Las vidas de Rocky

Por: Rocky

Hola. Me llamo Rocky. Tal vez te puede parecer un poco raro, pero soy un gato. Te voy a contar mi historia.

Capítulo 1

Era un día soleado en San Francisco. Yo era un gato recién nacido, solo en la calle, esperando a que alguien me cogiera y recibir de su amor. Estuve ahí por siete días y siete noches, hasta que una niña, castaña y chaparrita, de unos cinco años, y su papá, alto y robusto, usando un esmoquin y sombrero negros llegaron.

-Papá, papá, mira a ese hermoso gatito… Está solo en la calle y no tiene a nadie que lo cuide… ¿Lo podemos adoptar? -dijo dulcemente la pequeña niña.
-Si prometes cuidarlo y amarlo, sí -dijo su padre.
Y entonces, me cogieron y me llevaron a su casa.
Vivían en una casa grande, acogedora y cálida. Siempre era agradable entrar en la casa, porque usualmente hacía frío fuera de la grande estancia. Con el paso del tiempo, me dí cuenta de que la niña se llamaba Sophie. Sin embargo, ella no cumplió con su promesa. No se hacía cargo de mí ni me alimentaba, lo único que comía era lo que se les caía de la mesa, y para tomar agua o leche, les tiraba su vaso y tomaba del piso. Así transcurrieron días, semanas, meses y años, hasta mis últimos días. Ni siquiera me pusieron nombre, ni me dieron un collar o una caja de arena, y así morí… mal cuidado. Hasta que…

Capítulo 2
Sentí que algo raro estaba pasando, parecía estar atravesando por una ráfaga de colores, era un lugar tan brillante que decidí cerrar los ojos, cuando los volví a abrir, parecía que habían millones de patas, hocicos, orejas y colas grises caminando de un lado al otro.
Descubrí que yo también tenía todos esos miembros y del mismo color. ¡Había renacido!
Noté que estaban dando gatos en adopción, me incliné fuera de la canasta para librarme de aquel escándalo y ante mi había alguien, él era alto y fuerte, pude leer un gafete que tenía en su uniforme de reparación de autos, decía “Alfred”, supuse que era su nombre. Lo escuché decir:
-Este, definitivamente este -y me cogió.
Subimos a un auto “Mini – Cooper” rojo con franjas negras, anduvimos en el coche por aproximadamente una hora y cuarto, hasta que llegamos a una tienda de mascotas, donde me hicieron un collar con la inscripción: “Kirara”, además de dos platos, que decían lo mismo. Entendí que ese era mi nuevo nombre.
A continuación nos subimos de nuevo al auto y nos dirigimos al supermercado, ahí me compró una camita y una caja de arena, después también escogió una suave cobija, y todo eso era para mí. Me sentí muy querido, por fin sentía que alguien se preocupaba por mí y quería darme su cariño. En el camino para ir rumbo a la casa, en la radio salió una melodía llamada “Star light” y Alfred la cantó entera.
Vivía en un pequeño departamento, pero era suficiente para los dos.
Alfred se dedicó a darme cariño, a jugar conmigo, a acompañarme cuando llegaba del trabajo. Todo era diferente que en mi vida anterior.

Un día salimos a caminar, y al cruzar la calle pasó un coche a tan alta velocidad, que Alfred no lo pudo evitar, y el coche me arrolló. No quería dejarlo, ¡me gustó tanto esta vida!. Alfred me cargó y yo podía notar su tristeza, pero ya no pudo hacer nada.

Capítulo 3

De nuevo ese destello de colores. Cuando salí de ahí, ví algo que nunca antes en mis otras dos vidas había visto. A mi propia madre. Ella era de un color naranja claro con franjas blancas, al igual que yo, más bien, yo al igual que ella. Fuí con ella a que me dé de su leche y a abrazarla, traté de comunicarme con ella para decirle “Te amo”, pero lo único que salió de mi pequeño blanco hocico fue:
-Miau.
Sin embargo, ella me contestó:
-Miau.
No sé si lo que pasó fue real o sólo me lo estaba imaginando, pero creo que la escuché decir:
-Yo más
Vivíamos en una especie de cueva, era muy oscura y apenas nos podíamos ver entre nosotros. Yo tenía unos treinta y cinco hermanos y hermanas, que, al igual que yo, eran naranjas claro con franjas negras, pero no todos tenían el hocico blanco como yo, sino muchos de ellos (y ellas) tenían el hocico negro. Había colores muy variados de ojos, por ejemplo, yo los tenía cafés, pero muchos otros los tenían grises, azules, verdes y también había otros con los ojos cafés como los míos. Yo siempre quería salir a ver y explorar el mundo pero mi mamá me lo prohibía.

Hasta que una noche decidí dejarlo todo atrás, mis hermanos, la seguridad de la cueva e incluso, a alguien que iba a recordar por todas mis siete vidas, a mi madre. Sabía que iba a extrañarlo todo, pero tenía que seguir adelante. Lamí a mi madre y me alejé, a toda velocidad, de aquel lugar donde pasé los primeros cinco años de mi vida. Sollocé mucho, hasta que por fin me pude calmar, luego seguí corriendo y me dí cuenta porque mi madre no me dejaba salir. Frente a mí, había un enorme perro callejero. Corrí lo más que pude, pero el perro me perseguía. Cuando tuve que frenar para descansar, el perro me dió una grande y poderosa mordida. Sangré demasiado. Cuando estaba a punto de recibir una segunda mordida, un hombre llegó y apartó al perro. Me cogió y me llevó al veterinario. Cuando llegamos, la doctora dijo que ya no se podía hacer nada. Intenté agradecerle al señor, pero, de nuevo, solo logré decir:
-Miau.
Pero tengo la sensación de que no pudo comprender lo que dije.
Continuará…

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