Desaparecer

Por: Will Herondale

Domingo 15, 2:06 a.m.
De pronto, en aquel momento, la vida pasó frente a sus ojos; absurda, inválida, carente de emoción alguna… En aquellos momentos, sentada frente al espejo, Julia Vidal pensó que la vida era tan mundana como el antiguo musgo pegado a la madera de la chimenea que le calentaba la espalda. Las lágrimas, ahora secas y brillantes en sus mejillas, la hacían ver más escuálida de lo que ya estaba, y una sola idea le cruzó por la mente: desaparecer.

Sábado 14, 11:00 a.m.
Julia despertó emocionada por la mañana. Sabía que aquella noche era una fecha importante, y la había estado anticipando desde hacía dos semanas cuando, al abrir su casillero, una extraña nota cayó al suelo. Se trataba de nada más que una invitación para la fiesta de Ámbar Adatto, la niña más guapa de toda la prepa de su escuela. No recordaba ninguna vez en la que ambas hubieran platicado de manera decente, pero quizá Ámbar se había dado cuenta, por fin, de que Julia existía. Llena de emoción, se apresuró para llegar al casillero de Daniel, pero el alma cayó directo hacia sus pies cuando la cara de su mejor amigo no mostró nada de emoción; por el contrario, le aconsejó que no fuera, que últimamente no se veía muy bien y no quería que tuviera una recaída. Julia lo ignoró, y al momento de llegar a su casa, preparó todo para la fiesta haciendo caso omiso de cualquier advertencia.

Después de peinarse y maquillarse, bajó a toda prisa por las escaleras. Preguntó a su madre si no había visto su suéter verde de pelusa, y cuando le contestó que se encontraba en el segundo cajón de su vestidor, subió de regreso a toda prisa. Una vez con el suéter puesto, volvió a bajar, se despidió de su madre, y sin desayunar, dejó la casa dispuesta a ver a Daniel.

Miércoles 11, 9:15 a.m.
Julia salió del baño de mujeres metiéndose una menta a la boca. Cuando regresó al salón de clases escuchó una leve risa que se extendió por la parte de atrás, pero no hizo caso. Ya sentada en su banca observó que una papel hecho bolita se encontraba sobre su cuaderno. Lo desenvolvió con cuidado de que el profesor de física no la viera, y rodó los ojos al ver de quién se trataba. Daniel se encontraba en el otro extremo mirándola fijamente, y Julia regresó su visión al papel que tenía sobre sus manos.

“Esas niñas siguen hablando de ti. Dicen que tu maquillaje no se ve bien y no dejan de reírse. Ya te lo dije la semana pasada, no te ves estable. Quizá deberías descartar la fiesta”

Julia se mordió una uña e ignoró la nota. No quería volver a tener una discusión con Daniel, por lo que no lo volvió a mirar por el resto de la clase, y lo evitó durante lo que quedaba del día.

Sábado 14, 11:25 a.m.
Julia, sentada en el escritorio del cuarto de Daniel, intentó evitar que la discusión de hacía dos semanas se repitiera, pero con cada mirada le parecía cada vez más difícil. Se encontraba ahí para convencerlo de que fueran juntos aquella noche a la fiesta, pero este se negaba y le pedía que lo acompañara a desayunar. Julia, con un suspiro y echando la cabeza para atrás, advirtió que Daniel rodaba los ojos ante su propia terquedad, pero, aun así, no cedió ante nada. Entonces, cuando Daniel la volvió a invitar a que lo acompañara a la cocina para comer algo y ella lo rechazó, Julia abandonó la habitación a paso cerrado, dispuesta a prepararse para la tan anticipada fiesta.

Jueves 5, 3:17 p.m.
Saliendo de la escuela en el coche de Daniel, Julia comenzó a imaginar cómo sería la casa de Ámbar y cuantos chicos de su clase estarían invitados. Se imaginó a sí misma bailando con todos sus compañeros y tomando algo de refresco. Llegaría temprano a casa para que su madre no la regañara, pero sabiendo que habría valido la pena. De pronto, el freno abrupto del coche de Daniel la sacó de sus pensamientos, y de un momento para otro, cuando el coche volvió a avanzar, ambos se encontraban discutiendo sobre aquella fiesta que se avecinaba. Daniel no quería que Julia fuera; que porque no se veía bien, que porque aquellas chicas no eran buenas personas, que porque aquella mañana Julia tan sólo había desayunado una barra de fresas con chocolate… De pronto no lo soportó más. Su mejor amigo llevaba dos días intentando evitar que la chica fuera verdaderamente feliz, por lo que los gritos no tardaron en aparecer. Pidió a Daniel que parara el coche, y después de insistir por tercera vez, el auto dejó de avanzar y Julia regresó a su casa llorando y moqueando sobre su camiseta. Cuando por fin llegó, se fue directa al baño cerrando con llave.

Sábado 14, 10:30 p.m.
La música se escuchaba desde fuera de la gigantesca casa de Ámbar. Su corazón se aceleró y le dio vértigo. Su madre seguía en el auto observándola con una sonrisa en la cara, y mientras le deseaba que se la pasara bien, Julia apresuró el paso esperando que nadie hubiera visto aquello. Cuando abrió las puertas, la música sonó aun más fuerte, pero eso no fue la que la hizo sonrojarse. De pronto un montón de pares de ojos traviesos se posaron sobre ella, y antes de que pudiera disponerse a avanzar un paso más, el frío la abrazó. Alguien, no, más bien, Ámbar, había tirado toda una botella de Coca-Cola sobre su nuevo atuendo. Este se le pegó al cuerpo revelando sus costillas huesudas, su cuerpo que tanto anhelaba ocultar del resto del mundo. Todos rieron. Nadie mostró compasión. Oyó que en el fondo alguien gritaba: “¡Desaparece! ¡A ver si con la azúcar de ese refresco subes unos cuantos kilos más!” Oyó más risas. Fue ahí que, por primera vez en toda la noche, quizo verdaderamente desaparecer.

Sábado 14, 11:30 p.m.
Había comenzado a llover. Julia se encontraba frente a la casa de Daniel con la ropa aun más pegada al cuerpo, pero aquello ya no importaba. Nadie abrió la puerta; al parecer los Vilalta habían salido de casa aquella noche, sin embargo, Julia no se movió. Se sentó bajo la lluvia y lloró a lágrima suelta. No paró hasta que su celular sonó por quinta vez y vio el mensaje de preocupación de su madre. Fue a casa caminando con lentitud, y cuando llegó, la recibió con una larga reprimenda. Después, su madre le pidió que se secara frente a la chimenea sin escuchar ninguna de sus palabras.

Domingo 15, 2:15 a.m.
Julia volvió a echarse un vistazo en el espejo. Después de secarse, subió al baño de su cuarto e hizo lo habitual después de cada catástrofe: dejó que la poca comida que había ingerido en el día saliera de su cuerpo. Después, decepcionada de sí misma, regresó al piso de abajo y se posó frente al espejo de cuerpo completo que se encontraba frente a la chimenea. Se sentó delante de él y se puso a reflexionar. Sí, quería desaparecer, pero ahora, tras unos minutos de pensarlo bien, se había dado cuenta de que quizá su cuerpo no fuera el problema, sino su actitud ante él. Aun así, reunió las fuerzas necesarias, y con una simple exhalación, dispuesta al verdadero cambio, le dijo a su propio reflejo lo más sincero que podía decir en aquellos momentos:

—Ya no quiero ser tú…

admin