Ese balcón

Por: Nahuel Mendez

Me paré en el balcón del piso 18 del edificio en donde vivo. Lo hice. Me aventé de ese balcón que me vio hacer una familia. Ese balcón que se encargó de que yo tuviera cómo poder ver hacia delante siempre y saber que algo mejor venía. Ese balcón por el que el pájaro de la familia, que me dieron mis primos de regalo de bodas se escapó. El balcón en el que hacíamos asados con toda la familia dos veces al año.

Decidí tirarme de ese balcón hace mucho tiempo, pero apenas hoy, lunes 26 de agosto de 2019, tuve los pantalones para poder hacerlo. Me aventé porque no disfrutaba de mi vida. No disfrutaba el tener que ir a trabajar de 9 de la mañana a 5 de la tarde todos los días. No disfrutaba las peleas frecuentes con mi esposa. Odiaba mi relación con mi familia, en especial con mi hermano mayor. Sufría pensando que mi esposa era infértil, y nunca iba a poder tener un hijo propio. Lo único que me causaba felicidad y que podía disfrutar realmente, era ver todos los fines de semana el futbol con mis amigos.

Finalmente, lo hice. Me aventé del balcón. Mientras caía vi algo que me hizo arrepentirme por el resto de mi vida, unos cuantos segundos. Lo que más quería en la vida se cumplió. Pero se cumplió mientras yo estaba a un par de segundos de morir. Vi a mi mujer con una sonrisa enorme en la cara, una cartulina dibujada en la mano izquierda y en la mano derecha, un ultrasonido.

Me arrepentí. Tuve que haber pensado las cosas más de dos veces sin duda alguna, pero vi ese balcón. Ese balcón, que desde que me mudé con mi esposa al penthouse de ese edificio me tentaba. En el momento en el que vi a mi mujer con el ultrasonido en la mano supe que lo último que habré hecho en la vida fue una más de mis decisiones precipitadas. Aún peor, dejo a mi mujer pensando que fue su culpa. Ella sabía que mi sueño de toda la vida era ser papá, pero mi amor por ella le puso pausa a todo esto. Mas nunca dejé de quererlo y rezar porque ella se embarazara a diario.

Intenté no pensar en lo vivido. Pensar en la primera vez que fui a un estadio de fútbol. Cuando nació mi sobrino. Cuando la conocí. Sin embargo, todo eso ya eran experiencias, ya nadie podía hacer nada al respecto. Nada, ni nadie. Pero yo seguía cayendo. A una velocidad impresionante. Y en el momento en el que estaba pasando por el piso 4, me volteó a ver.

Parecía que el tiempo no avanzaba, y me aseguro que para ella fue peor. Lo único que escuchaba era la voz de mi mamá, diciéndome que todo iba a estar bien. La persona que se preocupó por mí a diario y se encargó que nunca me faltara nada. Ya iba a estar con ella en unos momentos a su lado. La extrañaba mucho. Sé que mi familia también. No fue fácil para nadie cuando la perdimos. Sé que a mí también me van a extrañar. Aunque aquí, no me toca ver por los demás. Por primera vez me toca ver por mí, y yo ya no quiero estar aquí.

Me acerqué al piso y ya sólo veía a mi bebé, creciendo sin un padre que lo cuide. Por suerte yo no tuve que vivir esa experiencia. Yo viví con un papá muy presente durante toda mi vida, pero no fue un papá al que yo apreciara como hubiera deseado. Mi papá siempre tuvo un favorito, y evidentemente era mi hermano. Yo era el que estaba demás. El que siempre daba comentarios equivocados. El que sin importar cuánto me esforzara, nunca lo sorprendía, ni lo asombraba. Hubiera querido que mi papá me amara por igual que a mi hermano.

Por fin, sentía el piso a unos pocos centímetros de mí. Se me nubla absolutamente la mirada. Fue un momento en el que todo el mundo se frenó y yo sentía paz. Por primera vez desde que entré a la primaria, sentí paz. Mi alma se desconectó de mi cuerpo y subió un poco. Fue como ver mi cuerpo tocar el piso. Entonces, caí.

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