Manecillas

Por: El cazador de medusas

Bajo la luz de la luna, se percibía un rugoso, mas cálido ambiente. Era una noche decembrina, y ya hacían veintitrés años y centavos que Gonzalo había despertado. Al reproducir una dulce melodía en su Alhambra caoba, poco imaginaba que faltaban tan sólo 6 días para conocer a su amada; a su cáncer.

Mientras tocaba, Gonzalo Alonso Agramonte se encontraba en el mismísimo jardín del Edén, rodeado de color y aroma, y adentrándose a las selvas de sus más profundos morbos y deseos. Sus dedos fluían como el agua en la Riera de Merlès, y no podía dejar de pensar en lo pequeños e insignificantes que somos para nuestra sátira de existencia; nulo conocimiento poseía del hecho de que en cuestión de semanas, o quizá meses, el nombre Agramonte perdería absolutamente su valor, y el sujeto náufrago de un loop existencial volvería a empezar, quizá en esta ocasión con el nombre Van Dekker, o el nombre Wang, o el nombre Gallagher, ¿qué importancia realmente tenía?

Hoy en día, contar la historia de Gonzalo, ya no es el peso que me agobiaba día tras día hace unas eternidades; he aprendido a apreciar y emocionarme con los detalles que diferencian a cada uno de los reinicios, pues de lo contrario, habría perdido la cordura hace mucho tiempo. Pero heme aquí, un prisionero del tiempo, que comparte la misma desgracia con alguien completamente inalcanzable, viéndolo todo desde un tercer plano, y que a diferencia de su inocente extraño compañero, sabe perfectamente de su situación eternamente.
Éste era el escenario: el de hoy nombre Gustavo. Era un sujeto cuyo destino estaba pactado con los diez mil demonios; sellado por la infinidad. Como cualquier mortal, el sujeto nace y crece en tiempo real, aparentando tener una vida común, algo que irónicamente cualquier sujeto en su situación desearía tener y le sería imposible por siempre, y sin embargo, después de culminar su adolescencia, el sujeto en cuestión de tiempo conocerá a Tenderina.
Si me pidieran que describiera a la hermosa mujer, diría que es la mismísima diosa de la tentación, y su único propósito es el de enamorar y así crear una nueva historia con la rata de laboratorio que hoy se llama: Gonzalo. En el momento en que las “almas gemelas” se conocerán, pasarán exactamente 133 días, 17 horas, 56 minutos y 2 segundos para que el sujeto le proponga matrimonio a Tenderina, quien romperá la cuarta pared frente a él, y le revelará todos los secretos de la cárcel del tiempo en la que se encuentra. Finalmente, después de poner su dedo índice en el surco sub-nasal del hombre rendido a sus pies, el sujeto morirá e instantáneamente renacerá destinado a la misma historia, pero esta vez en otro cuerpo, en otro lugar, con otra familia, otras pasiones, y otra personalidad completamente.
Dieron las 2:00 a.m. y Gonzalo finalmente decidió meterse a la casa de campaña, para unirse a ya la mayoría del grupo, que había logrado conciliar el sueño. Después de guardar su guitarra y ponerse su chamarra de plumas blancas, metió sus piernas al saco de dormir y se acostó entre María y Julián, la pareja más popular en todo San Jaime de Frontanya. Gonzalo vivía en aquel municipio ubicado a las afueras de Barcelona desde su nacimiento, y había conocido a los tórtolos cuando apenas habían empezado a salir. Hoy estaban a tan sólo unas horas de sellar su amor por lo civil, en la viral boda que se llevaría a cabo a la mitad del bosque, frente a los 247 habitantes del pacífico municipio español. Gonzalo era de los pocos en su generación que aún estaba soltero, pero él no se sentía particularmente presionado; la soltería lo había acompañado toda su vida, y por lo menos nunca le había sido infiel. Tras cerrar los ojos, una envolvente sensación de nitidez y calor transportó a Gonzalo al más profundo de los sueños; uno reparador y con la capacidad de restaurar cualquier inquietud atrofiando la calma del individuo. Se perdió.

El día importante llegó. No, no me refiero al “mágico” día esperado por la pareja amiga de Agramonte en el bosque; el evento fue un fiasco total, pero esa es una historia paralela cuya relevancia no aporta nada a la historia que a mí me incumbe narrar. Es una lástima, porque fue verdaderamente graciosísima. En fin. Me refiero al día en el que por fin me puedo dar un receso, pues por lo menos sé lo que pasará exactamente de aquí al nuevo reinicio. Gonzalo conoció a alguien.

Me adentré a lo que me gusta llamar: “La morada de los recuerdos”. Al cerrar los ojos, tengo la habilidad de someterme a un muy profundo nivel de meditación; cuando conecto con mis emociones de esta manera, siento que me traslado a una habitación, y yo, en cuerpo de mortal, puedo relajarme y apreciar todas las reminiscencias que he adquirido a través de los reinicios. Es mi lugar feliz, es el lugar en donde yo soy el protagonista; es mi única distracción.

En la morada de los recuerdos, el tiempo es relativo; al tener una desconexión absoluta con el mundo de los mortales, me es imposible calcular la cantidad de días que paso ahí dentro. Es decir, el momento en el que despierte, con respecto a la cantidad de días que le queden al sujeto antes de su reinicio, es “aleatorio”, y existe la posibilidad de que el reinicio me agarre dentro de mi cabeza; de verdad, esa es una experiencia que no le recomiendo a nadie.

