Corta larga distancia

Por: Anónimo

La vida da muchas vueltas, en especial en momentos de crisis. Te encuentras en situaciones en las que nunca pensaste estar, eso es lo que me pasó a mí.
Perdón por no presentarme, soy Esther, tengo quince años, soy judía y vivía en Alemania, es 1940 y el Reich Nazi tiene más poder que nunca. Ser judío se convirtió en un problema sin solución, es como una mancha que no se quita sin importar lo que hagas. Seguro que estás pensando que ya tengo suficientes problemas. Estuve seis meses en una colonia rodeada, sólo judíos y nada de comida. Vivimos tres familias en un pequeño apartamento frente a los soldados nazis que vigilaban cada movimiento. Pero hay algo más, el peor problema de todos, por lo menos el que más me duele, mi mejor amiga es alemana. Se podría decir que nuestra amistad es imposible, pero no siempre fue así. Conozco a Erika desde siempre, me encantaría contarte cómo la conocí pero ni siquiera lo recuerdo, la mayoría de mi vida fue bastante normal, por lo menos eso creía, mis padres hicieron lo posible para esconder la realidad en la que estábamos viviendo, pero su acto no duró, pronto supe que nadie nunca me iba a ver igual, excepto Erika, ella fue la única persona que me trató bien, ella fue la única que caminaba siempre a mi lado a pesar de las miradas y el odio. Mientras estábamos en el Ghetto de alguna manera logramos seguir en contacto con cartas clandestinas o pasándonos mensajes con los niños que salían a buscar comida, pero en fin, aquí estoy, en un tren diseñado para animales, completamente lleno. No recuerdo cuánto tiempo llevo aquí pero deben ser por lo menos tres días, la mayoría del tiempo trato de llevar mi mente a otro lado tal vez los alpes suizos o a la torre Eiffel en París, lugares de los cuáles sólo he leído, pero cuando todo esto acabe, lo veré todo. No sé a dónde voy ni en dónde terminaré, pero sé esto, no puede ser bueno, nada bueno puede venir de ser judío.
Repentinamente el tren para, no soy lo suficientemente alta para ver por la pequeña ventana del vagón, pero escucho ladridos de perros y órdenes siendo gritadas en alemán. Soy fluente en varios idiomas, alemán, yiddish, polaco, francés e inglés y algo me dice que eso me servirá, aún no sé para qué, pero lo único de lo que estoy segura es que saber más siempre es mejor. De pronto las puertas del vagón se abren de jalón y somos ordenados a bajar rápidamente. Se oyen voces en todos los idiomas posibles, miles de personas bajan a la estación, confundidas, cansadas, hambrientas. Tomo un momento para observar lo que está pasando a mi alrededor, veo pasando todo tipo de personas, mujeres con sus bebés, hombres con sus familias y mamá y yo completamente solas. Mi mente daba vueltas cuando un soldado alemán me ordenó incorporarme a una fila de mujeres, un oficial, claramente de rango alto estaba señalando a las mujeres de la fila entre derecha e izquierda. En ese momento no lo sabía, pero ese oficial estaba decidiendo entre la vida y la muerte con un sólo movimiento de su mano.
Mantuve la cabeza en alto, no le tenía miedo, todos mis instintos me decían lo contrario, pero mi cuerpo no me defraudó, me podrían quitar todo: mi familia, mi libertad, pero había algo que nunca me quitarían, la dignidad.
Fui señalada a la izquierda, cada paso que daba el piso se hundía, pero cuando vi hacia atrás para ver a mamá, ya no estaba. Fue señalada a la otra línea, sentí mis ojos llenarse de lágrimas, no sabía que pasaría con nosotras, pero fuera lo que fuera no quería hacerlo sin ella. Lo último que vi de ella fue una sonrisa dirigida hacia mí.
No me permití llorar, por lo menos no ahora, mi prioridad era sobrevivir y no podía hacerlo si me dejaba romper tan rápido. Seguimos caminado, mis pies hundiéndose en el lodo, cada paso era un reto, pero no me dejé parar, me decía a mi misma un paso más, un pie en frente del otro y funcionó. Llegamos a la entrada de un lugar desconocido, un arco encima de nosotros que decía, Arbeit Macht Frei, el trabajo te liberará. Estaré bien pensé, sólo haz lo que te digan, trabaja duro y saldrás de aquí, todo es temporal. Nunca había estado tan confundida, no había espacio en mi mente para estar asustada, demasiadas cosas estaban pasando. Honestamente no recuerdo nada concreto de esa noche excepto mucha hambre, cansancio y mis propios pensamientos que ahogaban la realidad. Llegamos a tres pequeñas mesitas con prisioneros sentados, fuimos divididas en tres líneas y cada quién pasaba con un hombre, pero no parecían hombres, parecían esqueletos con una capa de piel arrojada