Uno de fresa en cono

Por: Serendipia

—¡Hombre! Que no me lleven a ningún lado, yo estoy bien. ¡Qué les digo que estoy bien! —gritaba Carlos mientras era arrastrado en una camilla por cuatro jóvenes robóticos. El hospital nunca le había caído en gracia; ni los muertos que andaban de aquí pa´ya deprimiendo a todo el mundo, ni el aire pesado de las salas de espera, ni el cartón que llamaban comida. Mucho menos que estén duro y dale con que se ponga antibacterial.—¡Que me lo acabo de poner, tengo una cortadita y me arde ponerme esa cosa! —Si había un lugar que Carlos odiaba era sin dudarlo el hospital.

Y es que esto siempre le pasaba, cada vez que venía a su revisión anual. Empezaba bien; el doctor le abría la puerta, Carlos tomaba asiento e iniciaba la misma interrogación de todos los años:

—¿Cómo se ha sentido Don Romero?

—Yo siempre me siento bien mi doc, fuerte como un roble.

—…hueco como uno también…

—¿Qué dijo usted doctor? Cuidado y se anda pasando de listo que la bata se la dejo roja, eh.

Entonces el doctor seguía con el protocolo, irónico pues este paciente no tenía una gota de protocolo en la sangre.—No, no he dejado de tomar. No, de fumar tampoco. No, no me ha dolido nada. —Impecable. Una roca. Si no fuera por su extraño padecimiento Carlos ni conocería este lugar, las personas del campo no suelen gastar mil bolas en una consulta, por algo que fácilmente les podría arreglar su tía y gratis. Un garbanzo de miel de piloncillo, un tesito con limón y ¡ya está! ¡Cómo nuevo hijo!

Los doctores, desde el instante en que conocieron a Carlos y a su anatomía, lo amarraron. Le prometieron el mejor seguro médico para él y su familia, siempre y cuando lo dejaran ser estudiado cada año. Cuando firmó el contrato ya no hubo vuelta atrás, Carlos se convirtió en el nuevo conejillo de indias de la facultad médica. Piquetes para sacar muestras, tomografías torácicas, cables pegados a su pecho.

Pasaron los años y el seguro nunca fue usado en la familia Romero. Carlos ya no quería seguir con esto, no le gustaba romper su reputación de macho cada vez que lo desnudaban y le ponían una bata azul. Tampoco le gustaba ser observado ni responder tantas preguntas—¡Que lo que yo haya tenido o no en el pasado no es asunto suyo hombre !—En fin, el contrato era inquebrantable por lo tanto su cita anual también. Cada primero de marzo Carlos llegaba al consultorio a las siete de la mañana, puntal, y salía a las diez de la noche. Dieciséis horas de ser un juguete Mi Alegría, un experimento.

Entonces llegaba agotado a su casa (bastante retirada además), se sacaba los zapatos y se sentaba en el único sillón que había.—¿No te da curiosidad entender Carlos, entenderte? —le preguntaba su esposa cada año y cada año recibía la misma respuesta, —Yo me conozco mujer, de pies a cabeza. —pues no quería admitir que, en efecto, su condición lo había vuelto loco toda la vida y que los inútiles de los doctores no se acercaran ni un milímetro a la respuesta cada año lo chiflaba aún más.

—¡Abuelo! ¡Ya llegaste! —una niña de no más de seis años corría hacia Carlos y se lanzaba sobre él.

—Si hijita, ya regresé. —A Carlos se le notaba el cansancio en la voz mas nada lo podía hacer más feliz que pasar tiempo con su nieta. Dejaba caer sus barreras con ella, se desarmaba, era cariñoso. La niña se sentaba en el regazo de su abuelo y le agarraba la muñeca. Iniciaba su exploración. Los dos deditos morenos se movían sobre el brazo del hombre cansado. Nada. Entonces pasaban al cuello, a un lado de su garganta repitiendo la búsqueda desesperadamente.

—¿Nada mi’ja?

—Nada abuelo. —en su voz; decepción y derrota. En sus ojos; esperanza.

—No te preocupes abuelo, cuando sea grande y sea la mejor doctora de Chihuahua te voy a curar. O bueno…no te voy a curar porque no estas enfermo, solo voy a averiguar porque eres diferente abuelo. Aparte, yo sé algo que los doctores no. —la niña sonreía y miraba a su abuelo fijamente. En la mirada de Carlos puro amor.

—¿A sí? ¿Que sabes tu mi’jita?

—Yo sé que tienes corazón, que aunque los doctores no lo escuchen, sí lo tienes. Esas maquinas que leen el corazón, que nunca pueden leer el tuyo, piensan que no tienes. Esas maquinas no saben que cuando nadie te ve, cantas. Tampoco saben que tu helado favorito es el de fresa y aunque tus amigos del trabajo te molestan tu sigues caminando conmigo por el centro, con tu cono rosa. Que nunca te pierdes la de las ocho y a veces lloras cuando se acaba a las diez. Tampoco saben que todos los días me recoges de la escuela y me ayudas con las restas y que me quieres mucho. —A Carlitos se le aguadaron los ojos.

—Tienes razón mi’ja. Eso no lo saben.

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