Encontrándome en el último momento

Por: RDM

Siempre me ha gustado ser fuerte ante lo que me depara en la vida; nunca me encontraran llorando o riendo, no necesito disfrutar de ninguna emoción o mostrar sufrimiento; al fin y al cabo, quiénes son las demás personas para consolarme si no saben quién soy yo. ¿Por qué alguien tendría que saber mis gustos o mis miedos?
No hay persona que me entienda, me critican por todo, si llego temprano, ¿por qué llegaste tan temprano?; si me retraso, ¿por qué tan tarde?, y si llego a tiempo, ¿qué no ves que no es bueno ser tan puntual?. Pero ahora ya no dependo de nadie; ahora con mis 20 años, puedo hacer lo que quiera, nada de personas tras de mí para hacerme preguntas tontas como “¿por qué nunca sonríes?”; si tengo problemas para hacer amigas, simple y sencillamente, es porque no lo necesito, no necesito sonreír, puedo ser alguien exitosa sin amigas y sin risas.
Pero no me di cuenta de que, por ser como soy, me perdí de disfrutar de las risas, el hermoso sentimiento de ser escuchado y apoyado; pero llegó la oportunidad en el último momento, y todo cambió…
Un martes por la mañana recibí una llamada telefónica; normalmente no respondía, pero ese día me encontraba de buen humor, así que decidí contestar; escuché la voz de mi mamá al otro lado de la línea.
– Estoy feliz de que hayas contestado; ya hace casi 4 meses que no escuchamos nada de ti, ¿cómo te ha ido?
-Perdón, he estado muy ocupada; estoy muy bien gracias a D-os, ¿y ustedes?, ¿cómo está Racheli?- contesté algo avergonzada por el tiempo transcurrido.
-Justo de ella te quería hablar. Es su bat mitzvá en dos semanas; ¿te interesa estar en la fiesta y alegrar un poco a tu hermana?; no te ha visto en 6 meses; si sigues así, puede que se olvide de que alguna vez tuvo una hermana.
Mi mamá era la única persona que me podía hacerme sentir culpable, así que decidí aceptar la invitación.
-Me da mucho gusto tu decisión; te esperamos, que tengas un increíble día, estamos en contacto- sin esperar respuesta, colgó el teléfono. No pude evitar que una pequeña sonrisa se dibujara en mi cara.
Llegó el gran día; me vestí para el cumpleaños, empaqué algunas cosas para pasar la noche y emprendí mi camino. Fueron tres largas horas. Me bajé del coche, y toqué el timbre. Una niña abrió la puerta y me dio un fuerte abrazo, me quedé paralizada, odiaba los abrazos, sentía como si alguien estuviera invadiendo mi espacio personal.
-Shulamit, ¡no puedo creer que vinieras!; no sabes cuánto te he extrañado, eres la mejor hermana del mundo.
Pude ver cómo se le salían lágrimas de la emoción al verme, pero aun así decidí ser fuerte, como siempre, y contesté con un seco gracias. Entré a la casa, la fiesta ya había comenzado. Me senté en una de las mesas más alejadas. Mi mamá se sentó a mi lado; la volteé a ver y me sonreía ampliamente.
-Que hayas venido hasta aquí me demuestra que todavía hay esperanza; solo quiero que sepas que todos te queremos mucho y que estaremos para ti en cualquier momento -tras decir esas palabras, se paró y fue a bailar con Racheli.
Intenté contenerme, pero por más esfuerzo que puse en ser fuerte, no logré evitar que una lágrima cayera. Subí a mi cuarto para que nadie me viera llorar, pero justo cuando pensaba que iba a estar sola, alguien entró, era papá, que sonreía como lo había hecho mamá.
– Hola, papi, solo subí a tomar algo…
-Mi querida hija, cuánto has crecido; siempre me ha impresionado tu fuerza, quiero que sepas que te queremos mucho -para esta vez, ya estaba preparada, le dirigí una pequeña sonrisa y regresé a la fiesta.
Cuando terminó, les dije:
– Gracias por todo, mañana salgo de aquí a las 7:30 porque tengo que llegar al trabajo. -y añadí dirigiéndome a Racheli- Muchas felicidades, mi pequeña hermana.
