Experimento SERIE XX

Por: D. A. Salamturqui

Corría en el año 2050 cuando Gina, mi mejor amiga, y yo, tomamos el bolígrafo y firmamos aquel contrato donde aceptábamos ser parte del experimento SERIE XX. Dimos autorización para criogenizarnos durante 100 años. La idea del experimento, consistía en ver el mundo evolucionado y convivir con las generaciones que vivirían en esos años, además de hacer otras tareas que se nos habían asignado para cuando despertáramos.

Dos meses después del consentimiento, llegó el momento esperado y a su vez temido. Recuerdo que llegamos a un bunker subterráneo, extremadamente protegido, como si lo guardado dentro fueran lingotes de oro. Era un lugar muy grande, había enciclopedias viejas y contemporáneas; congeladores gigantes, donde guardaban alimento seco en cantidades sorprendentes, así como también semillas de todas las especies vegetales existentes en el mundo; contenedores enormes de agua purificada y máquinas que limpiaban las aguas contaminadas; tanques de oxígeno y tierra fertilizada. Hasta el fondo del bunker, se encontraban dos capsulas de criogenización cubiertas por un material transparente y tenían varios botones de colores que me llamaban mucho la atención. Nos dirigimos hacia ellas y un hombre robusto de traje nos pidió a Gina y a mí que nos acostáramos en las cápsulas. Gina me susurro al oído …entonces, es aquí donde dormiremos 100 años, la miré y solté una risita nerviosa. La verdad es que estaba aterrorizado por lo que podía pasar, pero no quería ponerla más nerviosa. Respiré y traté de darle la impresión de que estaba muy relajado. El hombre de traje cerró las cubiertas de cada cápsula, programó cada una de ellas para que se abrieran automáticamente en 100 años y después de unos soniditos “clic clic”, de botones presionados por aquel hombre, no recuerdo absolutamente nada más.

De repente abrí los ojos y miré por la cubierta transparente lo poco que alcanzaba a ver de mí alrededor. De inmediato se me vino a la mente el experimento SERIE XX, y lo ansioso que estaba por seguir con las consignas a realizar; también llegué a cuestionarme si de verdad habían pasado ya 100 años, porque sentía como si me hubiera dormido unas 7 horas. Minutos después, la cubierta se levantó de manera automática levantándome del depósito. A mi derecha se encontraba Gina, pasando por el mismo proceso en el que me encontraba yo. La miré y le sonreí, los dos estábamos en un estado de confusión y apenas nos aclimatábamos al ambiente del nuevo siglo.

Nos preparamos de almorzar y con la comida en la mano, salimos del bunker. Lo primero que me esperaba encontrar eran robots inteligentes caminando por las calles, coches voladores o coches de solo una llanta, rascacielos tecnológicos alumbrando todas las ciudades y personas con chips inteligentes en vez de cerebros, que les ahorraría la fatiga de pensar. Para nuestra desgracia, fue todo lo contrario, el mundo estaba devastado por completo, ahora los edificios eran ruinas, el aire era humo, las plantas y animales eran cenizas, y los humanos eran cadáveres. Nos preguntábamos qué podía haber pasado en nuestro planeta; de todas formas seguimos caminando por el desastre que veíamos para ver si encontrábamos algún rastro de vida o pista que nos encaminara a saber qué era lo que había sucedido.

No encontramos absolutamente nada que nos fuera útil. Entonces, después de un largo día de búsqueda, regresamos al bunker a descansar. Al día siguiente retomamos nuestra “aventura”, era un desgaste físico y emocional saber que el mundo se había destruido y que probablemente estábamos solos en el planeta. Gina se soltó a llorar y yo como todo un héroe me contuve y la traté de animar con un comentario que al parecer lo empeoró, al menos nos podemos reproducir, dije en un tono gracioso. Gina me miró como si fuera un ingenuo y siguió llorando. De pronto, se escuchó el ruido de unos pasos tropezando con las rocas. Gina y yo nos miramos en seguida y nuestras miradas se iluminaron por la esperanza que suponíamos no existía. Corrimos hacia el sonido y vimos a una jovencita con la cara llena de cenizas, la ropa rota y quemada, y una herida en el brazo mal cicatrizada. Gina se acercó con ella y le hizo a la chica de manera desesperada varias preguntas que hasta a mí me confundieron; Gina solo quería saber qué había pasado, pero no fue la mejor manera para cuestionar a la joven, en el estado en el que se encontraba. La niña solo contestó “me llamo Emilia”. Su mirada reflejaba tristeza y parecía como

si sus ojos nos rogaban que la ayudáramos. Me presenté y le pregunté ¿sabes dónde están los demás? Emilia contestó “todos han muerto, sólo quedamos 20 personas y vivimos en un pequeño bunker cerca de aquí, con alimentos y agua que se acaban poco a poco”. Emilia nos llevó donde se encontraba la comunidad de sobrevivientes. En el camino nos contó que en el año 2147 fue la Tercera Guerra Mundial, o “La guerra final” como los sobrevivientes la llamaban, una guerra entre potencias las cuales poseían armamentos nucleares peligrosísimos. Nuestro país fue unos de los pocos que no quiso involucrarse en la guerra y por eso las bombas lanzadas no fueron en dirección a nosotros, sin embargo, las ojivas nucleares tienen un gran impacto y a gran escala, por lo que solo sobrevivieron 20 personas en todo el mundo, y eso porque nuestro territorio fue el menos afectado de todos. Cuando llegamos al bunker de la comunidad de sobrevivientes, Gina en seguida revisó a las personas que pudieron haber enfermado por causa de los efectos secundarios de las bombas nucleares. Había unas 4 personas con posibilidades de morir, y todas las demás corrían un riesgo a enfermarse por la contaminación del ambiente y las condiciones en las que vivían.

Gina y yo tomamos el liderazgo de esta pequeña comunidad, y con los bienes que teníamos en nuestro bunker, logramos distribuirlos, de tal manera que podamos todos sobrevivir, salvar lo más que se pueda del mundo y comenzar de nuevo. Fueron épocas de crisis, angustia y de mucho trabajo; nos dedicamos por mucho tiempo al tratado de los suelos para que con la tierra fértil podamos cosechar las semillas de nuestros propios alimentos; además, estuvimos estudiando las enciclopedias que teníamos, y de ahí basar nuestros conocimientos y mejorar la calidad de vida. Nos dedicamos a apoyarnos unos con los otros y principalmente no dejamos de buscar rastros de vida fuera de la comunidad. Durante este tiempo de renovación del mundo, 6 mujeres dieron a luz y la comunidad ya era de 28 personas.

Hoy, estamos en el año 2187, ya han pasado cuarenta años de la Tercera Guerra Mundial, y después de ese trágico “fin del mundo”, ahora somos una comunidad de 139 personas, dispuestas a empezar de nuevo. Y aunque el daño ya esté hecho, estamos dispuestos a esforzarnos para sobrevivir. Gina y yo hemos envejecido, y probablemente la vida para nosotros ya se aproxime a su fin, pero nos moriremos sabiendo que realmente aportamos mucho al mundo. Nos encanta recordar lo que vivimos, además de una que otra anécdota para contárselas a nuestros hijos y nietos.

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