muerte.
Así comprendí que en ese momento no estaba preparado para tener otro un perro. Pasaron meses hasta que me decidí volver a intentar tener una mascota. Inicié mi búsqueda pensando en la posibilidad de tener una mascota aunque no fuera un perro. Busqué, traté de ver otras opciones y pensé en un gato pero a mi abuelita no le pareció una buena opción; después se me ocurrió tener un ratón, un ratón pero mi mamá se opuso a la idea, así que seguí buscando. Observaba los carteles, anuncios, hasta por internet. En la búsqueda encontré una primera opción: fue un perro, cruza de chihuahua con salchicha pero la persona que me lo ofrecía puso condiciones raras como que quería ver mi casa y ver al perro cada mes, entonces decidí que no.
Seguí buscando y buscando, que hasta encontré otra opción: era un sabueso muy lindo. Jugaba con él, iba cada domingo a verlo, pero finalmente no me sentí conectado con el cachorro. Además, yo no podía tampoco, adaptarme a las condiciones de la persona que ofrecía al perro en adopción, que eran ir a su casa con el perro cada año y si llegaba a enfermarse la persona quería hacerse cargo de él mientras mejoraba; pero yo no estaba dispuesto a que la persona que me daría el sabueso en adopción cuidara del perro, así que no acepté.
Mi tercera opción fue un veterinario que recogía perros y los curaba si estaban enfermos. En ese momento tenía varios pero no sentí conexión con ninguno; entonces fui a una asociación que criaba salchichas pero no pudimos pagar tanto dinero por un perro, así que dije no.
Estaba un poco decepcionado porque sentí que no iba a encontrar a otro perro, así que, otra vez, dejé de buscar un perro; intenté olvidarme del tema y me quería distraer con otras cosas como videojuegos o con el fútbol, pero me sentía solo sin mi perro. Decidí tomarme unos meses de descanso. En ese tiempo pensé que podría probarle a mis papás que estaba listo para tener otro perro; cuando se dieron cuenta de que estaba decidido a lograrlo, que ya llevaba una experiencia con un perro, aceptaron, pero me pidieron que tomara más medidas de seguridad antes de que llegara otro perro a casa.
Decidido a lograrlo empecé por limpiar la casa por completo, de la cabeza a los pies; traté de alejar los objetos que le pudieran hacer daño, preparé un lugar que le gustara, le preparé una casa y una cama con ropa vieja y una tela que mi mamá cosió. Me propuse buscar y encontré un lugar donde podría encontrar un perro, el Parque México (les recomiendo que vayan ahí si quieren un perro). Me mostraron unos cuantos perros, primero otro sabueso y luego un chihuahua; pero el sabueso tenía un sarpullido que no le gustó a mi mamá y el chihuahua era ciego; luego me dijeron que fuera de vez en cuando. Cada domingo iba al parque, así lo hice por seis domingos pero no había perros, no tenía suerte. Finalmente, un domingo, una señorita llamada Gabriela me dijo que tenía dos perros bebés schnauzer que salvó de unos drogadictos. Me llevaron uno ese domingo; era un bebé, un cachorro. En cuanto lo vi enseguida sentí que era el perro para mí y lo adopté. Le puse por nombre Coffee.
Las dos primeras semanas estaba penoso, tímido o temeroso pero luego fue tomando confianza, se fue adaptando a nosotros; yo pensaba que era el mejor perro de todos. Sin embargo, llegó el momento que me daba mucho miedo por mi primera experiencia con mi mascota: el tiempo de ponerle las vacunas, temía que le pasara lo mismo que al otro Coffee.
Me puse muy triste porque estaba ocurriendo algo parecido; Coffee después de las vacunas vomitó, le dio una gastroenteritis y entonces tomé la decisión de dejar que Gabriela se encargara de curarlo.
Se lo di a un muchacho que era ayudante de un hospital canino, lo aceptó y me prometió que me lo iba a devolver, ya nos habíamos despedido de él. Pasaron dos semanas y un lunes el muchacho nos llamó y nos citó en la estación del metro Juanacatlán para que me devolviera a mi perrito; yo estaba súper emocionado, fuimos a las 2:00 de la tarde por Coffee; estaba como nuevo, parecía otro perro, él estaba feliz y curado.
Yo jugaba con él todo el día desde que llegaba de la escuela hasta que me iba dormir, seguía dándole su medicina que parecía que le encantaba porque se acompañaba de pollo; siempre se la terminaba y eso hizo que se recuperara pronto. Después del paso de un mes, volvió a ser tiempo de volverlo a vacunar. Estaba nervioso de lo que le podía pasar así que decidí buscar al mejor veterinario, busqué y busqué y cuando lo encontré por recomendación de unos amigos lo llamé enseguida, era un señor de edad avanzada y en la primera consulta nos preguntó si tenía sus vacunas; le dijimos que no, no lo habíamos vacunado, su respuesta fue: “Hay que hacerlo ya”.
Lo llevamos la semana siguiente para que lo vacunaran y yo estaba muy nervioso; el veterinario nos dijo que no teníamos de qué preocuparnos, lo vacunó y Coffee estuvo bien.
Unas semanas después tenía que volver a ser vacunado, después nos dijeron que ya podría salir y hacer lo que quiera, yo estaba feliz. Después de dos meses de alegría en el que Coffee salía a la calle, se le pegaron las pulgas; yo no sabía qué hacer entonces decidí preguntar a un veterinario que nos dijo que lo bañáramos con un jabón especial para pulgas, funcionó y el domingo lo bañamos, las pulgas se acabaron y Coffee está bien y curado de todo.
Ahora teníamos otro problema: Coffee, cuando no estamos en casa, destruía todo, así que tuvimos que limitarle lugares como mi recámara, la cocina y el patio de afuera, porque destruía las flores y decidimos mandarlo a una escuela “perruna” por dos semanas.

Cuando volvió ya estaba educado y yo sigo feliz con mi perro.

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