En el hotel Buena Vista

Por: Srta

Ya lo tenía en la mirilla de mi rifle… ya podía sentir la adrenalina correr por mi sangre, la misma sensación estimulante que sentía en la boca de mi estómago y me hacía pesada la respiración, desde la primera vez que me pidieron hacer esta clase de trabajo. Me acuerdo de mi primer trabajo hace cinco años, cuando el conflicto entre los comunistas y los capitalistas se estaba volviendo eminente en EUA. Esa vez me habían encargado con el asesinato de un soviético, su ubicación nos la dio a conocer una prostituta, la cual había sido contratada la noche previa. En esos tiempos mi trabajo era más fácil, consistía únicamente en asesinar al objetivo y, claro, no ser capturado por los soviéticos. Con el paso del tiempo, me han encargado no sólo asesinar, sino también conseguir los documentos salvaguardados por nuestros enemigos, cuando se presentaba la ocasión. Ésta era una de esas ocasiones.
Mi objetivo era desconocido para mí, pues mis superiores sólo me revelaron la vital importancia de los documentos que llevaba consigo para la misión que se estaba llevando a cabo. Era todo lo que conocía sobre el caso, pues era mal visto en la Unidad cuestionar a los superiores y, francamente, no me llamaba mucho la atención conocer más de lo debido sobre las personas que me mandaban a asesinar. Esta vez, mi escondite era magnífico… en la azotea de un edificio abandonado, donde se veían las estrellas de la medianoche y tenía un ángulo perfecto hacia el cuarto 408 del hotel Buena Vista, la zona donde me hallaba era conocida por estar repleta de espías que trabajaban para la Unión Soviética.

Lo único que me faltaba era esperar a este individuo, cuando entre a su cuarto después de una velada larga en el restaurante del hotel para soltar el gatillo. De repente se movilizó la escena, el rojo entró a su cuarto, parecía estar un poco borracho, pero yo no puedo juzgar, creo que así quisiera pasar mis últimos momentos de vida también. Se movió torpemente por el cuarto y entró al baño, a vomitar me supongo. Cuando salió, abrió su maletín y alcancé a ver el escondite de los documentos. Le di una calada al cigarrillo que residía en mis labios y solté el gatillo.
Acabó la parte fácil de mi trabajo, ahora tenía que hallar una manera de entrar al hotel sin levantar las sospechas de los huéspedes y personal de la Buena Vista. Saqué de mi maleta un sombrero que me tapara buena parte de la cara, para evitar ser rastreado cuando salga del hotel. Caminé por enfrente de la recepción tratando de no atraer mucho la atención, llegué al ascensor y subí al nivel cuatro. Abrí la puerta del cuarto 408. Me aventuré a entrar y vi al maletín. Crucé silenciosamente hacia el otro lado del cuarto para no llamar la curiosidad de los huéspedes en los cuartos vecinos lo tomé. Salí del hotel apresuradamente, manteniéndome anónimo y discreto. Me fui a una cantina cerca de allí y bebí una cerveza acompañada de un cigarrillo. Me quedé un rato contemplando la cálida escena.
Salí de la cantina a la fría noche de noviembre, a pesar de beber bastante, logré notar un auto familiar estacionado a la salida de la cantina, pero mi poca falta de conciencia me limito a actuar ante ello. A la mañana siguiente desperté con un dolor de cabeza y sin camiseta. Me asomé por la ventana y creí haber visto al mismo auto, pero seguro se debía a la resaca así que despedí el asunto… ahora me avergüenzo.

