Mi querido hijo

Por: Castaña

Nadie encontraría la verdad, eso era lo que pensaba. Lo escondí perfectamente, pero al parecer no fue suficiente. Todos hablaban de cómo había muerto mi hijo, era el misterio del pueblo. La gente platicaba del tema, aunque nadie sabía nada realmente, nadie más que mi hija Jane. Jane había estado presente en el suceso, pero ella no decía nada, ni siquiera a mí.

Todo ocurrió en Ohio, Estados Unidos. Mi padre estaba muriendo y mi hijo Stephan apenas estaba llegando al mundo. En la muerte de mi padre nunca se me vino a la mente el tema del testamento, ni tampoco qué me dejaría como herencia. Una semana después de su muerte, me llamó el abogado y pidió verme lo más pronto posible. En ese momento recordé que tenía que ocuparme del tema de la herencia. Fui lo más rápido que pude a la oficina del abogado, pensando que saldría con toda la fortuna de mi padre, ya que era su hijo único.
— Le dejó todo a tu hijo Stephan —me dijo el abogado con una expresión de pena.
— ¿Qué? Eso no puede ser posible — exclamé.
El abogado me explicó que mi padre se había emocionado mucho por el nacimiento de Stephan y quiso heredarle su fortuna como símbolo del ciclo de la vida. Estaba confundido, no entendía, no sabía que pensar.
Pasaron los años y Stephan creció, a mí nada me salía bien y, por otra parte, la vida de Stephan cada vez iba mejor. Eso me frustraba demasiado y aunque yo amaba a Stephan, mi hijo, con todo mi corazón, en el fondo siempre le tuve un poco de envidia. Stephan era guapo, ojos claros y pelo güero rizado, estudiaba en una universidad de alto nivel y era el más querido del pueblo. Todos lo querían más que a mí, incluso mi esposa, que había muerto hace unos años, pero siempre le tuvo más afecto del que algún día me tuvo a mí.
La noche del incidente fue de las noches más frías del año. Stephan y Jane fueron al río en el atardecer, pero la única que regresó fue Jane, a media noche. Yo no me encontraba en casa, ya que me había ido a recoger un pedido que me habían ordenado hacía unas cuantas semanas. Llegué a la una de la madrugada a casa, se escuchaban ruidos atemorizantes, había una oscuridad que cubría la neblina y me ahogaba un sentimiento de vacío.
Me costó demasiado trabajo entrar a mi propia casa, no tenía el valor, no sabía si estaría Jane ahí, pero tuve que hacerlo. Abrí la puerta y vi a Jane.
— ¡Noooo! — gritaba ella.
Estaba llena de sangre, sentada en el piso de la habitación y no paraba de gritar y lamentarse.
— Lo siento — le susurré con una voz temblorosa y entre lágrimas.
Guardó silencio y me volteó a ver.
— ¡Le han disparado! — gritó.
— ¡Le disparé! — la interrumpí.

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