De repente sus ojos son morados

De repente iba conduciendo con mi amiga Eli, la regresaba a su casa después del trabajo cuando vimos una pelea callejera. Ella se puso un poco nerviosa porque la persona que estaba venciendo tenía los ojos morados. La sorpresa fue que en un instante los propios ojos de Eli se pusieron morados como los de aquéllos que se estaban peleando. Salió del coche sin que me diera cuenta y cuando me bajé para buscarla era demasiado tarde.

Mi amiga Eli ya solamente era un cadáver. Seguí conduciendo con mucho espanto por la ciudad, no quería procesar lo que estaba pasando, era un desastre, había coches destrozados, ardiendo en fuego y gente suicida por el camino.
Cuando me tranquilicé y logré procesar lo que estaba pasando, huí hacia una
gigantesca casa, aunque no se le podría decir mansión. Por suerte un coche estaba estrellado frente a la puerta y así es como logré entrar. Había dos hombres, uno raro y distraído llamado Bob, otro muy atento y malhumorado llamado Mario. También estaba una mujer que sorprendentemente se parecía mucho a mí, se llamaba Fanny. Platicamos un rato. Mario realizó unas investigaciones sobre los suicidas de ojos morados y se dio cuenta de que la gente que hacía contacto visual con ellos se volvía igual a ellos. “Sus ojos se vuelven morados y de repente les dan ganas de cometer suicidio”. Cuando escuchamos esto desde lo profundo le la boca de Mario, nos
quedamos paralizados. Decidimos cubrir todas las ventanas con periódico y cartón para no mirar hacia fuera. Cuando empezamos a llevarlo a cabo escuchamos el sonido de la puerta y oímos un grito que clamaba: “¡Déjenos entrar por favor, necesitamos de su ayuda!”. Tomé la escopeta que Mario siempre llevaba en sus 2 manos y apunté hacia la puerta por si nos querían atacar. Fanny abrió la puerta y por suerte se trataba de una mujer con dos hijos. Revisamos que estuvieran bien y los dejamos pasar. Su nombre era Ariela y sus hijos gemelos de aproximadamente un año se llamaban Max y Lucía. Les explicamos el plan y lo que estaba pasando, empezamos a llevar a cabo la cubierta de ventanas, buscamos por toda la casa periódicos y cartón, lo cubrimos todo. Cuando estuvimos cubiertos nos sentimos muy
seguros, pero después de unos días nos enfrentamos con un muy difícil reto:
conseguir comida. A Ariela se le ocurrió ir al supermercado que estaba a cinco cuadras de la casa, pero Max murmuró con voz chillona: “Máma, el auto tiene cristales y podremos ver lo que hay afuera”. Cuando oí eso me di cuenta de que Max puso mucha atención a las indicaciones que le dimos cuando llegó, tenía razón, así que decidimos colocar periódico y cartón en los cristales del coche para no poder ver el mundo exterior. No podíamos conducir gracias al periódico que colocamos, así que nos guiamos por una aplicación llamada Mapas, y los sensores del coche nos ayudaran para no chocar con otros coches inmóviles o con cadáveres humanos. A
todos nos pareció buena idea. Cuando llegamos al supermercado, nos pusimos las vendas en los ojos para ir a la entrada principal. Me retiré la venda para ver si era seguro, le avisé a los demás que sí se podían quitar la venda y empezamos a sacar medicinas y comida. Estábamos muy alegres porque conseguimos nuestro objetivo.
Cuando pensábamos irnos de regreso a la casa escuchamos un pequeño grito que decía: “¡Por favor, sáquenme de aquí, se los ruego!”. Fanny pudo descifrar que el grito venía de un pequeño clóset en la esquina del supermercado y cuando abrimos, con la escopeta en la mano, un sujeto sustrajo a Bob y de repente la puerta no se podía abrir. Después de cinco minutos logramos abrirla, aunque fue con golpes y disparos.
Lo único que encontramos fue el cadáver de Bob con los ojos cerrados, pero por 3 detrás de sus pestañas se podía observar un pequeño resplandor morado. Todos muy temblorosos y asustados nos fuimos inmediatamente de regreso a la casa, sin olvidar las medicinas y alimentos. Por suerte no tuvimos ningún obstáculo en el regreso, pero cada vez que regresamos al supermercado alguien acababa muriendo por la misma razón. Esto parecía un ciclo eterno, no podíamos dejar de ir por suministros. Sólo
quedamos Max, Ariela y yo. Me tenía que encargar de ellos, era un reto muy difícil. Cuando regresamos a la casa encontré una radio en el sofá donde dormía Mario y a mitad de la noche empecé a escuchar a alguien hablar y dije: “¿Max, Ariela?”, pero no, era la radio y me indicaba que tenía que ir al Aeropuerto de Murales, que se encontraba al otro lado de la ciudad. Me dio mucho miedo, dejé la radio en un rincón de la casa, pero siempre que la oía decía lo mismo. Pasaron días y semanas hasta que ya no teníamos comida, nos quedaba poco tiempo de vida, así que decidí apuntar todo lo que la radio me decía. Indicaba que debía de ir hacia el Aeropuerto de Murales
y tomar la avioneta roja, en la cual encontraríamos una guía para manejarla y un mapa que me llevaría a la cruz, que sería un refugio hasta que acabara la tragedia. Me convencieron y lo quise llevar a cabo, así que conduje hasta el aeropuerto. Ariela encontró la avioneta, parecía que había desarrollado una nueva habilidad para visualizar con los ojos vendados, así que gritó “¡Mamá! ¡Mamá! encontré la avioneta roja”, se me hizo raro porque yo no era su mamá. Nos subimos a la avioneta y sí, encontramos el mapa y la guía. Miré la guía unos cuantos minutos y me llené de valor, empecé a conducir la avioneta. El mapa nos dirigía a un pueblo llamado Riverdale, a unas cuantas horas de ahí. Al principio estaba muy nervioso porque sentía que la avioneta se iba a venir abajo, de hecho unas cuantas veces estuvimos a punto de hacerlo, pero por suerte no nos pasó nada.
En el camino, Max y Ariela vomitaron varias veces ya que era su primer vuelo y además con una piloto inexperta. Cuando estábamos a punto de llegar me di cuenta de que había un monte muy cerca y ya no me daba tiempo de subir, así que tuve que aterrizar de emergencia. Ahí hallamos un gigante parque para ciegos, me di cuenta de que no traíamos nuestras vendas, pero me arriesgué. Unos jóvenes tomaron a mis nuevos hijos y se los llevaron al parque. Volteé un segundo y vi unas alucinaciones, se trataba del señor que se llevó a Bob viniendo detrás de mí, de pronto me dieron ganas de suicidarme. Todo era muy rápido y en unos pocos segundos Max y Ariela
ya no estaban con su supuesta nueva mamá, la que era yo. Escuché a lo lejos a mis hijos riendo y jugando en su nuevo hogar, tranquilos y con nuevos amigos, sin ningún peligro. Estaban en un parque de ciegos donde nadie sufría. No podían ver nada de lo que me mató. Mis hijos siguieron con la venda para poder sentirse como nuevos niños y aprender a ser felices con un sentido menos.

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