Mi mirada en tu reflejo

Por: Tmk

Lucia Restrepo era mi mejor amiga, la vi nacer, crecer y la acompañé durante toda su vida. Ella y yo éramos inseparables, le encantaba estar conmigo y a mí me encantaba verla feliz. Lucía era una niña normal, tenía días buenos y malos. Cuando estaba de buen humor, me veía a los ojos, me sonreía y bailábamos y cantábamos juntas por horas, pero cuando su día no había sido bueno, ella prefería no visitarme.

Siempre fui su mejor manera de desahogarse, me contaba hasta su último secreto y cuando estaba conmigo se le ocurrían las mejores ideas.
Cuando Lucía tenía 15 años se cambió de secundaria. Cómo me gustaría haberlo evitado.. Cómo me gustaría que ese día nunca hubiese llegado.
Lunes primero de agosto, fue el día en que Lucía dejó de ser quien fue. Me acuerdo de verla llorar esa tarde, recuerdo sus ojos llenos de lágrimas y su llanto silencioso, sin embargo fue el primer día que no me contó lo que le había sucedido. Lo mismo pasó el día siguiente y el siguiente y así las próximas dos semanas.
Para el lunes 14 de agosto, Lucía tan sólo me visitaba una vez al día, cuando antes lo hacía mínimo unas cinco. Y para principios de septiembre, ella venía a verme, pero en realidad no me veía, cuando pasaba a lado de mí, trataba de hacerlo rápido o con la cabeza mirando hacia abajo. Sentía como si por alguna razón le daba pena verme o la ponía incómoda estar cerca de mí.
Yo sabía que algo andaba mal con ella, me imaginé que estaba siendo molestada en la escuela o que probablemente le estaban diciendo cosas que la hacían sentir mal.
A finales de septiembre sus visitas regresaron a ser constantes, pero su autoestima seguía sin mejorar. Ahora, cuando me veía, sólo gritaba y se probaba ropa enfrente de mí. Ropa que por alguna razón, se le veía como si la hubiese comprado cuatro tallas más grandes que la suya.
Cuando Lucía me miraba, podía notar que no le gustaba lo que veía. Me clavaba una fija mirada y se medía su cuerpo con una clase de listón.
La casa de la familia Restrepo, nunca volvió a ser igual de alegre, se escuchaban gritos y se sentía un ambiente tenso y depresivo. Pasaba el tiempo y Lucía se veía cada vez más delgada, cada vez más inhumana, parecía como si fuese a desaparecer…
Durante los siguientes meses, fui testigo de sus técnicas y trucos para deshacerse de su comida.
1. Se abre la puerta del baño, 2. Entra Lucía con su plato lleno de comida, 3. Pasa enfrente de mi sin voltearme a ver, 4. arroja su comida en el escusado y por último, se da la vuelta y se va. Esta rutina se repitió tres veces al día durante dos semanas.
Perdón si te estoy confundiendo, te estarás preguntando ¿Yo qué hacía en el baño? ¿Por qué Lucía sufría cuando me miraba? ¿Por qué fui testigo de lo que le estaba pasando? Pero más importante, ¿Quién soy yo en realidad? No soy una persona, ni tengo un nombre. Soy un espejo.. así es, un simple espejo colgado en el baño de Lucía. Ahora que seguramente entiendes todo, permíteme acabar la historia.
No podía entender qué pasaba por su mente, ni por qué se estaba haciendo daño. Nunca sabré si Lucía visitó a un médico, a un psicólogo, o a un nutriólogo. Lo único que sé es que un día salió por la puerta del baño y no volvió a entrar.

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