Henri Smith y el megalodón

Por: Sammy

Yo soñaba con estar en alta mar, el viento corriendo por mi cara, las fuertes olas salpicando que me hace sentir libre, el sol de media tarde, esos los duros rayos quemándome la piel; mi mamá me regaña siempre por eso, dice que la piel se descompone rápido y no se repara. Ella se cuida mucho del sol y aún así se le ha descompuesto, supongo que es la edad.

Nunca le he tenido miedo al mar, me parece que hay cosas más terroríficas, como morir o perder la memoria. Mi abuela perdió la memoria, fue horrible.
Mi nombre es Henry Smith y te voy a contar mi historia. No la recuerdo muy bien pero lo único que sé es que fue horrible. Yo era muy pequeño, era un niño de apenas tenía cinco años, cuando un terrible accidente sucedió un día. Mis padres estaban discutiendo sobre irnos a vivir al océano un año y eso me ponía feliz, ya que desde que vi el mar por vez primera me fascinó al instante; todos esos peces, medusas, los temibles tiburones, todas las especies de animales acuáticos me fascinaban y sí, nos íbamos a ir al mar un año, aunque fue la peor decisión de sus vidas.
Sería un viaje sencillo. Ya estábamos listos y subimos al barco. Pasaron unos días, mi mamá me llevaba a la cubierta y veíamos la inmensidad del océano; ella siempre me contaba historias y mitos sobre el mar, lo que hacía que me gustara más.
De noche mis padres gritaban cosas como eleven las velas algo se aproxima. Se escuchaban las voces de mis papás una y otra vez repitiendo cosas que no
entendía, solamente notaba que hablaban de manera cortante o a gritos. Una noche sentí movimientos fuertes, el barco parecía no tener control y yo trataba de agarrarme a lo que fuera pero mi mamá está allí, conmigo, su miedo hizo que me abrazara cada vez con más fuerza, me apretaba tanto la panza que sentí ganas de vomitar. No me había dado cuenta de lo fuerte que llovía, fue una dura experiencia para una noche; pero sobrevivimos.
Amaneció. La suave brisa de esa mañana se convirtió en duras gotas que azotaban por todos lados y en todas direcciones. Se escuchaban crujidos de madera y el barco comenzó a tener sacudidas y cada vez más agua adentro. “Eso no se ve bien”, pensé, pero no podía más que preguntarle a mi mamá: “¿qué está pasando?”, pero no me contestaban. Dejaron todos de gritar y vimos a lo lejos algo más peligroso que la tormenta: la aleta de un tiburón gigante se acercaba a nosotros; se veía tan grande como la vela de un barco pequeño,
Nos paralizamos y en ese momento tras un fuerte crujido y como en un parpadeo de ojos el barco estaba destruido. Flotando sobre los escombros pudimos ver al increíble tiburón, enorme como una casa, pesado como una ballena y con una mirada horrible y fría.
Mis padres hicieron todo lo posible por combatir a esta horrible bestia, trataron de nadar, lo golpeaban con los pedazos de barco que podían sostener con una sola mano; en la lucha y sin darse cuenta me soltaron y yo comencé a nadar lo más fuerte que pude y lo más cerca de mis padres y aún así me alejaba cada vez más. Ellos gritaban mi nombre una y otra vez, sus caras tenían una expresión que nunca olvidaré. Todos nuestros esfuerzos fueron en vano. En el ir y venir de las olas los perdí de vista, yo estaba ya muy cansado de moverme, sentía los brazos

