¿Quién eres?

Por: Anónimo

Por fin acaba otro largo día. No veo la hora de irme a acostar y esperar a quedarme profundamente dormida como hace meses que no lo hacía. Ya una vez en mi cuarto con la pijama puesta a unos segundos de meterme en la cama escucho el teléfono sonar un par de veces en la planta de abajo de mi casa antes de callarse, unos momentos después alguien toca en la puerta de mi cuarto, inmediatamente me dirijo a la puerta para descubrir quién llama a esta hora de la noche. No sentí el corazón acelerado, ni un nudo en el estómago, sé bien que detrás de esa puerta sólo se podría encontrar uno de mis padres.

La idea de que fuera mi hermano era absurda ya que en mis diecisiete años mi hermano mayor me había hablado tres veces, todas eran para reclamar sobre algo que le había molestado. Por fin abro la puerta y se encuentra la cara apenada de mi madre, el problema con que la conociera bien era que podía ver tras su aspecto decaído que era sólo un acto para hacerme sentir mejor, porque por alguna razón al haberle contado sobre la desaparición de mi mejor amiga, ella no me había creído ni un segundo, en seguida pongo cara de confusión y como si leyera mi mente me dice que no habían encontrado ningún rastro de mi mejor amiga. Sin decir una palabra, cierro la puerta en la cara de mi madre, me dirijo a mi cama, me meto entre las sábanas y me pongo a pensar en ella. Me acuerdo que fue un martes en la tarde, yo iba regresando de la escuela cuando solo mi teléfono. Al dejar mi mochila en la banca de madera a lado de la puerta de mi casa donde siempre la ponía, saque mi teléfono de mi bolsillo izquierdo de mi pantalón para ver que era que necesitaban de mi porque no era muy común que la gente me escribiera, siempre que sonaba solo podrían ser un par de personas, mi padre, mi madre, o mi mejor amiga. A la vez que desbloquear mi teléfono, vi un mensaje de mi mejor amiga

Mejor amiga: Nos vemos en el café de siempre? A las cinco?

Yo: Sí, ahí te veo.

Enseguida metí mi teléfono al bolsillo de donde lo había sacado y me dirigí a mi cuarto pero no sin haber anunciado mi llegada con un grito que seguramente se había escuchado por toda la casa por lo que no tenía duda que mi madre aunque estuviera en el jardín de atrás que me escuchara. Entrando a mi cuarto, cerré la puerta detrás de mí, me cambié del uniforme de la escuela a unos jeans y una playera blanca con un dibujo de un avión de papel en la parte superior izquierda, me mire unos segundos al espejo del baño para poder verificar que todo estuviera en orden y me encabecé al café donde habíamos quedado.

El café era un lugar pequeño que no todo el mundo conocía, esa la razón principal por la que simple íbamos, era todo de madera con unas cuantas fotos de paisajes en las paredes de alado, la caja había unas cuantas flores de colores, aportando un poco de color al lugar. Al entrar busqué con mi mirada por todo el lugar para averiguar si había llegado antes, pero no vi rastro de ella. Inmediatamente sin ordenar nada me acomodé en la mesa donde siempre nos sentábamos, era una mesa para dos personas pegada a la ventana. Pasaron unos minutos y todavía no llegaba, después de una hora esperando me paré decidida y regresé a mi casa enviándole un mensaje con mis intenciones.