Racheli corrió hacia mí y me dio un abrazo de despedida. Mis padres no me abrazaron porque sabían cuánto odiaba eso.
En el camino de regreso, me empezó a doler terriblemente la cabeza; los dolores habían comenzado un año atrás, pero últimamente eran más frecuentes y fuertes. Quería parar, pero antes de poder hacerlo, ya había chocado.
Unas horas más tarde, desperté en el hospital. Mis papás y mi hermana estaban sentados en un sillón al lado de mi cama, diciendo tehilim. Me incorporé y mi familia me volteó a ver con un gran alivio.
– ¿Cómo te sientes?-me preguntó mi mamá- no te preocupes, con la ayuda de D-os todo va a estar bien, ¿ok?
No tenía fuerzas, así que solo asentí con la cabeza, el doctor llegó después de 15 minutos, me checó la presión y me trajo algo para que comiera; después se dirigió a mí con un tono mucho más serio.
– Señorita, tengo que decirle algo muy importante; no sé si querrá que su familia se quede o que esperen afuera.
Por primera vez decidí dejar que alguien más fuera parte de mi vida. El doctor siguió hablando:
– He checado tus estudios. El choque no te ha afectado; por suerte te encuentras perfectamente bien, fuera de un pequeñito detalle que cambiará tu vida por completo. Hemos descubierto que tienes “paracalesis forvidico”, lo que significa que, en menos de medio año vas a olvidar todo, es una enfermedad muy rara, se da un caso en un millón; aún no se ha encontrado la cura, pero con unos tratamientos, con suerte te quedan otros 3 años de vida normal.
Tardé un buen rato en captar lo que había dicho; no sabía cómo reaccionar. Mi hermana Racheli se acercó a mí y me abrazó, lo mismo hicieron mis papás.
En el hospital, tenía que compartir cuarto con otra persona. Entré a la habitación. Una joven como de mi edad, me dijo:
– Dime, ¿cómo te llamas? Yo soy Doli.
No tenía ganas de hablar con ella, pero de alguna forma Doli me hacía sentir muy a gusto, así que decidí intentar responder su pregunta:
-Soy Shulamit.
-Te ves un poco decaída, ¿qué tienes?
Doli había tocado mi punto débil, le respondí casi gritando:
-¿Que qué tengo? Bueno, no estaría en hospital si estuviera perfectamente bien, ¿no crees? Estoy a punto de perderlo todo.
Comencé a llorar sin control. Doli se acercó, me pasó una brazo por el cuello, se sentó conmigo en la cama y me dijo:
-No te preocupes, obviamente fue un error de mi parte haberte preguntado; nos espera un largo camino por delante, pero, siempre podrás contar conmigo: nos vamos a divertir juntas y vamos a salir de aquí con una salud increíble.
No pude contener una pequeña sonrisa y le pregunté:
-¿Cómo puedes pensar en diversión en estos momentos?
– ¿Diversión?, si de eso se trata la vida, de disfrutar cada momento y vivir feliz.
De pronto, se abrió ante mí una nueva perspectiva; sonreí y esa sonrisa se convirtió en carcajadas que duraron hasta que Doli y yo nos quedamos dormidas.
Los tratamientos comenzaron, eran algo intensos y gastaban mucha de mi fuerza, pero Doli siempre estaba ahí para contarme un chiste antes de entrar a ver al doctor. Luego, cuando salía, veía a mis papás y a Racheli esperándome para ayudarme a sentirme mejor. Siempre intentaba guardar un tiempo especial para platicar con Racheli y estar más enterada de su vida, también aprendí a contarles a mis papás mis problemas.
Me di cuenta de que en el hospital había llevado una vida más feliz y emocionante que mis 20 años anteriores; conocí lo que de verdad importaba y aprendí a disfrutar de mi familia y de mis amigas aunque sabía que sería poco tiempo, decidí disfrutarlo con toda intensidad.

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