Jufulishi se escapa del zoológico

Por: Bela Maki

Cuando Jufulishi (un mono capuchino) era un bebé quería escapar del zoológico y esto fue lo que pasó… Vivía en un zoológico, quería escaparme, pues estaba enjaulado. Y definitivamente, vivir en una jaula no es muy bonito que digamos. En otras palabras, érase una vez un mono capuchino de tres años (o sea yo) que estaba ideando un plan para escapar del zoológico.

Después de dos meses de estar planeando mi huida, la llevé a cabo. Ese día, le susurré a mi mejor amigo, Luishomilin, el plan de escape, que consistía en correr. Como sabrán, no era algo ideado sino más bien esperar cierto tiempo hasta que nuestro cuidador, Luis, entrara a darnos de comer. Cuando él abriera la puerta mi amigo lo iba a distraer y yo saldría corriendo y él detrás de mí.

Mientras el tiempo transcurría, por mi cabeza pasaban muchas ideas de cómo sería estar en el exterior. Visualizarme sin mis papás era algo difícil, pero tenía que lograrlo, pues lo venía soñando desde muy pequeño.

Después de horas y horas de espera, llegó Luis con la comida, sin que él se percatara me despedí de mis padres. Cuando vi la señal de mi amigo, comencé a correr sin que nadie me viera. Después de la distracción Luishomilin me siguió sin que el guardia alcanzara a verlo. Nos habíamos salvado de él, pero aún faltaban muchos más guardias.

Debíamos encontrar la ruta de escape adecuada. Sabíamos que había mapas por ahí, pero no lográbamos encontrar uno por ninguna parte. Seguimos por un pasadizo, vimos a nuestro compañero el orangután, recordé que él había intentado escapar dos veces, pero no lo había logrado.

Cuando vimos su celda, estaba con la cabeza agachada y con la mirada baja, pero no logré ver qué es lo que estaba haciendo, así que con una moneda que me encontré en el piso empecé a raspar sus barrotes para que me viera. Enseguida levantó la mirada con cara de asombro. Nos contó que él nunca obtuvo el mapa, por eso no había logrado salir pero nos indicó un camino en donde había otro guardia de seguridad, Pipelon, quien siempre nos miraba feo y se encargaba alimentar a los felinos. El orangután nos dio algunos tips y a seguir corriendo.

Empezamos a oler comida, lo cual, nos distrajo un poco. Sentimos que sólo nos desviaría un poco de nuestro objetivo, pero a medida que perseguíamos el olor, más nos alejamos del camino que nos había indicado el orangután. Pero todo valía la pena, cuando miramos, ¡había un festín! Todo se veía delicioso. Habían hamburguesas, papas, elotes, etc. También había eso que los niños comen cada vez que vienen a vernos, es como un copo de nieve gigante, de distintos colores, se me hacía agua la boca.

Estábamos a punto de llegar a la comida, cuando nos dimos cuenta que unos guardias nos miraban desde atrás esperando el momento perfecto para atraparnos. De repente, todo cambió de rumbo, un enorme león blanco salió corriendo detrás de nosotros intentando comernos, al menos eso fue lo que pensamos, pero no. Él también iba por la rica comida junto con nosotros, nos dijo que corrieramos porque estaban detrás de nosotros, entonces, corrimos, y seguimos corriendo. En un instante, el león frenó, atacó a los guardias para darnos tiempo de escapar.
-¡Corran, corrannnnnn! -gritaba de lejos el león.
Pero lo que él tramaba en realidad, era que nos quedáramos ahí y luego:
-¡Rawr! comernos.

Yo, muy inteligentemente pensé eso. Así que fui a meterme a una tienda de souvenirs y me camuflajé entre unos juguetes de peluche, mientras el león estaba siendo enjaulado otra vez por los cuidadores del zoológico.

Esto ya se nos había salido de las manos, los cuidadores ya sabían que no estábamos en nuestras jaulas y que pensábamos escapar. Debíamos hacer las cosas mucho más cautelosamente, además, a mi amigo ya le había dado miedo la situación y más los leones. Tuve que tranquilizarlo porque sabía que nada malo iba a pasarnos.

Recorrí la tienda de regalos, vi algo de colores que me llamó mucho la atención y a lo lejos vi dibujada mi jaula, y me dije:
-¡Un mapa! ¡Qué maravilla!
Me acerqué lentamente para tomarlo, comencé a leerlo y decía: “Salida del parque”. Así que pensé en dirigirme hacia ese camino, le hice señas a Luishomilin para que me siguiera la corriente.

Después de un rato vinieron los cuidadores y preguntaron por nosotros, pasaron por nuestras narices, no nos vieron ya que somos muy tiernos, sí parecíamos muñecos de peluche, tuvimos tiempo de escapar mientras ellos le preguntaban a las personas:
-¿Ha visto a dos monos?

Entonces salimos sin hacer el menor ruido. Vimos el mapa, decía que teníamos que pasar por el serpentario. A mí me dan miedo las víboras y reptiles, pero ese era el camino más corto para alcanzar nuestro destino, así que fui valiente.

