El tesoro oscuro de la isla perdida

Por: Güera

Juan y Mía eran dos hermanos que se querían mucho y vivían en una casa en un viejo pueblo. Juan y Mía eran muy curiosos y su mamá siempre les contaba una historia antes de dormir.
Una mañana cuando despertaron y se fueron a la escuela, su maestra les contó un mito sobre la Isla perdida y pobre que se encontraba en medio del mar. En esa isla había un tesoro oscuro que podría salvar a la isla de su pobreza. Juan y Mía como eran muy curiosos, decidieron viajar hasta la Isla perdida y pobre. Cuando llegaron se encontraron con un señor que se llamaba Erik. Juan le preguntó a Erik que si sabía sobre el tesoro oscuro que había en la isla y le contestó que sí y que ese tesoro era el mayor tesoro de la isla.
¬–Pero ten cuidado, que ese tesoro es oscuro y hay que pasar ciertos retos para poder alcanzar el tesoro que salvará a la isla perdida de su pobreza. Muchos han tratado sin lograrlo,– le advirtió Erik.
Juan y Mía pusieron el viaje en marcha y escalaron montañas, atravesaron ríos y cuando llegaron allí se dieron cuenta que su viaje no iba hacer nada fácil porque su primer reto era luchar con leones. Fue muy difícil, pero avanzaron y el segundo reto fue atravesar una laguna llena de cocodrilos muy hambrientos. Fue todavía más difícil, pero Juan y Mía no se rindieron. Después tenían que avanzar a su tercer reto, que era hacer un puente para pasar al otro lado. Mía le dijo a Juan que consiguiera hojas, ramas y madera, y enseguida Mía empezó a trenzar como le había enseñado su mamá y a poner la madera poco a poco en el puente como le había enseñado su papá. Juan seguía recolectando madera ramas y hojas, y a Mía ya no le faltaba mucho para terminar. Cuando Mía terminó, caminaron lentamente sobre el puente que habían hecho y aliviados suspiraron: “Ahh, por fin pasamos el puente”. Tomaron agua y siguieron el viaje.
El quinto reto era nadar en un río con una corriente muy fuerte y para pasar al otro lado de la Isla agarraron el tronco de un árbol caído, le hicieron dos hoyos, tomaron una cuerda, la amararon a un árbol y empezaron a bajar poco a poco. Cuando Juan llegó abajo, Mía subió el tronco. Mía era la próxima, se puso en marcha y fue bajando poco a poco. Cuando llegó abajo pusieron el tronco en el agua, se subieron y dejaron que la corriente los llevara. Saltaron rápidamente del tronco y se pusieron a caminar. De repente encontraron dos pozos de agua, una cueva y un río lleno de peces frescos para comer. Mía le dijo a Juan que descansaran y Juan aceptó. Mía fue a buscar ramas para la fogata mientras que Juan pescaba unos pescados frescos. Juan agarró dos piedras, las frotó y prendió la fogata. Cocinaron los pescados y los comieron muy a gusto. Llenaron sus botellas con agua y siguieron su viaje.
Su sexto reto era pasar por rocas rodantes. Juan ya sabía como hacerlo y le explicó a Mía. Empezaron a esquivar las rocas y cuando llegaron hasta el final, siguieron caminando y subieron montañas, atravesaron ríos, y llegaron a un mercado lleno de comida, joyas y alfombras. Pasaron cuidadosamente a buscar comida y de repente, en un puesto, debajo de muchas cosas viejas, vieron un mapa que decía “El Tesoro Oscuro”. Con dos monedas lo compraron y se dieron cuenta que todavía les faltaba mucho para llegar. Compraron comida y guardaron un poco para el resto del viaje. Se pusieron en marcha y después de un tiempo estaban muy cansados, por lo que pararon en el camino y se durmieron.
En la mañana cuando se despertaron se fueron directo a la montaña más alta porque el mapa decía que allí probablemente estaría el tesoro. Se pusieron a escalar y cuando llegaron arriba muy cansados tomaron agua y buscaron en el mapa. Se fueron hacia la izquierda, pero vieron que no era seguro porque había una cueva de un oso. Cuidadosamente entraron a la cueva sin despertar al oso, de puntitas y casi sin respirar. Mía vio una llave debajo de la garra del oso y temblando de miedo y susurrando trató de tomarla. El oso se despertó y empezó a rugir. Juan y Mía estaban temblando de miedo. Juan distrajo al oso mientras Mía se encargaba de agarrar la llave. Cuando la agarró, le gritó a Juan que saliera rápidamente. Juan sacó su linterna y la aventó hasta adentro, salió corriendo y junto con Mía siguieron su camino.
De pronto llegaron justo a donde estaba el tesoro. Mía bajó la cabeza y vio un tache ahí mismo. Se pusieron a cavar y cuando terminaron encontraron una caja. La abrieron con la llave y encontraron un rubí grande, brillante y hermoso. Se preguntaron qué podía ser eso, pero en el mapa descifraron que lo tenían que llevar y ponerlo ahí en el ojo de la montaña más alta de la Isla perdida, donde brillaría más que ninguna estrella. Subieron la montaña con mucho esfuerzo y ahí colocaron el rubí. Así, gracias a ellos, la Isla tenía un brillo propio y se veía desde cualquier punto y distancia a través del mar. También, dejó de ser la Isla pobre porque gracias al rubí sus habitantes tuvieron todo lo que necesitaban y todos estaban muy agradecidos.

De repente sonó un ruido, ti ti ti. La alarma sonó y Mía y Juan abrieron los ojos y despertaron. No podían creer que todo había sido un sueño.
Se asomaron a la ventana y ahí, a lo lejos, brillaba un destello rojo. Se voltearon a ver uno al otro y sonrieron.

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