Bajando

Por: Tinta

Trabajo en un edificio ridículamente alto, tanto que tenerle miedo a las alturas es una causa de desempleo en la empresa que es dueña de la corporación. Normalmente me levanto de mi escritorio a las 5 p.m, que es la hora del cambio de turno, y voy a la terraza, que es un pequeño volado de cemento con barandales de vidrio que levita a 12,960 metros sobre el nivel terrestre. Fumo un cigarrillo para así reducir mis probabilidades de cruzar caminos F313 (debido a la cantidad de empleados, cada uno es identificado por el número de escritorio donde trabaja).

Es un tanto curioso pasar todo un día en un elevador, pues te toma 12 horas subir y otras 12 bajar, por lo que la corporación tiene una cantidad de empleados y de elevadores estratosférica, tantos de ambos que cada elevador funciona como un dormitorio con paredes de vidrio que mecánicamente reduce el sentimiento de vértigo al subir o bajar.

Aún puedo saborear el dejo de tabaco en mi boca cuando decido despejar mi mente y prepararme para el descenso. Tomo el elevador más cercano y me doy cuenta que he prendido más de un cigarrillo, el piso está repleto, pero por personas del nuevo turno, todos mis compañeros de trabajo están ya descendiendo por lo que me siento aliviado: “¡Elevador solo!”- pienso para mí mismo. Subo al elevador y efectivamente así es, estoy solo en él, me recuesto en una de las camas y las puertas se empiezan a cerrar lentamente. Cuando las puertas de metal están a punto de hacer contacto una con la otra, una delgada y huesuda mano detiene el curso de ellas para que se abran y así el dueño de la mano pueda introducirse al elevador.

F313 clava su mirada en mí, esperando a obtener una respuesta o siquiera un saludo a su estimulante inspección visual, no la obtiene. Mi molestia hacia él es clara, pero no estoy seguro si él la llega a percibir, y si sí, de seguro desconoce su origen. Decido que no vale la pena estar consciente en este largo camino y menos por mi compañía así que me tomo dos tabletas de melatonina que normalmente me hacen caer como tabla.

No sé cuánto tiempo habrá pasado cuando me despierto. Se me hace peculiar haberlo hecho antes de haber bajado por completo. Y noto que lo que me alarmó fue la maldita presencia de F313 y su molesto amor por seguir viviendo. Tal vez le regalo la próxima vez que lo vea unos cuantos metros de cuerda y un banquito, quizá un cuchilla de afeitar previamente afilada o una ronda de ruleta rusa con probabilidades de 6 de 6 de que la bala atraviese la piel de su cabeza, rompa su cráneo, despedace su cerebro.

Me he cruzado con mucha gente como él, normalmente se alejan después de un rato, pero F313 y su desgarrador sentido de existencia me lleva atormentado por más de lo normal. Intento concentrarme en algo que no sea su cercanía a mí, intento con todas mis fuerzas, pero simplemente el querer ignorarlo, resalta el hecho de que ahí está. Así que decido confrontarlo. Después de unos minutos de alteración, ira, enojo y posiblemente muchas maldiciones me contesta de manera insolente y soberbia mientras se recarga ligeramente en el vidrio del fondo: “¿Y?”. En ese momento relajo mi cuello y lo inclino hacia la derecha, oigo las vertebras de mi nuca tronar lenta y consecutivamente. Con decisión, lo empujo hacia el vidrio en el que se recargaba con toda la intención de que lo atraviese y caiga metros y metros y metros, hasta finalmente impactar contra una superficie. Su sangre se derramará y gotas de ella se escurrirán hacia todas las direcciones. Pienso en cómo los dos bajamos, sólo que uno baja más rápido que el otro, ambos entramos con vida del elevador, pero sólo uno podrá contar la historia de lo que pasó adentro. ¿Qué más da? Todavía tengo horas para disfrutar un silencio puro. Un silencio profundo, donde nadie mastica chicle con la boca abierta.

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