Después de revivir miles de bellas memorias, abrí los ojos intuitivamente. Ahí estaba de nuevo, sentado en un rojo sillón felpudo, frente a una pantalla de 180º con imágenes en tiempo real de la Tierra. Mi inocente desconocido vestía una camisa a cuadros amarillos y estaba por pedir la cuenta en el “Sabarsky Cafe”, el popular restaurante al lado del Central Park, en Manhattan, Nueva York. A su lado, se encontraba una mujer pelirroja haciéndole cariños en la oreja. Me tomó unos minutos darme cuenta que, por la situación frente a mis ojos, faltaban sólo 2 días para el reinicio. Mis instintos habían sido muy precisos, y eso me producía una sensación de relajación y confianza hasta cierto punto. Gonzalo y Tenderina estaban en el viaje romántico que habían planeado hace aproximadamente 7 semanas. Querían conocer las Américas, y como destino final irían a la ciudad que nunca duerme.… Hállense ahí.

El anillo de 24 quilates se encontraba muy seguramente en el bolsillo izquierdo trasero de Gonzalo, como lo había hecho en todos los reinicios, y se empolvaba desde hace más de 3 semanas; Gonzalo estaba esperando el “momento oportuno”.
Nunca he sabido la hora precisa en la que a Gonzalo se le ocurre cómo pedir la mano de su amada. Debe ser entre las 9 y las 10 de la noche, a juzgar por la expresión de asombro y nerviosismo que invaden su cara en este intervalo de tiempo. En la tarde del 28 de abril, o bien, el día entrante, Gonzalo llevaría a Tenderina al centro del Rockefeller Center, le vendaría los ojos, y caminaría a su lado tomándole la mano, para detenerse bajo la bandera española. Ahí entonces, le removería el antifaz a su invitada, la dejaría asombrarse durante unos segundos por el lugar al que la había guiado, y sin parpadear, se arrodillaría sobre su pierna izquierda, dejando que la bolsa trasera de dicha pierna se mantuviera flácida, y así, con un solo movimiento sacar el anillo y decirle cuánto la amaba.
Era entonces cuando se producía el momento que más intriga me ha generado a lo largo de los reinicios.

Es imposible predecir el cómo reaccionaría una persona al enterarse de que su única labor en la vida es la de actuar como un peón que resbala y cae en la trampa de su adversario: el tiempo mismo. No puedo ni pensar qué sucede en el cerebro de un sujeto al escuchar ese mensaje como contestación al momento más emocionante de su vida, pero la reacción de mi sujeto siempre ha sido una que me deja mucho que desear; un tenue fruncimiento, seguido de una misteriosa sonrisa ahogada que nunca lograré comprender. Como bien, podría tratarse de la reacción de una persona ausente, que no ha logrado procesar lo que sus oídos escuchan y muere antes de poder siquiera darse una idea, como podría ser la reacción de alguien que siempre lo ha sabido pero nunca confirmado, alguien que olía su destino, y finalmente le daba un cierre a su teoría más profunda y nunca expresada. Supongo que nunca hallaré la verdadera respuesta.

Amaneció y oscureció en un instante, y ya Gonzalo y Tenderina se hallaban patinando a un lado del místico lugar. Dejé mis distracciones y comencé a prepararme mentalmente para el nuevo reinicio. Decidí avocar mis ojos al rostro de Gonzalo, pues quizá de esta manera podría entender con mayor facilidad la expresión que estaba por reproducir en unos momentos.
Después de la corta caminata por la plaza central, Gonzalo ya estaba en posición. La mano le temblaba al remover el antifaz que cubría los persuasivos ojos color miel de una Tenderina coqueta, que se veía más guapa que nunca. Poco a poco, Gonzalo fue dirigiendo su peso al metatarso de su pierna izquierda, para con delicadeza, bajar hasta situarse sobre su rodilla. Con decisión, Gonzalo dirigió su mano izquierda al flácido bolsillo de su pierna flexionada, pero al cabo de unos segundos, su expresión cambió a una de desconcierto. Finalmente, tras un instante de vacilo, su expresión volvió a tomar color, y con naturaleza, se puso de pie para cambiar la posición de su cuerpo, hincándose ahora en la pierna contraria.
En menos de un destello me puse de pie. Fueron muchas las emociones que me invadían y mi corazón estaba a todo lo que da, latiendo fuera de mi pecho, como una máquina. No tenía idea de lo que estaba sucediendo. Sentí el más vibrante escalofrío y entonces descifre cuál era el causante de tal movida de tapetes. ¡Gonzalo había guardado el anillo en su bolsillo trasero derecho! Al arrodillarse del lado incorrecto, notó que la bolsa se encontraba vacía, y era en cambio la otra situada a escasos centímetros a la derecha, la encargada de guardar el mágico objeto. Sencillamente, Gonzalo cambió el peso de su cuerpo a la pierna contraria, para lógicamente, aflojar la bolsa en donde su futuro le aguardaba y simultáneamente, tensar la inservible bolsa izquierda.

Mi mente perdió absoluto enfoque en la pantalla, y vi todo en cámara lenta pasando a mi alrededor. Ya ni siquiera me interesaba ver y analizar la mirada que tanto me intriga antes del nuevo reinicio; por primera vez en la existencia, algo había salido diferente a todos los anteriores reinicios. El anillo que con certeza siempre ha estado en la pierna de la mala suerte, hoy se encontró en el lado opuesto; fue una situación que incluso confundió a Gonzalo, mi inocente amigo al que hoy he amado. Lo que prosiguió fue exactamente igual a las repeticiones anteriores, Gonzalo murió y renació, me parece en un pueblecillo del caribe, pero nada de eso importaba ahora; algo bueno para mí se aproximaba, lo podía sentir. Algo estaba por cambiar, no tengo idea de qué se pueda tratar, pero nunca en mi pasaje como narrador me había sentido tan feliz y eufórico. Finalmente, ¿a quién no le gusta salirse de la rutina?

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