La niña que soñaba dulce

Por: Sandra López
Había una vez una niña que nunca quería irse a dormir porque decía que tenía muchas pesadillas y que por eso, dormir era malo. Todos los días su mamá la arropaba y le decía:
– Dulces sueños mi niña chiquita.
Cierta noche, cuando se mamá ya se había ido del cuarto, luego de decirle la misma frase de siempre, ella se puso a analizar y pensar en lo que su mamá le repetía noche tras noche hasta que se quedó dormida.

¡Por fin! Aquel fue el primer día que no se despertó en la noche asustada por las terribles pesadillas que la asustaban tanto. ¡Aquel sueño había sido increíble!
Fue un sueño de dulces, exactamente como su mamá le había dicho que
soñara. En el sueño tenía una amiga que se llamaba Candy que era ni más ni
menos que una paleta de caramelo. Candy le presentó a todos sus amigos, unos eran puros dulces; otros, chicles; también había chocolates, galletas, lunetas, bombones, gomitas, en fin, había de todo.
Curiosamente todos aquellos dulces habían planeado una gran fiesta sorpresa
para darle la bienvenida. Pero no era una fiesta común y corriente. Era una fiesta en la que para participar en la gran competencia debía cumplir una regla que a ella le parecía absurda. Tenía que construir un carro, así como lo oyes, la regla era construir tu propio carro. La niña lo veía raro porque pensaba en los carros de su mundo, con pedazos de fierro, espejos, caucho para las llantas, vidrio para las ventanas, y no veía materiales de ese tipo por ningún lado. Pronto le explicaron que ahí no existía el fierro y que lo que tenía que hacer era un carro con los dulces que había en aquel lugar.
La niña hizo varios bocetos de cómo quería hacer su carro, y para ello utilizó un lápiz de caramelo con la punta de chocolate y pintaba en la calle hecha de fondant.
Después de mucho garabatear, logró dibujar lo que había imaginado en su mente. Así que fue corriendo por todos los materiales que necesitaba. La estructura de su carro era caramelo macizo sabor cereza, el humo que sacaba aquel carro no era peligros pues estaba hecho de algodón de azúcar, las llantas eran de galletas de chocolate con centro de miel, los asientos eran mullidos bombones, las puertas, chocolates amargos, la gasolina, leche de chocolate, el volante era una oblea y los pedales eran unos Jelly Beans.
Llegó el día de la carrera, el sol brillaba en lo alto, la niña estaba muy nerviosa porque nunca en su vida había conducido, pero su amiga Candy le echó un polvo mágico tanto a ella como al carro y le dijo que no dudara de sí misma, que se subiera al carro y que diera lo mejor de sí misma.
Comenzó la carrera, eran muchos los participantes, ella se ponía cada vez más nerviosa. Todos conducían sus carros a gran velocidad mientras pasaban a un lado de árboles de algodón de azúcar, lagos de chocolate, flores de chochitos, pasto de skwinkles y bajo las nubes de palomitas. La niña construyó tan bien su carro y estuvo tan segura de sí misma que ganó la carrera. Le dieron un trofeo de cono de helado. Cuando tomó el trofeo agradeció a su amiga Candy los polvos mágicos.
Al despertar de aquel fantástico sueño, lamentó que se hubiera acabado. Desde ese entonces le gusta mucho dormir.

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