Mis últimas palabras

Por: Pez

– Jurado, ¿tienen un veredicto?
– Sí su señoría, (el representante del jurado de pone de pie y da un par de pasos dirigiéndose al juez) hemos encontrado a Ramón, quien es acusado por el asesinato de Rodrigo como culpable.
– Se escuchan voces al alrededor de la corte, la gente aparenta estar muy sorprendida por el veredicto.
– Por ahora, Ramón será sentenciado con cadena perpetua, de igual manera quiero citar una audiencia en dos semanas.

2 de marzo de 1989:

Hola, soy Ramón Sánchez y acababa de ser arrestado por homicidio. Estaba atado a un par de esposas. Habian dos policías sosteniéndome por detrás; uno agarraba mi cuello y el otro sólo apoyaba su mano sobre mi espalda.
Mientras ellos me llevaban hacia la patrulla no paraba de escuchar el llanto de mi esposa y la mirada de tristeza de mis hijos. Estaba profundamente arrepentido por haber matado a Rodrigo.
Las esposas eran muy molestas, me apretaban mucho, además, traer las manos atrás todo el tiempo era muy incómodo. Probablemente sea porque era la primera vez que traía unas esposas puestas. Esperaba poderme acostumbrar.
Te preguntarás ¿qué hago aquí? Pero esa es una historia que te sabrás con el tiempo…

Después de varias horas de camino llegué a la prisión estatal del estado de Louisiana. Durante todo el camino no dejaba de pensar en lo que había hecho, de vez en cuando los policías que iban en el asiento de adelante platicaban conmigo, eso hizo que me sintiera menos nervioso, a decir verdad sentía una cierta combinación de miedo y nervios, no quería ir a la cárcel.

Miré por la ventana derecha, se veían muchas bardas de seguridad y alambres de púas, no era una vista muy bonita por lo que me asomé por la ventana izquierda, se veía un edificio viejo y maltratado, parecería como si se hubieran inspirado en una película de terror para construirlo.
– Bienvenido a tu nueva casa, dijo el policía al volante.
Hice una mueca y me reí, pero era un tipo de risa nerviosa. Bajé la mirada y brotaron un par de lágrimas. Rápidamente me sequé con la mano y respiré profundo, abrí los ojos y puse la cabeza en alto.
– Estoy listo oficial, dije.
La patrulla se estacionó justo a unos metros cerca de la entrada principal de la prisión. El oficial abrió la puerta e inmediatamente me salí del vehículo. Mis piernas estaban adormecidas y me sentía mareado y muy débil.
Nuevamente los policías me esposaron y volvieron a sostenerme como lo habían hecho antes.

Había un letrero arriba del marco de una puerta que decía: sala de registro de prisioneros. Al cruzar la puerta habían dos policía más:
– Bienvenido, lo estábamos esperando. Dijeron los policías de la sala.
Me hicieron desvestirme para un chequeo de seguridad, después, me dieron el clásico uniforme naranja que dan en las prisiones. Al ponérmelo me di cuenta que en el lado izquierdo del pecho habia un número grabado: 6835. Ese es mi número de prisionero, mi nueva identidad. En ese momento me di cuenta que no era nada más, ademas de ser un número.
Después me pusieron por delante de un fondo blanco con líneas, ahí fue donde me tomaron las fotos para registrarme. Finalmente sumergieron mis dedos en tinta y grabaron mis diez huellas digitales.

Crucé otra puerta y en primer plano noté las cientos de celdas existentes. Dentro de ellas, miles de prisioneros agitando los barrotes. Se podía notar en sus caras la desesperación, la tristeza, el miedo, el rencor.
Mientras caminaba por el pasillo que dividía las celdas, volteaba a ver a cada prisionero. Habían algunos con lo que hacía contacto visual. Por su mirada noté que no les gusta recibir gente nueva.

Cuando llegué a mi celda, uno de los oficiales abrió la puerta con una de las múltiples llaves que llevaba consigo. Se tardó un poco en lograrla abrir pero cuando la abrió el segundo oficial entró rápidamente para sostener al tipo que descansaba dentro de la celda. Los oficiales que me sostenían me estaban diciendo que detenían al individuo por razones de seguridad. Asentí y tan pronto como pudieron me empujaron al interior de la pequeña y oscura celda.
Mi respiración empezó a acelerarse. Lo único que podía escuchar, era el sonido de la llave girando a través de la puerta de metal de mi celda.
Todo estaba muy oscuro, me costó mucho trabajo encontrar mi cama pero di unos cuantos pasos y la alcancé a ver con claridad. Rápidamente puse en ella las pocas pertenencias que me dejaron llevar a la prisión y me senté en la incómoda tabla de metal a la que le llamaban cama.
Tan rápido como vi a los policías alejarse, puse las manos sobre mi cara y solté una gran cantidad de lágrimas. Intenté hacerlo lo más silencioso posible, pero llegó un momento en que el llanto era inevitable.
– Llorar no te ayudará de nada, dijo una extraña voz.
– ¿Quién eres?, le pregunté.
– Soy Joaquín, pero me conocen como el diablo, llevo tres años aquí, pero no voy a salir jamás. Me sentenciaron a cadena perpetua por compra y venta de drogas. ¿tú qué haces aquí? -preguntó.
– Estoy aquí por asesinato. Salí con mi esposa a cenar, de pronto llegó un asaltante y empezó a dañar a mi esposa, sin saber qué hacer, agarré mi navaja y lo apuñalé por la espalda. Me odio a mi mismo desde aquel momento. Le contesté.
Miré hacia los lados y agarré una foto que había conservado de mi esposa, la vi detalladamente y suspiré profundamente. Me prometí a mí mismo que jamás la abandonaré. Esté donde esté.
Desde ese momento, Diablo y yo nos hicimos amigos, él me ayudaba a integrarme en la prisión, me enseñó a adaptarme, éramos inseparables.
Han pasado dos semanas desde que me arrestaron, todo iba muy bien, pero llegó el momento de la audiencia que había citado el juez. Esa mañana, me despertaron más temprano, me vistieron de traje y me peinaron. Nunca me había sentido tan bien. Durante el trayecto me sentía muy confiado y tenía esperanzas de que todo iba a mejorar…
“Atención corte, tomen asiento. llegaron los resultados de la Morgue y lamentablemente el homicidio de Rodrigo acaba de ser catalogado como homicidio de tercer grado”.
– El juez suspiró.
Ramón lo siento mucho, pero serás condenado a pena de muerte, hoy por la noche te llevarán a la silla eléctrica.
Sin palabras… estoy sin palabras… En unos minutos me llevarán a la silla eléctrica. Siento que mi vida no puede acabar en este momento. Por eso escribí esta carta. Para despedirme del mundo. Pero antes les daré un consejo. Matar no alza la voz. Alcemos la voz y acabemos con el mal.

Atte: Ramón

Minutos después Ramón fue llevado a la silla eléctrica y fue ejecutado. Se encontró en su mano esta carta y fue entregada a su esposa.

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