Un gran milagro

Por: Pastelito

Un silencio muy incómodo invadió toda la clase al enterarnos de que nuestra compañera iba a quedar completamente ciega muy pronto. Todas estábamos en un mar de lágrimas sin saber qué hacer o decir. Simplemente estábamos aterrorizadas de lo que podía pasar, pero no dejamos que el miedo nos invadiera. Al momento iniciamos una cadena de rezos continuos para pedir por nuestra amiga.

Todo empezó en clase de historia, cuando Ariela pidió un cambio de lugar, ya que no veía muy bien el pizarrón. La maestra accedió, pero mandó una nota a su madre para que la llevara al oculista. El día continuó sin más problemas y todas nos fuimos a nuestras casas para descansar. Por la tarde, Ariela y su mamá fueron al oculista, pero no recibieron una respuesta alguna, ya que el doctor la mandó con otro especialista.

Después de la nueva consulta, lamentablemente salieron las dos paralizadas y aterradas; Ariela no podía creer que nunca más iba a poder ver absolutamente nada, ni a su familia, ni a sus amigas, ni siquiera un atardecer. El doctor le dijo que no había ninguna esperanza; la enfermedad ya estaba muy expandida, solo cabía esperar un milagro.
Le faltaban tantas cosas por ver… su boda, a su esposo, el nacimiento de sus hijos… o estaba lista para abandonar todo eso, todos sus sueños por cumplir. Pero pronto dejó de sentir lástima por sí misma y tomó una una decisión. Si tenía tan poco tiempo para disfrutar de la vista, iba a valorarlo al cien por ciento. Fue a visitar a todos sus seres queridos, fue a caminar al parque y puso mucha atención a todo su alrededor, desde una pequeña flor hasta el hermoso e inmenso cielo color azul. Estaba aprovechando y valorando todo antes de perderlo por completo y dio muchas gracias a d-os por el tiempo que en tuvo la oportunidad de disfrutar de la vista.

Ariela y su familia eran judíos ortodoxos y lo único que se les ocurrió fue acudir con un rabino cercano a ellos, solo para ver si podían hacer algo, no querían quedarse con los brazos cruzados.
La fiesta de Janucá, mejor conocida como la fiesta de las luces, la fe en d-os en obtener milagros grandes como lo hizo con el pueblo judío cuando los griegos querían exterminarlos, se acercaba, así que el rabino aconsejó a Ariela, que permaneciera por treinta minutos mirando las velas y muy pronto escucharía buenas noticias.
Durante ocho días, Ariela contempló las velas con lágrimas en los ojos y un dolor interno muy fuerte, pero intentaba mantenerse positiva y no caer ante esta prueba tan grande.
Después de algunas semanas, acudieron a su revisión semanal; esta vez el doctor tardó más de lo normal en dar su diagnóstico. Ariela y su madre, en su interior, estaban esperando malas noticias. Después de unos largos minutos, el doctor llegó muy pálido y nervioso; se sentó y, con un nudo en la garganta, comenzó a hablar:
-No hay explicación alguna. Los exámenes parecen estar completamente bien.
-No lo entiendo -dijo la mamá de Ariela-, ¿a qué se refiere?
-Ariela ya no sufre de ninguna enfermedad -añadió el doctor.
Con lágrimas en los ojos, salieron corriendo de la consulta para anunciar a sus familiares este enorme milagro. La gente no podía creer lo que había pasado, pero Ariela, a cada persona que le decía esto, le contestaba: “Fue por la luz de las velas de Januca y la presencia de d-os en esta hermosa fiesta”.

Ariela se llevó algo hermoso de esta experiencia: valorar lo que tenía mientras podía. Ariela se enfocó el resto de su vida en dar gracias y valorar cada cosa pequeña o grande que tenía y así poder estar satisfecha y plena consigo misma.

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