La caja secreta

Por: La caja secreta

No podía dejar de cuestionarse, lo que había hecho era completamente imperdonable. Tras largas horas de pensar e intentar razonar, había llegado a una conclusión, que se bifurcaba en dos opciones, completamente opuestas. Estaba parado sobre la orilla del puente más alto de la ciudad, intentando descifrar si lo mejor era dar un paso hacia el frente, o hacia atrás. ¿Qué hacer? ¿Cómo decidir?

Años atrás, José había descubierto la verdadera razón de su familia, huyó de casa con millones de ideas en mente, sin embargo no lograba organizarlas; se sentía perdido, confundido, y con cierta responsabilidad de confrontar lo que parecía imposible.

José tenía 19 años, había vivido con la familia Gómez desde que apenas recordaba. Tenía 3 hermanas, pelirrojas, altas y pecosas; pero él era castaño y de piel morena, nunca se había cuestionado lo suficiente de su apariencia a comparación de la de sus hermanas mayores, hasta el día que abrió la caja prohibida. Una caja en forma de baúl, de madera oscura y extremadamente pulida. Nunca antes se había dignado a siquiera preguntar lo que contenía, sus padres la mantenían en el ático de la casa, oculta junto con los antiguos archivos del abuelo, a quien jamás conoció.

Siempre había querido esculcar entre las cosas misteriosas del ático, su único problema era la enorme cerradura que contenía la gran puerta que bloqueaba todos los secretos de la familia. José era un joven difícil de confiar, su mejor amigo Jim, el más leal de todos; quizás por ser un perro, José le tenía tanta confianza…todos sus secretos, ideas, historias, se las comentaba a Jim, como un diario vivo, personal y secreto.

El día en que sus padres Roberto y Karen salieron de viaje, tras haber ahorrado por más de quince años, y el mismo día que las tres hermanas asistieron al evento femenil de servicio comunitario, José aprovechó para realizar todo lo que nunca se había atrevido a hacer. Empezó por ir a buscar la llave del ático, una vez que abrió la puerta, comenzó a buscar.

Pasó horas estudiando cada documento y archivo. Todo parecía normal: certificados de nacimiento, sellos de matrimonio y papeles legales. Hasta que se dio cuenta de que ninguno de los múltiples documentos contenía su nombre, ninguno. Al principio imaginó que estarían en otro lugar, todos juntos y ordenados, como debía de ser; luego se angustió por la posible idea de que quizás no existieran.

Continuó buscando hasta que se rindió, llevaba seis horas buscando y leyendo documentos, sin comer ni beber agua. Jim estaba en la entrada de la casa, alerta por si alguien se acercaba, y esperando pacientemente a que su mejor amigo resolviera todas sus dudas posibles. José estaba harto y cansado, el ático estaba oscuro y empolvado, todo parecía una inútil búsqueda, hasta que algo en la última repisa le llamó la atención. Era una caja.

Se acercó cautelosamente, intentando no tropezar con todas las carpetas tiradas en el piso, tomó la caja con cuidado y se dio cuenta de que era muy ligera. Reflexionó, pues no entendía cómo podía ser tan ligera si estaba hecha de madera gruesa, tallada y barnizada, y su tamaño hacía pensar lo contrario. La llevó hasta su habitación, donde la pudo analizar con mejor luz y espacio vital. Estaba tan concentrado inspeccionando cada centímetro de la misteriosa caja, que perdió la noción del tiempo, y la noche empezó a caer.

Analizó la vieja cerradura de la misteriosa caja y buscó llaves a su alrededor; muchas parecían embonar pero no abrían la caja. Desesperado y exhausto, se echó en su cama, y de pronto comenzó a soñar… se encontraba en un campo de flores, un aire fresco y ligero lo rodeaba, y se encontraba con Jim. Estaba dando un paseo, cuando a lo lejos una pareja se acercaba, contenían una canasta y parecía estar repleta de telas y cobijas. José se acercó a ellos, pero parecían no notar su presencia, y siguieron caminando. Sus rostros le llamaron la atención a José; Jim, a su lado, parecía muy intranquilo y comenzó a ladrar. Eso fue lo que hizo pensar a José que no era más que una ilusión.

José, se sobresaltó y no supo qué hacer, ¿qué era real?, ¿Cómo había sucedido eso? No comprendía nada, hasta que la pareja dejó la gran canasta sobre la fina hierba, y comenzaron a desenvolver las telas. José asombrado y desesperado, se acercó; al fondo de la canasta observó una caja, de madera tallada, que contenía una cerradura y parecía difícil de abrir.

Al acercarse lo suficiente, por fin lo notó: eran Roberto y Karen, sus padres. Ellos sacaban una llave y la colocaban en la cerradura de la misteriosa caja, iban a abrirla cuando de repente despertó, era su hermana Margaret quien había regresado temprano de la fiesta, y quería entender el desastre que José había ocasionado en la casa. Jim no había logrado despertar a tiempo a su amigo, pues su sueño parecía ser muy profundo.

Margaret comenzó a cuestionarlo y José no supo qué hacer. Intentó explicarle todo pero no funcionó, ella simplemente no lo escuchaba. José le pidió que lo dejase dormir para continuar su sueño, pero Margaret se rehusaba a dejarlo descansar, mientras todos los archivos del ático estaban desordenados y tirados. Margaret obligó a su hermano a recoger los papeles, y José prefirió hacerle caso, a meterse en problemas. Empezó a ordenar las carpetas y archivos, cuando vio una cobija que se le hacía conocida, era la de su sueño, la que cubría la misteriosa caja dentro de la canasta, pero la voz de Margaret interrumpió sus pensamientos y siguió recogiendo.

Cada minuto que pasaba, cada detalle que se le olvidaba de su sueño, José quería soñar, necesitaba respuestas. Finalmente, terminó de ordenar todo y Margaret cerró con llave el ático; lo que no sabía era que la caja secreta seguía en la habitación de su hermano. Ella cansada de su gran día, se echó a dormir. José aprovechó para continuar soñando, pero antes de quedarse dormido, Jim entró en su habitación con algo en la boca. Llevaba las llaves para abrir la cerradura de la caja de madera, la misma del sueño de José.

Abrió la caja sin pensarlo dos veces, pero sólo encontró una imagen antigua y un espejo. En la imagen estaba un hombre, idéntico a él mismo, y detrás de la imagen decía: “1928 – Mi primera vida, 19 años”. José estaba asombrado y salió de su casa rápidamente.

Media hora después se encontraba en el puente de la ciudad, intentando descifrar si lo mejor era dar un paso hacia el frente, o hacia atrás. Y el resto de la historia ya la conocen.

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