Pasaron unos días y no había escuchado nada de ella, no había contestado ningún mensaje que le mandaba y no aparecía en la escuela dejándome sola para almorzar. Así transcurrieron un par de días antes de que me empezara a preocupar pero no podía hacer mucho ya que todo lo que estaba en mi poder para hacer ya lo había hecho, eso era marcarle, enviarle mensajes, esperarla en la escuela y avisarle a mis padres. No podía ir a su casa, no podía ir a hablar con sus padres porque por alguna razón que desconocía no me había presentado a sus padres, siempre que nos veíamos era en algún lugar público, y cuando le quería presentar a mi familia ella siempre se negaba. La cuestión era que ella aunque fuera una de las personas más inteligentes y llenas de alegría que conocía, siempre era muy misteriosa, reservada, y no le gustaba comunicarse con nadie que no fuera yo, nunca me pareció extraño, ya que por mi lado aunque no era muy lista y casi nunca tenía una sonrisa en el rostro, era igual, tampoco hablo con la gente a menos que sea necesario, siempre creí que eso era lo que nos unía. Seguí buscando alguna huella que me pudiera indicar algo, lo suficiente para que mi cabeza pudiera dejar de dar vueltas por todos los escenarios que me cruzaran la mente. Los días pasaban y en los pasillos de la escuela miraba a todas partes dos veces esperando que llegara para que me pueda dar un poco de su optimismo que ahora tanto me faltaba; me presentaba todas las tardes después de la escuela en el café para ver si de casualidad ella estaría ahí; volteaba a ver cada coche, cada tienda, cada grupo de personas con la esperanza de que apareciera, pero nunca estaba en ningún lado, ni siquiera una señal que me indicara algo de ella o mínimo si estaba bien. Transcurrían los días y ella seguía sin aparecer y cada día que pasaba sin encontrarla me sentía aún peor, mi mente divagaba hacía recuerdos que ni siquiera sabía que existían y todos relacionados con rechazo, inseguridades, complejos, decepciones, desilusiones y fracasos que de una u otra manera habían marcado mi vida y no me había dado cuenta. Siempre al despertar esperaba aunque no lo demostrara, verla en la escuela porque aunque sabía que no tenia amigos, siempre podía contar con ella pero desde el día que desapareció, ya no había motivo ni siquiera de levantarse de la cama.

Mi alarma suena seis en punto como todas las mañanas y lo primero que recuerdo es el rostro fingido de mi madre la noche anterior al avisarme que no había rastro de mi mejor amiga. Ya hace un mes que mi mejor amiga desapareció y cada vez tengo menos ganas de hacer cualquier cosa, pero aun así me levanto, empezando otro largo día. Es hora del recreo y me dirijo a la cafetería para lograr agarrar una mesa en la esquina y no haya manera de que nadie me observe desde sus lugares. Una vez sentada, sacó el sándwich de jamón y queso que me prepare hoy en la mañana y mi botella de agua. Desde donde estoy, puedo distinguir las divisiones de la escuela y cómo es que un grupo no habla con el otro. Me pongo a pensar en cómo es que jamás lograré pertenecer a uno de esos grupos, nunca tendré tantas amigas que me quieran visitar, ni me podré agarrar el estómago del dolor por tanto reírme. Sin darme cuenta siento una lágrima caer por mi mejilla e inmediatamente me la quito con los nudillos de la mano, al mismo tiempo veo a una niña que parece tener mi edad con ojos grises y cabello rubio acercarse. Al estar frente a mí, me saluda y me menciona que ella y sus amigas que al mismo tiempo señala me habían visto comiendo sola y me pregunta si quisiera sentarme con ellas a lo cual asentí un poco incómoda. Unos segundos después, me encuentro en una de las mesas del centro alrededor de un grupo de cinco niñas donde todas se voltean a mí y me empiezan a contar cosas extrañas pero al mismo tiempo divertidas como si hubiéramos sido amigas desde años. Sin darme cuenta una sonrisa se dibuja en mi boca y aunque es una sensación extremadamente extraña, me siento como si no tuviera una preocupación en la vida, como si hubiera finalmente encontrado mi lugar en este retorcido mundo. En ese momento es cuando me di cuenta que mi mente había jugado conmigo, había cambiado todo lo que soy por lo que nunca había sido, aprovechándose de mis momentos de debilidad. Ahí fue cuando me di cuenta que ella nunca existió, siempre fue un reflejo de lo que nunca fui yo.

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