Daria

Por: Inmoan

Era un día lluvioso. Tenía que caminar a casa, me estaba empapando y estaba frustrado. Toda la comida que llevaba se estaba mojando hasta que por fin llegué a mi hogar. Mi mamá se molestó conmigo porque los elotes estaban escurriendo, el pan empapado, todo era un verdadero desastre. ¡Qué difícil es vivir en Burundi!

Al siguiente día, como todas las mañanas, me despertaron las voces de los niños que iban a ir a la escuela. ¡Quisiera tanto ir a la escuela! -pensé-. De pronto escuché:
-¡Obatalá! -gritó mi madre.
-¿Qué pasó mamá? -contesté.
-Ve por la comida y no te tardes mucho porque de lo contrario te va a agarrar la lluvia como ayer -dijo con voz un tanto irritada.
Papá ya se había ido a sembrar, mi hermana Keita estaba tejiendo, y yo como siempre… tenía que ir por la comida.
Mientras caminaba por las calles refunfuñando del por qué siempre yo era el elegido para ir por la comida, me topé con unos señores que sin razón alguna estaban maltratando a un pequeño elefante.
-¡Déjenlo en paz! -les grité.
-¿Tú qué, niño? -me dijo uno de ellos.
-¡Ya déjenlo! -les repetí levantando mi voz.
-¡Lárgate! -respondió el mismo individuo.
Me fui corriendo a contarle todo a mi mamá y aunque a ella le gustan los animales, no le importó, pues siguió haciendo la comida. Después fui con mi hermana y le relaté lo ocurrido, pero tampoco le importó, pues siguió tejiendo. Finalmente le pedí ayuda a mi papá, pero él siguió sembrando. Nadie me hizo caso… fue entonces cuando me dije a mí mismo:
-Necesito crecer, ya no puedo esperar a que los demás arreglen mis problemas, es momento de madurar…
Y con todo el valor que un niño puede tener me dirigí a enfrentar a los señores. Cuando llegué al lugar ya no estaban, pero el pequeño elefante seguía ahí, se encontraba dolido, por lo que sentí la necesidad de hacer algo al respecto pero no sabía cómo podía ayudarlo… Hasta que se me ocurrió una solución, sé que va a sonar loca mi idea, pero es lo mejor que podía hacer:
-¡Me lo voy a llevar a mi casa !-pensé entusiasmado.
Me fui corriendo para preguntarle a mi mamá si estaba de acuerdo con mi idea, por supuesto no esperaba una respuesta positiva y así fue, pero por primera vez en mi vida, decidí no hacerle caso a mi madre.
A la mañana siguiente, me levanté muy temprano y desperté a mis papás, los convencí de que necesitaba más privacidad por lo que era necesario que me ayudaran a construir un espacio exclusivamente para mí, lo que ellos no sabían es que ese lugar sería para mi nueva mascota.
En dos semanas el espacio quedó terminado y metí al pequeño elefante. Todo parecía perfecto, sólo había un detalle, todavía no tenía un nombre para él; pensé y pensé pero parecía que no tenía cerebro como si fuera una medusa.
Finalmente, se me vino a la mente el nombre de “Daria”, que significa regalo en Kirundi, la lengua que hablamos en mi pueblo.
Pasaron dos años y mi familia no sabía nada de nuestro nuevo inquilino, el elefante había crecido y todo marchaba bien, pero un día cuando me desperté, mi mamá no estaba.
-¿Dónde está mamá? ¿A dónde se fue? -le pregunté a mi papá.
-Tu mamá está muy enferma. Se fue al hospital -respondió mi papá muy triste.
Comencé a llorar. No podía haber cosa más trágica, yo sé que papá no tenía dinero para pagar algún tratamiento, afortunadamente, el hospital le dio un descuento y se pudo quedar.
Así, papá, Keita y yo fuimos a visitar a mamá al hospital; cuando estábamos afuera esperando los resultados, los minutos se convirtieron en horas y las horas en días… hasta que por fin salió el doctor, cuando vi su cara supe que no tenía buenas noticias para nosotros.
-Lamentablemente su mamá no está en buen estado de salud, está muy enferma y va a tener que quedarse un mes en el hospital -nos dijo el doctor.
-¿Por qué está tan enferma? -pregunté.
-No sabemos, ¿ha tenido gripe, influenza o ha sufrido algún otro tipo de enfermedad anteriormente? -preguntó el doctor.
-No -contestó papá.
-¿Podemos entrar a ver a mi mamá? -le dije al doctor.
-Sí, claro.
Cuando vi a mi mamá, le dije:
-¡Hola, mamá! ¿Cómo te sientes?
-Un poco mal pero voy a estar bien, no te preocupes por mí.
-Te quiero mucho, mamá.
-Yo también.
El doctor intervino:
-Lo siento mucho pero se van a tener que ir porque su mamá tiene un tratamiento en cinco minutos y la tenemos que preparar.
