Vicio

Por: Nais

Deambulo solo por las oscuras calles de París. Me hundo en la densa oscuridad de la noche mientras me abraza la tenue luz de la luna y la de un par de farolas. Volteo a mi izquierda y logro distinguir mi reflejo en el lúgubre escaparate de un bar; “¿en qué me he convertido?” pienso. Estoy frente a frente con un verdadero monstruo y por primera vez tengo miedo en mi vida. Cierro los ojos con un nudo en mi garganta y sigo caminando.

-Era un niño, un pobre niño- murmuro crujiendo los dientes. Siento un dolor inconmensurable en el pecho, como si me hubiera arrancado el corazón y lo hubiera pisoteado un millón de veces. Una lágrima sale de mi ojo y acelero mi paso, intentando escapar de las voces que me atormentan.

Sigo caminando cabizbajo, ya no puedo más. “¡Lo mataste!”, “¡Eres un monstruo!” Las voces parecen intensificarse cada vez más, no aguanto. Caigo al suelo como un jarrón de porcelana y echo un grito de dolor. Jalo mi cabello con todas mis fuerzas intentando hacer que las voces escapen, pero mis intentos resultan ser inútiles.
Me levanto temblando con mi cara ahogada en lágrimas. Escucho como si estuviera detrás de mí el llanto del niño mientras le destrozaba una botella de ron en el cráneo. Escucho cómo su cráneo se parte en mil pedazos. Asimismo, logro escuchar su risa; la tierna risa de un inocente niño que vive ignorante en su mundo de felicidad pensando que en un futuro puede cambiar al mundo, que tiene un largo camino por delante. “¿Qué culpa tiene el niño de mis problemas?” pienso mientras siento unas terribles náuseas.
-¡No lo merecía!- grito a todo pulmón cortando el silencio nocturno. -Me estoy volviendo loco- digo entredientes. Comienzo a correr hacia el Puente Nuevo intentando escapar del monstruo que hay dentro de mí. -¡No sale! chillo -¡no sale!-. El remordimiento no para de perseguirme.
Llego al puente y me paro en la orilla. Bajo la mirada hacia las profundidades del Río Siena y cierro los ojos. Ya llegó todo a su fin, pero lo merezco. Nunca pensé en que esto acabaría así, solo existe una manera de exterminar a las voces que residen en mi interior. Doy un suspiro profundo mientras me preparo para saltar.
Me sorprendo al escuchar los sonidos de la sirena de una patrulla que se acerca cada vez más a mí, pero las voces se iban ensordeciendo. Llega la patrulla y por fin siento paz, las voces por fin se fueron, y mientras un policía me coloca unas esposas en las manos para llevarme, yo sonrío.

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