El niño y el mar

Por: Nacht

Respiro y cierro los ojos. Cuando los vuelvo a abrir ya hay una sonrisa en mi rostro. Mi sonrisa no es real, la pretendo para no alterar a mi alrededor, ni a mí mismo. El parque se encuentra en armonía, ocasionalmente las personas pasan con decisión, sin distraerse, mientras tanto yo divago y veo a las ardillas. El cielo parece un pedazo de tela, nunca lo había visto tan despejado, ni de un azul tan claro. El aire lo mueve sutilmente. Una mujer me pregunta por el baño y yo cuando hablo, lo hago emitiendo cualquier tipo de emoción.

Las manecillas del reloj no dejan de sonar y parecen ir cada vez más rápido. Mis ojos se cierran y abren con demasiada rapidez, mi boca y mi nariz sacan aire en sincronía y mis oídos registran cada segundo. El sol comienza a bajar y yo me mantengo en mi lugar. La oscuridad, vaporosa, llega y se empiezan a escuchar los grillos que pronto son ahogados por las manecillas. La temperatura baja y en la brisa se encuentran los fantasmas. La luz de la luna es lo que me permite verlos, pero aun así solo llego a ver su brillo. Las manecillas me distraen demasiado y no logro enfocarme.
Mi madre siempre ha dicho que yo estoy atortolado e incluso, enamorado de los fantasmas. Ella habla del pasado, los recuerdos tristes y felices que me hacen sentir algo. Yo solía creer que cuando la gente mencionaba los fantasmas, se referían a aquello que ya no esta, a aquello que es como el agua y cuando lo intentas tomar te quedas vacío.
Vacío.
Pero mojado, porque tu sabes que el agua pasó por ti y ahora solo te queda su fantasma.
Pero ese brillo delante de mí no son recuerdos, si lo fueran, el reloj por fin se quedaría sin baterías. Estos fantasmas son mi futuro, no estoy segura si son aquello que lograre o mis sueños que solamente se quedarán siendo eso: sueños. De lo único que estoy seguro es que están aquí. Mi garganta se cierra y mi estómago se encoge; al contrario que mi corazón, el cual se expande.
Parpadeo. Y lo único que brilla ahora son las estrellas. Siento como mi respiración es cada vez más lenta y el ruido de las manecillas pasa de lo mecánico a los suspiros. Yo, algo hipnotizado por la nueva constante, me dejo llevar por la oscuridad y el vacío infinito.

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