Nos fuimos a casa. Cuando llegamos empecé a llorar, muchos pensamientos invadieron mi cabeza y la preocupación por la salud de mi madre era extenuante. Después de un rato comencé a calmarme y recordé que Daria, mi elefante, se me había olvidado por completo. Fui a echarle un ojo y ahí estaba durmiendo.
Pasaron varios años y Mamá seguía muy enferma, la corrieron del hospital porque papá no pudo seguir pagando su estancia. Estaba tan enferma que ya no se podía levantar de la cama, una mañana me desperté y escuché algo que nunca en mi vida había oído, un sonido de personas marchando y una de ellas gritando, no eran niños que iban a la escuela, sonaban como señores, me asomé a la ventana y efectivamente eran unos señores, pero no eran del pueblo, eran un grupo de personas que avanzaba de manera muy ordenada, me di cuenta entonces que era un ejército, pero era un ejército de personas blancas, no de África. Eran gente de Estados Unidos de América. Me dio mucho miedo. Me escondí debajo de mi cama y estuve ahí por un buen rato hasta que de repente alguien entró a la casa, un soldado con pinta de pocos amigos empezó a gritar muchas cosas, pero yo no entendía lo que decía porque estaba hablando inglés, y como no voy a la escuela no conozco ese idioma, de pronto, papá, gritó:
-Salgan de la casa- salimos corriendo todos, excepto mamá porque no se podía levantar. Se me ocurrió una grandiosa idea, me salí de la casa, me dirigí a mi lugar secreto y fui con Daria, la conduje hasta la ventana del cuarto de mis papás. Daria con su trompa ayudó a mamá a levantarse, luego, como pudo la colocó sobre su lomo.
-Te quedaste con el elefante- alcanzó a expresar mamá.
-Sí, perdón.
-No pasa nada pero me hubiera gustado que me lo dijeras antes.
-MARCHEN YA- dijo gritando un soldado en inglés.
-Salgan de la casa- gritó papá.
Nos fuimos corriendo al bosque y ahí nos escondimos el resto del día.
-Keita, Obatalá, vengan. Todo va a estar bien- dijo mamá.
-Tengo miedo- le dije.
-No tengas miedo, intenta dormir un poco, necesitas descansar. Buenas noches Daria y gracias- dijo mamá.
Al siguiente día decidimos que nos íbamos a ir a Zimbabwe, un país en donde no había tantos problemas. Trasladarnos al nuevo país nos llevaría tres meses y mamá no podía más. Cada día que nos levantabamos Daria cargaba a mamá.
Hasta que una mañana mamá se enfermó más de lo normal y me acuerdo que cuando mamá estaba en el doctor nos había dicho que no se podía enfriar, tal vez por eso estaba tan enferma, no podía dejar que se enfriara en la noche, mamá tosía y tosía. Daria la escuchó y la abrazó con su trompa. Pasó todo un mes y ya no faltaba tanto para llegar, parecía que mamá se empezaba a recuperar un poco gracias a la ayuda de Daria. Keita ya no estaba tan triste, papá estaba de buen humor. Lo único que estaba fallando es que la comida y el agua estaban escaseando. Mamá necesitaba alimentarse más que nadie pero Daria también porque si ella no comía no tendría fuerza y la necesitamos para que ayude a mamá.
Un día muy temprano comenzamos a escuchar voces, al principio me dio mucho miedo pensando que era el ejército de Estados Unidos de América y ¡nos había encontrado! Pero no, eran voces de personas riéndose y hablando muy fuerte.
Ese mismo día caminamos más que otros, pero no nos importó, porque era el día que tanto habíamos esperado. ¡Finalmente llegamos al Parque Nacional Hwange, en Zimbabwe! Y con mucho dolor entregamos a Daria en el Parque Nacional ya que queríamos que estuviera con otros elefantes.
Nos presentamos en la oficina de migración pidiendo ayuda para encontrar un lugar en donde vivir y en donde poder trabajar. Nos llevaron a un centro de refugiados, el cual estaba lleno de personas como nosotros que huían de sus países para encontrar un lugar en donde pudieran vivir en paz.
Todos conseguimos un trabajo de limpieza en un mercado. Nuestro dia libre íbamos al parque nacional a visitar a Daria. Al llegar al parque nacional los guardias que conocimos cuando entregamos a Daria nos ayudaban a localizarla y cuando estábamos lo suficientemente cerca de la manada de elefantes el jeep paraba, nos bajábamos de él, siempre uno de los elefantes se separaba de la manada para venir a saludarnos, obviamente, era Daria que puede olernos desde lejos. Al fin hemos encontrado un lugar en el cual echar raíces y vivir tranquilos.

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