En busca de mi verdadero hogar

Por: Rosa blanca

Hola soy Dalila, una perrita de 5 años, labrador combinada con Golden, y hoy les voy a contar mi historia: Todo comienza cuando nací, un oficial llamado Henry me rescató de la perrera pero no me podía cuidar, así que me llevó con una chica, ella ahora es mi dueña. Cuando vino a adoptarme yo estaba muy feliz, pero a la vez preocupada, no sabía quién iba a ser o cómo iba a ser, pero cuando llegó supe que era la indicada, creo que se llama Leah, ¿O era Lia? . . . pero bueno, le voy a decir Leah. Era muy buena y cariñosa conmigo y siempre jugábamos y veíamos la tele juntas, a veces íbamos a pasear al parque y ahí hacía muchos amigos, a mí me gustaba más cuando jugábamos solas. Así, pasaron dos meses y Leah conoció un amigo, Abraham; cuando él llegaba veía que mi dueña actuaba raro, como si estuviera borracha, pasaban horas juntos y salían no sé a dónde, pero para cuando me dí cuenta la casa era un lío, había regalos por todas partes y hubo una gran fiesta… Leah y Abraham ¡¡se casaban!! (y no me invitaron a la boda). Desde que Abraham llegó a la casa Leah ya no era la de antes, ya no me dejaba subirme a los sillones, ni dormirme con ella en su cama, siento que Abraham no me quiere, él nunca me rasca ni me lleva a pasear. Un día le dijeron a un señor que tenía muchos perros que me llevara a pasear, así ocurrió muchas veces, Leah ya no tenía tiempo para mi, hasta que me harté. Intenté desmostrarle a Leah mi malestar, pero no me hizo caso, así que cuando el señor nos soltó en el parque yo me escapé. Intenté acordarme del camino para regresar a casa y me fui por el que más me convenció, en el trayecto vi un perro

guapísimo, me olvidé de casa y Leah y lo seguí . . . cuando me di cuenta estaba perdida, no sabía a dónde ir y para colmo, tenía mucha, pero mucha hambre ¡¡ayy! cuánto deseaba comerme un plato de croquetas. Entre el hambre y mi preocupación, me olvidé de aquel guapísimo perro, no sabía qué hacer así que sólo caminé. De repente encontré un campamento, había visto a Abraham con ese uniforme, así que me sentí confiada y fui hacia allá y ¡encontré algo maravilloso! un rico y suculento pedazo de carne . . . ¡¡hacía tanto que no comía tan bien!! me la comí casi toda. Cuando decidí irme del campamento me encontré a Henry, el policía que me dio en adopción; me quiso llevar a casa pero no podía dejar su puesto de vigilante ya que el campamento terminaba en tres meses, así que me adoptó y me cuidó, me dio de comer y conocí a un amigo, un perro parecido a un husky, pero más grande. Estaba siempre en una jaula, pero igual jugué con él, no tenía nombre así que le llamé “The big husky”, o para los amigos biggy.
Pasó mucho tiempo y Biggy creció más, mucho más, hasta que un día
era del tamaño de un lobo, entonces entendí que no era un perro como yo, ¡era un lobo! es por eso que estaba encerrado en una jaula… a pesar de esto yo me divertía mucho con él.
Una tarde recordé mi casa ¿Y si Leah me había remplazado? o ¿Si se había cambiado de ciudad? confiaba en que Henry me llevaría de vuelta así que no tenía que estar nerviosa.
Transcurrió el último mes y me alistaba para reencontrarme con mi familia, lamentablemente mis miedos se habían hecho realidad, pues Leah ya no vivía donde antes. Henry buscó a Leah y le dijo que me había encontrado, Leah le dijo dónde vivía y Henry me llevó, fue un largo camino, pero cuando llegamos Leah se emocionó muchísimo.
Una vez en casa pensé que las cosas serían como antes de que huyera pero me percaté de la presencia de alguien más, una cosa rara

a la que le prestaban mucha atención, no sabía qué era, tenía un olor especial que me daba náuseas. Observé que le cubrían con una cobija calientita y su cochecito estaba en el lugar donde estaba mi cama, me sentía mal, como si me habían reemplazado, por más que tratara me caía mal, esa cosa era fea y estaba arrugada y me daba asco, fue creciendo y luego me di cuenta que era como una persona chiquita.
Al principio fue difícil aceptar su presencia, pero al final me acostumbré, aunque extrañaba a Biggy, los meses pasaron muy pronto y ahora juego con el humanito, se llama Isaac . . . ¡me encanta mi familia! Ahora Abraham me quiere mucho y yo también lo quiero, Leah está embarazada y no juega mucho conmigo porque su enorme panza le estorba. Ahora todos vamos a pasear como una familia, jugamos con la pelota: la lanzan muy lejos y yo corro a buscarla, regreso, me la quitan y la vuelven a lanzar. En ocasiones cuando regreso con la pelota en el hocico, observo a mi familia y confirmo que este es mi verdadero hogar.

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