El serpentario era un lugar oscuro con un pasillo y muchos vidrios. Me asomé a uno pero no ví nada. De repente, escuché algo como un: “ssss”. Me asusté mucho. Decidí esconderme en un hoyo que había entre unas paredes. Saqué mi cabeza para ver qué era y vi una serpiente ¡Horrible! Era verde con manchas cafés y hacía ese horrible sonido, pero me di cuenta que estaba detrás de un vidrio y todos mis miedos desaparecieron en ese instante.

Mi amigo estuvo observándome todo el rato sin decirme nada, sabiendo que nada podía pasarme, entonces me dijo:
-¡Vamos, continuemos nuestro camino! – y entonces seguimos corriendo…

Pasamos por lugares abiertos y cerrados, algunos nos dieron miedo, otros, no tanto. Seguíamos dirigiéndonos a la salida. Nada podía detenernos. Hasta que vimos un leopardo, el mismo que le había dejado una herida a mi padre, la cual, recordaba todos los días y siempre nos decía: ”Tengan mucho cuidado”. Mi amigo me vio y me dijo:
-¡No tengas miedo!-
Nuevamente opté por ser fuerte y seguir adelante pero me frené y me puse a llorar.

No sabía qué hacer. Me había dado pánico. Quise renunciar a todo lo que un día había soñado. Nada me importaba ahora. Sólo quería estar en mi jaula con mi mamá abrazándome, mi papá cuidándome y jugando conmigo. Los recuerdos no paraban de venir a mi mente y el llanto tampoco.
Mi cómplice se me acercó y me abrazó, dijo:
-Llegamos a esto juntos y nos iremos juntos o no nos iremos. Lo miré con lágrimas en mis ojos y nos abrazamos. No sabíamos qué hacer, si seguir y atravesar por donde estaba el animal salvaje o quedarnos ahí.

Tenía que luchar por lo que yo quería, por el deseo más grande de mi corazón y avancé hacia la guarida del leopardo.

Mi cuerpo estaba temblando. Ya nada podía detenerme, tenía que pasar por ahí sin ser visto, o enfrentarlo. Ambos caminamos lentamente, pero el leopardo nos vio, comenzó a seguirnos, corrí y corrí hasta que las piernas no me daban más. A lo lejos vi un árbol, me acerqué y me trepé. El leopardo me vio y no se movía de ahí, lo cual, hacía difícil que pudiera bajar… En eso, mi compañero, hizo un sonido, el animal fue tras él con toda su rabia. ¡No podía permitir que le pase nada! Entonces, vi una piedra, se la lancé lo más fuerte que pude y ¡Pum! Cayó sobre su garra delantera, lo cual, le impidió seguir corriendo.

Lo miré a los ojos y le dije:
-No podrás contra nosotros -pero sus ojos ya no eran los de antes, su fuerza tampoco, no era el mismo que había atacado a mi padre años atrás aún antes de que yo naciera. Ya estaba viejo. La vida no lo había tratado tan bien. Lo miré con desprecio pero con algo de lástima también y seguí mi camino. Ya nada podría detenernos.

En eso volteé, noté que un guardia me estaba viendo. Estaba más cerca de lo que esperaba. Pensé rápidamente y seguí corriendo, pero mi amigo no tuvo tal suerte, lo atraparon. Me detuve. Lo vi a los ojos. Pensé en su frase “Llegamos a esto juntos y nos iremos juntos o no nos iremos”. Quise rendirme, pero no podía, necesitaba saber qué había más allá del zoológico, por lo que seguí corriendo, pero esta vez por ayuda.

Busqué por todos lados, miré abajo, arriba, hacia todos lados. Me metí en lugares oscuros. Parecía que nada tenía sentido. Cuando volteé había una cebra viéndome con una risa burlona, diciéndome que no iba a poder escapar jamás. Me detuve y pensé “¿Y si tiene razón? ¿Y si todo esto es una locura? ¿Debo regresar con mis padres?”…. Estaba realmente confundido.

Estaba pensando en ello cuando sentí una mano sobre la mía, todos mis temores se cumplieron. Ya era preso otra vez de este enorme zoológico. Otra vez iba a tener que hacer monerías para que la gente que viniera a visitarme y me dieran alguna golosina. Otra vez la comida de siempre. La vida de siempre. Esa de que tanto quería alejarme…

Volteé para ver al guardia que me había atrapado, para mi sorpresa era una cara poco familiar, tenía una estatura un poco más baja que los guardias de seguridad, intenté hablarle pero por supuesto, ella no me escuchaba.
Se me quedó viendo, dijo:
-Monito, ¿estás perdido? ¿necesitas ayuda? -Yo, con mi mejor carita de changuito triste le dije que sí. Ella me abrazó y me dijo que jamás me abandonaría.

La llevé hacia donde estaba mi amigo, le dije, gritando un poco, ¡que éramos dos! Ya que los humanos no me entienden, pensé que hablando más fuerte lograría comunicarme con ella, pero sorpresivamente, ella me entendía perfectamente todo lo que le decía, como si fuera mi alma gemela o algo así.

No necesité hacer mucho para que ella hablara con las personas de ahí y les pidiera que la dejaran ser nuestra dueña. Después de mucho luchar, acá estamos, unidos siempre, junto con mi mejor amigo. Los tres vivimos una vida muy feliz. ¡Ah! Y además me lleva a visitar a mis papis cada vez que quiero y puedo. Esto si es la buena vida. Siempre recordaré esto como la mayor aventura de toda mi vida.

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