Ojo del tornado

Por: Anónimo

Una ola de paraguas negros revolcó a Andrés. Una ola desconsiderada y poco oportuna considerando que, por primera vez en toda esa fría mañana, Andrés había encontrado un poco de paz al perder sus ojos en las copas de los árboles que empujaba el viento sobre el cementerio.
La muerte de su madre lo había entristecido, pero sobre todo confundido. ¿Cómo podía ser que su madre, la luz de su hogar y la cobija que lo confortaba en tiempos difíciles, era ahora sólo una memoria?¿Y cómo podía ser que ella, tan llena de vida y sabiduría, era la culpable de esto? La realidad de Andrés se oscureció, torció y volteó en un abrir y cerrar de ojos.
Quince años era una edad muy temprana para perder a la persona más importante en su vida, pero Andrés no era un extraño de las pérdidas. No, las pérdidas no eran extrañas, ni enemigas. Andrés y su familia eran nómadas. Su padre era un general veterano del ejército, lo cual había causado que fueran transferidos a diferentes estados múltiples veces durante su niñez. Cada una de estas migraciones veían a Andrés despidiéndose de todos los amigos, aunque no eran muchos, que había hecho durante su tiempo en el lugar respectivo.
Las despedidas siempre tenían un aire de tristeza pero, a diferencia de sus amigos, Andrés nunca lograba soltar una lágrima y, por alguna extraña razón, siempre lograba percibir un sutil sentimiento de algo como placer seguido de entusiasmo. Unos días después todo sería nuevo, misterioso y lleno de nuevas aventuras.
Esta pérdida no era igual que las otras. Aquí no había placer ni entusiasmo, sino todo lo contrario. Había un tornado de emociones que arrancaba del suelo y levantaba en el aire todas las memorias y viejos sentimientos relacionados con su madre y, ya en el aire, los dejaba caer sin ninguna consideración por su previo orden y esencia. Sin embargo, este tornado no era digno de la preocupación de Andrés. Él sabía que su revoltijo de memorias era como una caricia comparado con el dolor que vendría después.
El padre de Andrés había insistido por el último año en mandarlo a un internado militar. Al aprender sobre las nuevas encontradas pasiones de Andrés por el arte y la filosofía y como ya no creía en su fe, su padre pensaba que necesitaba endurecerlo. Su madre era la que impedía que esto se volviera realidad y, ahora que ya no estaba para protegerlo, Andrés sabía que su padre aprovecharía para cumplir su deseo de convertir a su hijo en un “hombre”.
Un par de días después recibió la esperada noticia. “Andrés.” dijo su padre. “Te he inscrito en el internado militar. Pasado mañana te llevaré a la estación donde te recogerá el camión y te llevará a que finalmente te endurezcas un poco.” Andrés asintió. Sabía que no había nada que pudiera hacer al respecto. Su padre le dio una sonrisa macabra escondida detrás de una máscara de orgullo.
El pasado mañana llegó, y con él, un fuerte malestar en el estómago de Andrés. Pasó un par de horas de trayecto acompañado de enojo y silenciosas lágrimas. Finalmente llegó a ese repulsivo lugar que, aunque parecía el clásico internado con amplios espacios y bellos bosques, no podía esconder lo que realmente era, una prisión. Recibió su uniforme y reglamento y procedió a saludar a su nuevo general. “Te hemos estado esperando.” Dijo el general. “Aquí aprenderás valor y disciplina” Andrés luchó por aguantar las nauseas.
Los días consistían en atender a clases por las mañanas y sobrevivir el entrenamiento militar por las tardes. Soñaba con escapar, pero pasaba la mayor parte de la noche sin poder dormir. Llegó el segundo viernes, y los alumnos se despertaron temprano y se prepararon para la temida excursión. Debían caminar unos veinte kilómetros cargando pesadas mochilas que contenían los suplementos que necesitaban para acampar dos noches. El domingo en la mañana debían caminar de regreso. Comenzaron la caminata adentrándose en el bosque. El clima no estaba ni muy nublado, ni muy soleado, y parecía que se quedaría así un rato.
Unos kilómetros después, Andrés sucumbió a su estómago y tuvo que parar un momento. Suspiró con alivio. Al ver que el grupo se adelantó, un impulso tomó control de Andrés. Sin pensarlo dos veces, agarró su mochila y corrió. Corrió rápido y sin mirar atrás. Cuando sus piernas se rindieron, se dio cuenta que había perdido al grupo por completo y paró un momento. Volteo a su alrededor y vio que no estaba muy lejos de un vasto pastizal. Recuperó el aliento y echó a andar.
Caminó por el pastizal hasta que una gran nube gris tapó el cielo. Comenzó a chispear, y en pocos segundos se convirtió en una tormenta. Fuertes vientos empujaron a Andrés, y de pronto un tornado se formó a lo lejos. Andrés intentó correr, pero el tornado lo arrasó. Giró con gran aceleración hasta llegar al ojo del tornado. Andrés estaba en el aire cuando algo chocó contra él. Era su madre. Entre la nube del tornado también apareció su padre, seguido por sus viejos amigos y una ola de paraguas negros. Alcanzó a ver también su mochila, su librero y su vieja cama destendida de la cual se agarraba firmemente el general del internado. Todo flotando alrededor del ojo junto con Andrés. Su padre le sonreía con compasión mientras que su madre le disparaba con la vieja bayoneta que el padre de Andrés solía usar en el ejército. Y así, más cerca de la muerte que nunca, Andrés se dio cuenta que todas sus preocupaciones y problemas no eran más que una ilusión que se descomponía y transformaba con el viento. Sus confusos recuerdos, las historias que había leído y los amigos que había ganado y perdido estaban todos ahí, bailando uno con el otro mientras flotaban en el aire. Todo era pasajero y permanente, todo iba y venía sin ninguna preocupación por la linealidad del tiempo. Nada estaba bien ni mal, todo simplemente era. Andrés sonrió; no necesitaba menos ni más.

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