Compartir el último pastel

Por: Revenant

Tomé un paso atrás y contemplé la mesita de café en el centro de la sala una vez más, pero seguía sin ser perfecta. Reacomodé los objetos en ella y volví a retroceder. Seguía sin satisfacerme, pero tenía otras cosas de qué preocuparme. Regresé a la cocina, y mientras revolvía lentamente la masa del pastel, eché un vistazo al reloj en la pared. Eran casi las 5:00, no debían tardar. Sin prisa, como es mi costumbre, pasé la masa a mi molde más fino y lo metí al horno. Volví a mirar el reloj y esperé impaciente a los invitados. Estaba nervioso por compartir mi último pastel con ellos.
Cuando pensé que ya no vendrían, escuché a alguien tocar la puerta al ritmo de una canción infantil, seguida por una risita inocente. Abrí la puerta y recibí un cariñoso abrazo del primer invitado. Todavía tenía puesto su uniforme del jardín de niños, y con unas cuantas preguntas casuales, pude averiguar que él no sabía de los problemas que su familia enfrentaba, y que no esperaba el divorcio de sus padres que vendría pronto. Con mucho entusiasmo, me platicó de su amor por la repostería y cómo no podía esperar a probar el pastel. Yo, con tan sólo escuchar su voz, me sentí mucho más relajado y me dolían las mejillas por tanto sonreír. Hace mucho no hablaba con mi pequeño favorito, y me hizo muy bien invitarlo. La vida empezaba a agotarme mucho, y quizás esta reunión valdría la pena.
Mientras buscaba un chocolate para darle al pequeño, y él acomodaba sus zapatitos perfectamente contra el sillón, el joven de 16 años entró al departamento. Sin estrechar mi mano se echó en el sillón de la sala junto al pequeño, a quién le dirigió una pequeña sonrisa. Fue lo suficientemente cordial para mencionar lo agradable que olía el pastel horneándose, pero lo suficientemente descarado para descansar sus pies en la mesita de café. No insistí en discutir con él, pues tenía suficiente de eso en casa, y he aprendido a limitarme a observarlo, lo que me ha dado suficiente aprendizaje. Este joven me ayudó a crecer y le debo mucho, él no lo sabía todavía que gracias a su pasión secreta por la repostería me llevaría a conocer el amor de mi vida. Cuando vio que el retrato arriba del sillón estaba un poco inclinado, se levantó rápidamente a enderezarlo, y regresó a su posición original.
Mientras estaba en la cocina, preparándome para sacar el pastel del horno, escuché a mi tercer invitado ofrecerme ayuda. Él era el más feliz de todos mis invitados, y el que más perdería también. Ofreció sacar el pastel del horno por mí, para evitarle a mi vieja y gastada espalda el esfuerzo de agacharse. Era un hombre cálido, pues tenía la fortuna de amar y ser amado por la mujer más maravillosa del mundo y todos los presentes lo envidiábamos por eso. Los jóvenes, porque pensaban que nunca encontrarían algo así, y los mayores porque la habíamos perdido. Sacó el pastel del horno y acomodó cuatro cerezas perfectamente encima de él. Tomó un paso atrás para observarlo y asintió satisfecho. Llevé el pastel a la mesita de café, y el enamorado se sentó junto al joven y al pequeño en el sillón. Miró el retrato encima de él y sonrió al ver su mujer favorita en un lugar tan especial.
Mientras todos esperábamos al último invitado, abrí el tercer cajón a la derecha de la estufa y tomé mis medicinas. Yo sabía que no me quedaba mucho tiempo, y de todas maneras estaba cansado de vivir, pero tomar mis medicinas era parte de mi rutina y no planeaba cambiarla el último día.
Al último invitado le tomó más tiempo entrar a la casa, pues su espalda comenzaba a cansarse del peso diario, y sin su amada para aliviar la carga, su sonrisa comenzaba a desvanecer. Volteó a ver el retrato y una lágrima nostálgica corrió por su mejilla. Todos se reunieron en el sillón de la sala y tomaron un plato. Me dejé caer en la mecedora en frente de todos y sonreí. Vi atrás, a un niño entusiasta y emocionado por vivir, a un joven irrespetuoso y preocupado por lo que los demás pensaban de él. Vi a un enamorado afortunado y a un enamorado miserable por haber perdido su más grande fuente de energía. Vi un retrato de la amada de todos estos hombres, algunos del futuro, otros del pasado. Vi una vida llena de pasión por la cocina, amor y obsesión por el orden. No era perfecto, pero me sentí satisfecho. Me sentí satisfecho por todo lo que logré, por todo lo que aprendí, y por cuánto amé. Por fin, me sentí listo para descansar.
Todos los invitados tomaron una rebanada, y juntos, compartimos nuestro último pastel. Les agradecí por venir y me hundí en la silla, cerré los ojos y me preparé ansioso por unirme a mis invitados. Y me solté, para unirme a estas memorias que me visitaron, y convertirme parte de ellas.

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