La pantalla que nos consume

Por: SF

Existen muchas versiones de la historia que les voy a contar, quizás mi versión no suene tan real, tal vez crean que estoy loco, tal vez simplemente no crean que lo que les contaré realmente sucedió, pero, sin embargo, nadie sabe lo que sucedió más que yo, a pesar de que miles lo presenciaron.

Yo era un ingeniero y, al ser mi ciudad mayormente industrial era un trabajo muy necesario que por alguna extraña razón muy poca gente tenía y, gracias a esto, era un trabajo bastante bien pagado. Trabajaba mucho, tal vez demasiado, pero me encantaba mi trabajo, no lo hubiera cambiado por nada ni nadie, o por lo menos eso creía.

Un día, mientras arreglaba una de la máquinas de una fábrica de aparatos electrónicos que fabricaba desde computadoras y celulares hasta televisiones y videojuegos, encontré algo que cambiaría mi percepción de la sociedad para siempre. En una de los mecanismos: un líquido, y su uso, hacer esta tecnología más atractiva, no físicamente, sino psicológicamente.

Éste líquido era brillante, y mientras más arreglaba esa máquina en específico, mi obsesión por simplemente verlo creció tanto que pasaba semanas seguidas arreglando y mejorando esa máquina, sin nunca imaginarme las consecuencias que eso podía tener.

No pasó mucho tiempo hasta que descubriera el verdadero propósito de este líquido misterioso, realmente no era para hacer más atractivo todo en lo que sea colocado, sino que era para crear una adicción enfermiza a aquello que tocaba. Sin embargo, mi obsesión siguió creciendo, seguí mejorando la máquina creando algo casi irreversible.

Ya no dormía en mi casa, ni siquiera dormía en ningún lado, estaba día y noche trabajando en esta máquina, tampoco comía, pero el amor que le tenía a esta máquina me mantenía de pie. Al no salir de la fábrica, no me dí cuenta de lo que yo estaba haciendo. Estaba afectando a toda la sociedad, no sólo de la ciudad, sino a todo el mundo.

Fue muy difícil sacarme de ahí, tal vez ha sido lo más doloroso que he tenido que hacer en mi vida, pero después de meses de trabajo, me tuvieron que sacar de ahí a la fuerza para que la fábrica pueda regresar a trabajar normalmente.

Pasaron varios meses y seguí trabajando como antes, sólo que ahora con un dolor de haber perdido algo que me causó tanta obsesión. En los meses siguientes, la fábrica empezó a trabajar normalmente, pero los productos que sacaban empezaron a cambiar. Las mejoras que le había hecho a la máquina habían funcionado, pero no de la manera que había pensado.

El líquido mágico se había expandido, creando una plaga en todos los aparatos electrónicos de la ciudad y luego del mundo, entre más tiempo pasaba, menos gente salía de sus casas, estaba enfermizamente adicta a sus aparatos gracias a este líquido.

Me empecé a dar cuenta de esta situación cuando compré un teléfono nuevo. En el momento en el que abrí la caja sentí algo que nada me había hecho sentir más que esa máquina que me había consumido. En ese momento supe que lo que había creado era lo que estaba ocasionando todo esto.

En ese momento dejé el celular, agarré mis herramientas y me dirigí a la fábrica, la única forma de arreglar lo que había ocasionado era destruyendo mi creación más querida y, de no ser así, todo el mundo sería consumido de la misma manera que yo lo fuí.

Sabía que no estaba preparado para destruir algo que me causó tanta obsesión, pero en el fondo, sabía el daño que me había hecho a mí y que le haría a otras personas. Al fin y al cabo, ya había decidido lo que tenía que hacerse.
Llegué a la fábrica, preocupado por lo que me ocasionaría ver la máquina otra vez. No recordaba todas las mejoras que le había hecho, era mucho más poderosa de lo que pensaba.

Empecé a despedazar la máquina, pieza por pieza, empezando desde la más lejana al líquido hacia adentro. Sabía que, entre más me acercara al núcleo, más difícil sería luchar contra la máquina.

Fue una guerra psicológica que, aunque duró un par de horas, pareció una eternidad, donde, entre más progresaba en la destrucción de la máquina, más me dolía seguir. A pesar de esto, una fuerza dentro de mí, me impulsó a continuar, cavando la máquina más y más hasta llegar al centro.

Finalmente, llegué al núcleo, no sólo de la máquina, sino de todas mis culpas y placeres, fue un momento de sentimientos encontrados. Mientras miraba la superficie curva del contenedor en donde estaba el líquido y su color brillante que me iluminaba los ojos, sentía la misma obsesión que la primera vez que lo ví, y al mismo tiempo, una culpa de lo que le podría pasar al mundo si no lograba mi objetivo de destruirlo.

Al llegar al núcleo, no encontré una idea concreta de cómo deshacerme del misterioso líquido, no sabía cómo destruirlo ya que, a diferencia de todos los demás componentes de la máquina, éste era líquido. Tenía que pensar rápido, ya que el líquido no podía estar expuesto al aire libre por tanto tiempo.

La manecillas de mi reloj nunca habían sonado tan fuerte, sentí cada milisegundo desde el momento que destapé el contenedor, sin ninguna idea de qué era lo que iba a hacer exactamente con él. Decidí tomarme el líquido, era la única forma de deshacerme de él, el tiempo se acababa, y rápidamente, consumía el líquido misterioso.

Sabía que era muy poco probable que sobreviviera si tomaba la más mínima cantidad de él, sin embargo, continué. No había nada, ni nadie que me detuviera. Me terminé el líquido y el contenedor resbaló de mis manos y, junto con él, me desplomé yo también.

Desperté en mi cama, sin ninguna señal de malestar, cirugía o de que había estado en algún hospital. En mi mano derecha, mi celular, sin batería. En ese momento me dí cuenta de lo que realmente me estaba consumiendo. Esa obsesión tan voraz que había sentido no era consecuencia de ninguna máquina, ni de ningún líquido mágico, sino que estaba dentro de mí durante todo este tiempo.

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