Me preparé para ir a reportar los documentos a la Central. Me sentaba inquieto en la oficina del comandante, él lo notó. Grave error de mi parte. Le ofrecí los papeles y los tomó de mi mano, mi estómago estaba revuelto con ansia, pero mi cara no mostraba emoción. El comandante las leyó y las dejó sobre la mesa. Ese indicio de despido tranquilizó levemente mis preocupaciones. El comandante rompió el silencio: “El trabajo que ha llevado a cabo es de suma importancia para los ideales que usted, como americano ha defendido con honor”, dijo sin perder su compostura serena.
Sentí una leve acentuación en la palabra “americano”, mis preocupaciones volvieron, pero mi astucia no se dejó opacar. Sabía que había sido descubierto en esta guerra secreta, pero no iba a caer con tanta facilidad. El comandante se levantó de su asiento y caminó hacia la puerta de su oficina con la misma tranquilidad y se escuchó la llave girar, nos encerró a solas. Llevé mi mano a la pistola que llevaba atorado en mi cinturón con el fin de sacarlo y, sin duda usarlo, si se presentaba la oportunidad.
“¿Cómo le hizo para descubrirme?” dije, poniéndole una máscara de calma a las palabras que decía. Mi mano tomaba con más fuerza la pistola: “Lo hemos estado siguiendo, inclusive hasta ayer en la noche cuando entró a una cantina”. Sabía que él también cogía una pistola fuera de mi campo de vista. “Sabe va a morir si no me dice la verdad, y, si la dice, lo podemos proteger…” suspiró. “Mejor dígame qué decían los documentos originales y no esta farsa que me ha dado”. Claro, nunca traicionaría a mi gobierno real, la Unión Soviética. De pronto los dos saltamos con las pistolas de frente, apuntando al otro. No iba a lograr salir de la Central si esta pelea se tardaba más de lo esperado, así que decidí soltar una patada al estómago del comandante, pero él presintió mi movimiento y lo evadió rápidamente, luego lo contestó con

un golpe a mi cabeza que logré detener torciendo su brazo. Recordé que seguía teniendo mi pistola en mi mano. Si la utilizaba tenía que ser ágil con mi tiro y encontrar manera de salir rápidamente de la Central. Disparé tres tiros; uno al estómago, el otro al pecho y el tercero al cuello. Con eso, el cuerpo sangriento cayó difunto en el suelo.
Tomé los papeles del escritorio y salí por la ventana. Cuando llegué a un lugar seguro contacté a mis superiores y me dieron órdenes de quemar esos papeles. Obedecí. Nunca me enteré qué clase de información tenía escrita ninguna de las versiones de los documentos. Pero, si usted está interesado por saber la historia verdadera, es la siguiente:
La noche anterior, cuando fui a asesinar al supuesto “objetivo”, (quien sí era un colega mío, mas no me servía eliminarlo) yo estaba siendo vigilado, así que fingí dispararle con mi rifle. Claro, que mi colega, sabía perfectamente que no le iba a traer daño de ningún tipo, ya que él estaba involucrado en otra misión que debía ser completada.
A causa de la situación en la que me hallaba, entré al hotel Buena Vista a “recolectar” los documentos (la versión verdadera, con información real que era ambicionada por los asquerosos americanos). Los tomé por la única razón de que yo era el encargado de entregarle los papeles al siguiente individuo, quien iba a lograr la infiltración en un rango más alto que el mío en el gobierno estadounidense, e iba a utilizar esos papeles para conseguirlo.
Con esa mentalidad entré a la cantina, que es infame por ser paradero de espías comunistas (nunca ha sido comprobado por los americanos, pero nosotros sabemos que esa teoría sí es verdad) y busqué al hombre que coincidía con la descripción que recibí desde la base y, al hallarlo, le pasé de manera clandestina y cuidadosa los papeles.

Cuando salí de la cantina, sí noté al auto café siguiéndome, pues era requisito de la misión hacer que los americanos piensen tener ventaja sobre nuestros planes. Me aseguré de que el carro siguiese mis movimientos inclusive hasta hoy en la mañana, cuando dejé los documentos a la Central. Esto fue así con el fin de desviar la atención de los americanos, para que mi compañero, el rojo del hotel, pudiera completar su misión, que era desconocida hacia mí. Por último, matando al comandante de la Central, se aseguraba que el puesto se librara para que mi otro compañero, el de la cantina, pudiera infiltrarse.
Manipulamos a los estadounidenses a la perfección, nadie sospechaba nada de nuestras hazañas que se estaba llevando a cabo debajo de sus narices. La misión ha sido completada, solo faltaba destruir al gobierno americano para asegurar que el comunismo, el legado de Lenin, la utopía de la sociedad: prevalezca.

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