Los animales de Juan

Por: Sullivan

Érase una vez un niño llamado Juan que vivía en una ciudad de Singapur. Amaba jugar. Jugaba con carritos, dinosaurios y hasta con canicas.

Casi siempre jugaba solo porque sus padres trabajaban mucho. A veces no le hacían de comer, así que Juan se hacía su propia comida. Veía mucha tele solo y aunque él hubiera queriso pasar tiempo con sus papás no era posible.

Un día, algo inesperado pasó. Sus papás le dijeron:
¬–Vamos al zoológico.
Juan se había sentido más feliz que nunca, parecía un sueño hecho realidad, llegaron al zoológico y Juan se preguntaba qué animales vivían en ese lugar. Cuando por fin entró, vio panteras, pandas, zorros y hasta focas. Se quedó sorprendido hasta que vio una jaula con siete animales muy tristes. Los animales eran un león, un jaguar, un oso, una serpiente, un elefante, una araña y un pingüino.

Juan le dijo a su papá:
–¿Podemos tenerlos?
Sus padres sorprendidos ante tal petición le respondieron:
–No lo sabemos, algunos de estos animales son muy salvajes.

Juan insistió mucho, fue tanto lo que suplicó que fueron a preguntar al administrador del zoológico si podían comprar a los animales. Juan creyó que con su compañía las cosas cambiarían.

El administrador después de una larga explicación y de cuestionarles si estaban seguros de lo que implicaba algo así, aceptó, pero el precio sería muy alto.

Después de firmar decenas de papeles, contratos, promesas y responsabilidades sobre los animales y su cuidado, después de dos horas y media, llegaron a la casa y Juan estaba feliz, aunque nervioso y ansioso por jugar y hacer cosas nuevas con sus nuevos amigos. Ya no se sentiría solo nunca.

Juan jugaba con ellos durante horas, todos los días. Así pasaron semanas, meses, años con sus animales, él siempre dándoles cariño y cuidándolos. Juan era muy creativo y amaba hacer cosas nuevas con sus animales cada día.

Un día llegó la boleta del colegio y Juan había reprobado la materia de ciencias naturales. Se lo explicó a sus padres, les dijo que reprobó porque siempre pensaba en cosas nuevas para jugar con sus animales.
Su papás le dijeron que estaba bien, porque eso es tener una mente increíble, Entonces le preguntaron:
—¿Qué has pensado?
Juan les contestó les resumió lo que había pensado hacer con sus animales. Después de eso, sus padres se pusieron a jugar con Juan, sorprendidos por las buenas ideas que él tenía.

Años después, Juan por fin llegó a la secundaria. Ya no jugaba con carritos ni canicas, pero tampoco con sus animales. Ahora solo le interesaba su teléfono y no se despegaba de él ni un instante. Ya no le hacía caso a los animales, ni los cuidaba.

Un día sus papás le dijeron que devolverían a los animales al zoológico. Juan se enojó pero no hizo nada.

Los padres sacaron a los animales de la casa para que se fueran, pero cuál fue su sorpresa cuando los animales se quedaron en el jardín días y días, comiendo sólo hojas de los árboles y bebiendo el agua de la lluvia.

Juan los miraba de vez en cuando, hasta que un día entendió que los animales son seres vivos, que lo querían y extrañaban sus cuidados y los juegos que hacían.

Juan reflexionó, entendió que tenemos que valorar la vida y no estando frente a una pantalla todo el día, sino dándole valor a las personas y no a los aparatos.

Fue por los animales, les dio de comer y se puso a jugar con ellos.
Nada sustituye el cariño y la diversión cuando estamos con amigos de verdad. Juan se sentía un nuevo hombre y pasó feliz su vida.

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