Piso 27

Por: Walter Bazar

7 de septiembre 2014, me encuentro en la terraza de mi casa, piso 27. Me siento angustiado, ansioso, confundido, solo, pero sobre todo vulnerable. Sigo con esos horribles sentimientos y pensamientos que llevo teniendo desde hace años: desesperanza, incertidumbre, soledad, vacío… simplemente un sentimiento del que no puedo escapar, y me está matando por dentro.

“Depresión”: dijo el psiquiatra con el que me llevó mi madre el día que traté de saltar desde la ventana de su casa, el lugar en el que vivía en ese entonces. Me recetó unas pastillas y me dijo que las tendría que tomar todos los días para sentir una mejoría; no la hubo.
Pasaron seis años desde ese incidente, y había logrado enterrar ese sentimiento durante algún tiempo, aunque no por completo, siempre estaba en el fondo de mi cabeza, acechándome y listo para tomar control sobre mis pensamientos cada vez que la oportunidad se presentase. Pero salí adelante, seis años de trabajo sin descanso, seis años en los cuales logré más que en toda mi vida. Tenía un lindo departamento en una de las zonas más cotizadas de la ciudad, el auto de mis sueños y un trabajo con una paga extraordinaria; se podría decir que lo tenía todo, pero aún así el vacío interior era inmenso.
Durante estos seis años perdí cualquier contacto con los pocos amigos cercanos con los que había logrado mantener una relación desde que salí de la escuela. Según mi forma de pensar, no podía mantener una vida social activa y al mismo tiempo ser alguien económicamente exitoso, por lo que terminé por pelearme con ellos y comencé a centrarme solamente en mi trabajo, pensando que llegando a mi meta podría recuperar las amistades que valiesen la pena, pero nunca llegaba a la meta, siempre había algo más por lograr.
Pasaron los años y dejé de considerar la opción de recuperarlos, para así estar más tranquilo con que tendría la opción de tomar un paso más relajado con el trabajo y no sentir la presión de llegar a una meta inalcanzable. Pero esto mismo fue lo que ocasionó que el sentimiento enterrado en mí regresara. Perdí todo tipo de motivación, me sentía solo, vacío y decaído, no sabía por qué. Fue en ese momento cuando me di cuenta que me faltaba el apoyo y la felicidad que sentía con cada uno de ellos. Me percaté de que todo este tiempo había estado equivocado. Necesitaba a mis amigos, no necesitaba el dinero ni todo lo material, eso no era importante, ni me hacía feliz. Necesitaba darle un tipo de emoción a mi vida y eso sólo lo lograría junto a ellos.
Contacté a todos mis antes amigos cercanos, e intenté de reunirme con ellos, pero todos rechazaron mi invitación, diciendome que no podía ir por la vida ignorando a la gente importante y decidir contactarlos de nuevo cuando lo sintiera conveniente. Ese fue el momento que me destrozó, en ese preciso instante, en el que mi mejor amigo de la universidad me dijo esas palabras me derrumbé. Dejé todo, el trabajo, los proyectos en curso, a los clientes, las ganas de mejorar y salir adelante, las ganas de vivir. Básicamente desaparecí. Desaparecí de un mundo en el cual sólo era uno más, y poco tiempo después dejaron de buscarme y encontraron otras opciones.
Ahora regresemos al día de hoy, en este momento parado literalmente al borde de la muerte, listo para terminarlo todo, para dejarlo todo atrás y pasar a un mejor lugar, si es que hay uno. Listo para acabar de una buena vez con esta sensación que se apodera de mi cuerpo y me deja helado de los pies a la cabeza, con un hoyo en el estómago, un nudo en la garganta y sin fuerza en las extremidades. Había hecho los cálculos, la caída tardaría unos 95 segundos, los cuales probablemente serían eternos, pero serían los últimos.
Estoy listo, doy un paso al frente y antes de saltar recuerdo a mi madre, la única persona que se mantuvo al pendiente de mi hasta el último día, siempre tratando de estar lo más atenta posible sobre cómo me sentía y mi progreso con la condición psicológica que tenía diagnosticada. Honestamente sentí algo de culpa de no haberme despedido de ella antes de hacer lo que estaba por hacer, sobre todo porque no había contestado sus mensajes ni regresado sus llamadas en el mes, pero sabía que si lo hacía no podría hacer lo que estoy por hacer.
Doy un suspiro profundo y camino un paso más hacia adelante, el paso que ya no tendría un destino en los próximos 95 segundos. Comienza el final y lo único que tengo en la cabeza es que estoy tranquilo con mi desición, pasan 10, 20, 30 segundos y el final está cada vez más cerca. El viento me cubre y se me dificulta respirar, mi ritmo cardiaco se acelera cada vez más. Pasan 48 segundos, y en mi bolsillo siento algo, una vibración, y con esfuerzo, el corazón a mil por hora, saco mi celular para ver quién era; miro la pantalla del celular y mi corazón se detiene: “MAMÁ”.

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