El gruñido del conquistador

Por: Sombra de León

Dos gatos fuertes y ágiles estaban peleando agresivamente bajo la luz de la luna llena en un bosque muy denso. Solo se oía el silbido del viento y los gruñidos fuertes e intensos de los gatos enemigos. Hasta que el gran gato dorado logró librarse del atigrado claro que lo restregaba contra el suelo arenoso.

-¿Por qué has vuelto?- el gran felino rayado tenía los ojos llenos de confusión e ira
-Tigrado, ¿Que está pasando?- una gata parda apareció detrás de él con una expresión confusa en su mirada verde oscuro.
-¡Esto no es asunto tuyo, Jaguarina!- rugió él.
La gata retrocedió unos pasos y se escondió en un pequeño arbusto que se encontraba a unos cuantos centímetros de distancia de donde estaba ella.
-¿Por qué nos abandonaste durante el incendio?- quiso saber el pequeño descendiente del tigre cazador.
-No tenía opción- protestó el gato color pajizo.
-Si, si la tenías, traidor- enseñando los dientes con un gruñido grave, se abalanzó sobre Leonado, le clavó los filosos dientes en el omóplato, lo lanzó al aire y Leonado cayó al suelo. Parecía inconsciente pero cuando Tigrado se acercó, Leonado le dió una potente patada en la barriga, Leonado se puso de pie.
– ¡¿Pero qué es lo que pasa contigo?!- Leonado se veía desconcertado y furioso.
-Debería preguntarte lo mismo a tí- Tigrado soltó un fuerte gruñido.
-¡Tigrado, cálmate por favor!- Jaguarina salió de su escondrijo y avanzó hacia él.
-Vete de aquí Jaguarina- rugió el atigrado felino.
A la gata moteada se le pusieron los ojos como platos y salió disparada para huir de ahí. La discusión continuó…
-Aún no entiendo qué haces aquí- Tigrado lo miró con ojos llameantes de curiosidad y furia.
-Tenía que volver- protestó, pero a Leonado se le había secado la boca, no encontraba las palabras adecuadas para que Tigrado se calmara.
-Nos abandonaste- dijo Tigrado fríamente.
Leonado hizo una breve pausa. -Lo lamento- contestó al fin.
Tigrado dió media vuelta y se dirigió a su enorme caverna situada detrás de unas rocas cerca del lago bajando el barranco, donde Jaguarina, Tigrado y Leonado habían creado sus escondites y refugios. El de Jaguarina era una pequeña choza hecha con ramas y hojas, el de Tigrado era una gran grieta por debajo de una roca y el de Leonado una pequeña cueva detrás de un árbol.
Leonado siguió a Tigrado y se acomodó en su cueva para prepararse para el ajetreado día siguiente.
Leonado se despertó poco a poco y estiró sus peludas patas delanteras con un largo bostezo. Salió de la cueva, Tigrado ya se había levantado y estaba en la orilla del lago limpiando el pelaje de su pecho con lametazos rítmicos.
-Hola- lo saludó, pero el atigrado no contestó y se siguió lavando seriamente.
-¡Nadie puede dormir con tus ronquidos!- rugió Tigrado cuando terminó de asearse.
-Lo siento. ¡Pero, no es mi culpa!- protestó Leonado con un toque risueño en sus palabras.
-¡Hola!- saludó con emoción Jaguarina, que se acercaba a los dos felinos. Los dos la ignoraban.
-Si vuelves a despertarme- Tigrado enseñó unos colmillos grandes y filosos, de su garganta brotaba un gruñido amenazador. -Te voy a…
Sus palabras fueron interrumpidas por fuertes pisadas en la tierra que hacían mover las piedras más pequeñas y sueltas del suelo. Los tres gatos se dieron media vuelta, vieron que se acercaba una gran cantidad de gatos un poco más grandes que ellos, el que los lideraba era un gato lleno de cicatrices y pelo gris oscuro con rayas negras, a su lado derecho lo acompañaba un atigrado anaranjado con una oreja partida y del izquierdo uno mitad blanco, mitad negro.
-Venimos a tomar su territorio- el líder avanzó dejando a los demás atrás, levantando la cabeza desafiante.
