Kongo Bongo y sus aventuras

Por: MS

Había una vez un cachorro callejero de 3 meses de edad. Estaba buscando comida en un basurero, cuando la familia Saidman estaba caminando por ahí después de la clase de piano de Andrea, su hermano Gabriel gritó: “¡miren al cachorro!”. Andrea lo miró y le preguntó a su mamá si lo podían acariciar, la mamá les dijo: lo pueden acariciar pero con mucho cuidado, que no los muerda, recuerden que primero le acercan su palma de la mano para que los huela y tome confianza. Los niños estuvieron mucho tiempo con el cachorro, la mamá dijo: ya nos tenemos que ir, Andrea contestó: pobrecito está a punto de llover y va a pasar frío por la noche, Gabriel preguntó: ¿Nos lo podemos llevar sólo por hoy a la casa?. La mamá sorprendida contestó: sí pero mañana lo voy a llevar a un albergue. Los niños se voltearon a ver emocionados, aunque les daba tristeza pensar que sólo iban a estar con el cachorro un día.

En la casa de la familia los niños le pusieron al cachorro Kongo. Andrea y Gabriel estuvieron toda la tarde jugando con él, hasta que de repente Gabriel se dio cuenta que Kongo se había hecho popó en la cama de Andrea, fue corriendo por su mamá porque su hermana estaba llorando ya que justo eran sus sábanas favoritas; la mamá le dijo a Andrea: tranquila, las sábanas se lavan y asunto resuelto, pero vean que Kongo es un cachorro y requiere muchos cuidados y entrenamiento.
A la hora de ir a dormir Andrea hizo un berrinche porque ella decía que no podía dormir en una cama en donde un perro se hizo popo. De acuerdo, dijo la mamá, si no quieres dormir en tu cama vas a tener que dormir en el piso; Andrea grito ¡Pero mamá!. La mamá le dijo: ¿te parece correcto gritarme?, y Andrea contestó, ¡perdón! y se metió a su cama. Andrea entendió que Kongo iba a hacer muchas cosas que no le iban a gustar, pero ella lo iba a seguir queriendo.

Al día siguiente los niños se despertaron y fueron corriendo hacia su mamá antes de que se vaya al albergue con Kongo, Andrea gritó, ¡no te lo lleves, es muy bonito!, la mamá dijo, no lo vamos a adoptar, Gabriel enojado dijo: no es justo, Kongo se merece una familia que lo quiera y nosotros te prometemos que lo vamos a cuidar, por favor ¿nos lo podemos quedar? La mamá contestó, se lo podían quedar pero a la primera que alguno de los dos haga un berrinche porque Kongo hizo algo, lo llevaría inmediatamente a un albergue.
La familia se quedó con Kongo, ya que era muy tierno, tenía los ojos claros, era todo peludito, blanco, juguetón y sobre todo muy cariñoso.

Al día siguiente la familia lo llevó al veterinario, él les dijo que no tenía ninguna enfermedad y le puso las vacunas que necesitaba, también les dijo, cuando lo tendrían que traer para sus siguientes vacunas. Andrea con mucha inquietud le preguntó al veterinario: ¿Qué croquetas le tenemos que dar? ¿Cuántas veces le damos de comer al día? ¿Cuándo lo vamos a poder sacar a pasear? ¿Qué correa le tenemos que comprar?. El veterinario le dijo que no se preocupara porque en la hoja que les había dado estaban todas las indicaciones necesarias.

A la semana que Kongo llegó, los niños estaban felices pero al mismo tiempo no, porque tenían muchas responsabilidades. Siempre que le tocaba a Andrea limpiar su popó o sacarlo al parque se quejaba, a diferencia de Gabriel que más bien le encantaba sacar a pasear a Kongo, los niños se encariñaron muchísimo, hasta le decían Kongo Bongo.

Los niños aprendieron que tener un perro no solo era diversión, también era una responsabilidad.

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