encima. Cuando fue mi turno, un hombre muy amable me pidió remangarme el abrigo que traía puesto, tenía en su mesa un pequeño vaso de vidrio lleno de tinta y en el reposando lo que parecía un bolígrafo, pero cuando lo sacó me di cuenta que era una aguja. Sentía la angustia subiendo en mí como agua que me ahogaba desde adentro. ¨No dolerá mucho, se pasa rápido¨, dijo el hombre al notar mi pánico, falseé una sonrisa y tomé aire, empezó a tatuar un número en la parte de mi antebrazo derecho. Mintió, dolía mucho, y tardó lo que se sintieron como horas. Cuándo acabó fuí apurada a la siguiente fila, miré rápidamente el número en mi brazo, 32407. Mi primer pensamiento fue que nunca podría memorizar tal número y luego caí en el pensamiento que nunca se quitaría. Siempre recordaré a ese hombre pensé, estuvo dispuesto a mentir y a poner una sonrisa tan sólo para calmarme, ese es un superpoder que poca gente tiene. En los siguientes minutos nos despojaron de nuestra humanidad, no nos hicieron sentirnos más que animales. ¨Bienvenidas a Auschwitz¨, dijo una comandante,¨vieron el letrero en la entrada del campo, trabajen y serán libres, tendrán dos comidas al día y dormirán en cuarteles con otras mujeres y mañana serán separadas en diferentes trabajos¨.
Yo fui asignada al Canadá, donde sorteabamos la ropa y pertenencias de las llegadas nuevas. Era un trabajo duro, no sólo física sino también emocionalmente, pensar que todo eso alguna vez perteneció a alguien que hoy su destino fue decidido. Sin pensarlo dos veces me mantenía con la conciencia pesada. Poco tiempo después de mi llegada, me di cuenta del tipo de lugar que era Auschwitz, una fábrica de muerte, todo estaba perfectamente sistematizado para la eliminación de quien fuera diferente. Los que no tenían la condición para trabajar, niños, mujeres embarazadas, ancianos y los enfermos eran enviados de la plataforma del tren, a las cámaras de gas a morir instantáneamente, yo decidí, que si eras elegido para trabajar, eras escogido para morir lento.
Los cinco años que estuve en Auschwitz tuvieron un pequeño rayo de sol, el mercado negro; podías conseguir prácticamente lo que sea, incluso favores, gracias a eso, podía mandarle cartas a Erika, y decirle todo lo que estaba pasando, y que supiera que sigo viva. Eso hizo toda la diferencia entre vivir y morir, tener un propósito:el mío era salir de aquí, volver a ver a Erika y hacer todos esos viajes con los que soñaba.
Mientras, en Auschwitz soñaba acerca de lo que fuera: mi vida antes de la guerra, lo sería después, y lo que fuera que estaba pasando en este momento afuera de este infierno. La muerte se había convertido en algo cotidiano, cada día en nuestro cuartel moría gente por la noche, en las mañanas mientras pasaban lista, gente colapsaba de hambre o cansancio, y durante el día en el trabajo, gente sólo se daba por vencida. Y decidí que esa nunca sería yo, yo tenía un propósito y no iba a dejar que el hambre, el cansancio o el frío me lo quitaran.
En 1945 lo Rusos liberaron todos los campos Nazis.
El hambre no me dejaba reaccionar, en ese momento no sentí nada, yo ya no era yo, era la versión de mí que nunca debió existir. No sabía por dónde empezar, sabía perfectamente qué hacer pero ni siquiera sabía dónde estaba. Los soldados rusos hablaban muy buen inglés, sorprendentemente así pude pedirles ayuda. Me dirigieron a un campo de refugiados, dónde podría contactar a Erika. Le mandé una carta diciendo que había sido liberada, que me viniera a buscar, que me llevara a casa, y así fue, aproximadamente una semana después de la liberación fue cuando la vi. Lo primero que reconocí fueron sus ojos, esos ojos azules que reconocería donde fuera. Corrí a abrazarla, había pasado tanto tiempo, pero también tantas experiencias. Le conté todo, con detalle, ella no podía creerlo, lo que más me impactó fue que después de cinco años de perder a mi madre, no había derramado una sola lágrima, así que este fue el momento donde todo salió. Su padre nunca estuvo muy de acuerdo con el Reich Nazi, él nunca me odió, al contrario, crecí con él como mi segundo padre, así que ofreció adoptarme. El resto de mi vida fue pasado viviendo con Erika como mi hermana y su familia como la mía. Nunca olvidé mi vida antes de Auschwitz ni mi tiempo en el campo de concentración más grande del Reich, el tatuaje en mi brazo no me lo permitía. La vida tiene una forma curiosa de quitarnos cosas y devolverlas de otra forma, me quitó a mi familia, cinco años de mi vida, pero me premió con una vida entera con Erika.

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