-Ahora, ¡Fuera de aquí!- gruñó el anaranjado avanzando junto a su líder.
-Soy Pedrusco- dijo el macho blanco y negro quedándose en su lugar. -Él es Navaja- señaló al anaranjado con la cola -Y él es nuestro líder, Legrado- finalizó mirándolo.
-Si quieren su territorio peleen por él- Legrado dió media vuelta.
-Veanme al crepúsculo subiendo la ladera- dijo viendo por encima del hombro, guió a sus gatos subiendo la pendiente. Cuando desaparecieron los gatos de Legrado, Tigrado se volvió hacia Leonado.
-¡No podemos pelear contra ellos, nos superan en número!- Dijo aterrado.
-Tenemos que salir de aquí- Jaguarina se dió media vuelta.
-¡No!- gritó Leonado antes de que Jaguarina pudiera dar un paso.
-¿No?- repitió Tigrado -debes estar mal de la cabeza- dijo un poco burlón.
-Nos harán trizas- chilló Jaguarina horrorizada.
-Pero lucharemos- Los dos miraron a Leonado desconcertados -éste es nuestro hogar y no lo perderemos por ellos- agitó la cola furioso.
-Pero…
-Pero nada- interrumpió a Tigrado. -Legrado puede ir a perseguirse su propia cola- se mofó.
-Estoy de acuerdo con Leonado- dijo Jaguarina, que no se oía muy segura.
-Esta bien, recuperemos nuestro hogar.
El sol ya había empezado a descender, Jaguarina estaba afilando sus garras con una roca, Tigrado mordiendo un hueso de conejo, Leonado estaba practicando y estudiando sus movimientos de batalla, entonces Tigrado dejó el hueso a un lado.
-¡Partiremos ahora!- Leonado dejó de practicar y asintió con la cabeza. Juntos avanzaron barranco arriba, cuando llegaron a la cima se encontraron con la pandilla de gatos de Legrado.
-¡Llegaron!- anunció Legrado en alto.
Pedrusco avanzó después de su dirigente con el pelo erizado de rabia, listo para atacar. Aquellos que iban con él, ocuparon sus lugares frente a los contrincantes deseando acabar con ellos. Del lado contrario, Tigrado dió su grito de batalla y se abalanzó hacia Navaja, clavándole los colmillos en la oreja lastimada provocando que ésta se desprendiera de su cabeza.
-¡Me vengaré de estos gatos malolientes!- gritó Navaja enfadado.
Tigrado se volvió a enfrentar al anaranjado, arrancándole la otra oreja y así, dejándolo sordo. Iba a dar media vuelta cuando sintió que se le hundían en el cuello unas garras largas y afiladas. Rodó en sí hasta quitarse al enemigo de encima, cuando quedó de pie vio que se enfrentaba a un melado oscuro que no había visto jamás, dió unos cuantos pasos adelante pero el otro atacó primero, agarrándolo por el pescuezo y lanzándolo al aire, cuando cayó al frío suelo recordó al instante la gran estrategia de Leonado: hacerse parecer inconsciente. Y, como cuando se encontró con Leonado, le dió una potente patada en la barriga a su contrincante.
-¡Funcionó!, gracias Leonado- dijo victorioso para sus adentros. Fué corriendo a quitarle de encima a Jaguarina una gata negra que la retenía con firmeza.
-Son demasiados- le dijo Jaguarina agotada
-No, no podemos irnos- rugió él…
La luna había llegado a su punto más alto, Legrado era el último que quedaba, los demás se hallaban inconscientes o habían huído hacia el denso bosque.
-Fin del juego para tí, Legrado- gruñó Tigrado
-Está bien- dijo -quédense con su tonto territorio- dió media vuelta y desapareció en las sombras.
-Lo logramos- dijo Leonado felicitandolos.
Bajaron el barranco y encendieron una fogata enfrente de sus cavernas.
-Esta noche- empezó Tigradoo -reclamamos otra vez nuestro territorio, podremos cazar libremente sin la necesidad de preocuparnos por Legrado y su pandilla. Este es nuestro hogar, nuestro y de nadie más.

FIN

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