pesados y las manos se aferraban a la tabla que me sostenía, todo se volvió negro de pronto.
Me desmayé, y ahí estaba yo acostado en arena y pensé que todo había sido un horrible sueño y cuando abriera los ojos mis padres estarían ahí; pero, sin embargo, abrí los ojos, no había nada y ahí me di cuenta de que todo era verdad. Mis padres murieron esa noche y el único recuerdo que tenía de ellos era un collar con una carta que no podía leer hasta que tuviera 30 años, tal y como mi mamá me lo había pedido.
Lloré durante tres días, hasta que unos turistas me encontraron y me llevaron a Nueva York; sus nombres eran Elizabeth y Gilbert. Ya más calmado les conté todo lo que sucedió y ellos me contaron sobre una leyenda de un tiburón increíblemente enorme llamado megalodon, el cual medía dos tiranosaurios rex y era el rey de los depredadores.Por la descripción supe que era igual al tiburón que atacó el barco con mi familia.
Crecí. Tenía 20 años, los turistas que me habían rescatado me adoptaron y me ayudaron a superar lo que había pasado. A pesar de que en el océano murieron mis padres, éste me seguía gustando; sin embargo no olvidaba esa terrible noche. Mis padres adoptivos comprendían mi obsesión, por lo que me presentaron a un capitán que les debía un favor y le pidieron que me llevara a buscar al megalodon.
Me despedí de mis padres y empezamos el viaje. En el barco llevábamos un armas de grueso calibre, lanzas, espadas, pistolas, un cañón lanza arpones. Después de unas horas estábamos en mar abierto y preparados para lo que sea.
Pasaron los días y nada. Yo me percataba de cómo la tripulación del barco se burlaba de mí, decían que no había nada. Un día sucedió lo que yo sabía

sucedería. Se sintió un temblor en el barco, toda la tripulación tomó posiciones, agarraron las armas. Yo me asusté y temblaba mucho, era igual que la primera vez, había fuertes movimientos, todos los objetos se caían y comenzó a llover gotas grandes. Yo agarré mi espada y una pistola; sentía mucha adrenalina, mientras más se movía el barco más adrenalina sentía.
De repente vimos una aleta que avanzaba al barco junto con una gran ola, se veía como un tsunami acercándose y saltó hacia el barco; todos atacamos, yo disparé, se me acabaron mis balas así que fui con mi espada. Toda la tripulación disparó: dispararon el cañón con el arpón, atacaron con las espadas, las lanzas y dispararon las pistolas; todo parecía hacerle mucho daño pero no moria, fue una lucha larga hasta que el megalodon le dio un golpe al barco y tiró las velas. Varios miembros de la tripulación había desaparecido, seguramente devorados porque había manchas de sangre por todo el barco. Un vigía que había perdido su agarre fue atrapado por el megalodon, y mientras desaparecía entre sus fauces, yo agarré mi espada y me lancé haciéndole una herida muy severa, por la cual el enorme escualo se hundió en el mar. La tripulación celebró pero yo sabía que volvería.
Avisé a la tripulación, nos reorganizamos, recargamos el cañón con otro arpón, las armas y afilamos más las lanzas y las espadas; esperamos todo el día y la noche. Estábamos tranquilos cuando empezó otra vez golpeando el barco provocando movimientos bruscos. Lo atacamos con las armas, las lanzas que quedaban; yo tomé el cañón con el arpón y le disparé directo a la cabeza, la imagen de mi familia muerta pasaba por mi pensamiento al ver acercarse el arpón al megalodon; al ver que daba en el blanco me sentí orgulloso y feliz porque cumplía con matar al asesino de mis padres, pero a la vez una parte de mí se sentía triste

por haber estar atacando a un milagro de la naturaleza. Ahí supe que hacía mal al intentar matarlo… yo amaba al mar y a sus criaturas
Al ver que el poderoso y enorme escualo se hundía lloré, nunca pensé que le haría daño a algo que tanto amaba. Emprendimos el regreso a casa y arrastrábamos con el arpón y la cuerda al megalodón hacia el puerto. Al llegar los biólogos marinos nos reportaron que seguía vivo, herido pero vivo; y con los cuidados especiales podría ser curado y vivir en un enorme tanque de 300 veces su tamaño.
Acabo de cumplir 30 años y leí la carta de mis padres, sonreí al leer lo que decía: HIJO PASE LO QUE PASE, SIEMPRE ESTAREMOS CONTIGO. VIVE FELIZ. TE AMAMOS, TUS PAPÁS.

admin