El cuartel

Por: Dancer

Era una fría mañana de un martes en otoño, las hojas caían de los árboles y los pájaros cantaban. Yo me dirigía a mi sesión obligatoria de terapia que teníamos una vez a la semana por mandato de «El Director».

Pero esta mañana me sentía peculiarmente extraño, me gustaría poder describirlo, pero era algo que no había sentido antes. Sentía un poco de nostalgia y preocupación a la vez. Siempre me había sentido feliz, no tenía de qué preocuparme, en «el cuartel» me daban todo lo necesario, comida, educación y un lugar donde vivir. Pero algo en el ambiente se sentía extraño, las dudas que tenía en mi cabeza me hacían sentir incómodo, así que el hecho de tener que ir a terapia no me molestaba tanto.
Caminé hasta el fondo del pasillo y baje las escaleras que dirigían al sótano, después de un rato de bajar llegue al consultorio y me senté a esperar a que me atendieran. Mi cita era a las 8:45 pero siempre teníamos que llegar 20 minutos antes (según estipulaba el reglamento). Cuando pase a la sala el doctor Wïtz me ofreció una menta como siempre y yo como de costumbre la acepté. No era ningún secreto que esas pastillas que te ofrecía eran algún tipo de suero de la verdad, y que era obligatorio tomarte la antes de sentarte, pero todos fingían que era simplemente un acto de cordialidad por parte del doctor, y como estipulan las reglas, no está permitido rechazar un acto de cordialidad.

Después de haberme tomado la pastilla me acosté en el sillón café que daba la espalda a la silla del doctor. Wïtz comenzó con la misma pregunta que todos los martes, «¿cómo te sientes hoy?» y a diferencia de él yo respondí algo que no era habitual, dije «extraño». Hubo silencio por unos minutos, no supe si había dicho lo correcto y Wïtz solo se dedicó a hacer un montón de apuntes, pero después me dijo prosigue. Sabía que quería que le explicará el motivo de mis preocupaciones, pero a decir verdad ni yo estaba seguro de saberlo. En mi más profundo intento de explicarlo dije que talvez se debía al frío, pero no supe decir nada más. Después de aquello Wïtz dijo que era normal, y siguió con el régimen habitual de preguntas que se hacían todas las sesiones, como por ejemplo: ¿te sientes feliz con la comida? ¿Qué tan feliz estás con las clases? A lo que yo siempre respondía de manera afirmativa.
Al terminar salí de la sala por otra puerta, diferente de la cual había entrado, ya que no era correcto ver al paciente que estaba a punto de entrar a su cita.

El sótano era frío, estaba hecho de paredes de cemento, y a decir verdad no disfrutaba mucho de las sesiones del doctor Wïtz, no por él, si no por el lugar, era algo frío y solo habían dos puertas, una silla y un reposet.

Después de aquello las actividades del día continuaron como de costumbre, estudio de ética a las 10:02 entrenamiento de batalla a las 14:08 y almuerzo a las 18:21. Un día habitual.

Después de la cena me dirigí a mi habitación, a decir verdad siempre he sido muy solitario y en la hora libre que teníamos después de la cena, en vez de participar con los otros reclutas prefería ir a leer a mi cuarto. Cuando abrí la puerta de la habitación «El Director» se encontraba adentro (lo cual era muy extraño, ya que solo lo hacía cuando había algo importante que atender). «El Director» era un hombre serio y calculador, media un poco menos de dos metros y era rubicundo, no hablaba mucho, pero siempre que entraba en una habitación del complejo todos quedaban mudos.
Inmediatamente mi instinto fue decir buenas noches, y él dijo: 11458 te presento a tu nuevo compañero 12202, dormirá contigo a partir de hoy. Asentí con la cabeza y luego se retiró. Era muy común que fuéramos llamados por nuestro número de ingreso, pero realmente entre colegas no llamábamos por nuestros nombres. Me dirigí a saludarlo y me presenté por mi nombre, él me dijo que se llamaba James, y no volvimos a hablar en toda la noche.

Esto de tener un compañero era algo relativamente nuevo para mí, la última vez que tuve uno fue hace 6 años, una noche el comando de comportamiento entró para llevarlo a la sala de tortura de «El Director», pero nunca regresó. Era todo un rebelde, su nombre era Marvin, le gustaba decir tontería como que estábamos encerrados y que vivíamos engañados. Después de eso preferí estar solo por un rato, pero al parecer ya había llegado el momento de reincorporarse a la sociedad.

Durante los primeros meses de su estancia James se comportó de manera ejemplar, incluso había ganado el premio a mejor combatiente en varias ocasiones. No hablábamos mucho pero nos llevamos bien, incluso llegamos a chocar puños (que era algo que no se hacía a menos que fueran buenos amigos). Sin embargo una noche después del toque de queda, oí como se levantó de su cama y salió de la habitación, al principio pensé que iba al baño pero tardó en regresar. Después de aquello, dos veces por semana (lunes y miércoles) salía después del toque de queda y regresaba al amanecer, justo antes del ejercicio matutino obligatorio.

De vuelta en la terapia mi respuesta habitual a la pregunta «¿Cómo te sientes hoy?» Se había convertido en preocupado. Además de la hora de terapia a la semana, no tenía otro momento en el que se me permitiera pensar en mis sentimientos, ya que era egoísta así que aprovechaba cada minuto de esa terapia para decir cómo me sentía, a pesar de no recibir ninguna respuesta, tanto de mi parte como de la de Wïtz.

Cada vez me sentía más fuera de lugar, todo se había vuelto monótono, desayuno a las 7:03, estudio de ética a las 10:02, clase de batalla a las 14:08, almuerzo a las 18:21 y toque de queda a las 9:00. Lo único que me mantenía interesado era la terapia una vez por semana y claro la incertidumbre de saber a dónde se dirigía James por las noches.

Un miércoles después del toque de queda decidí seguir a James, para ver a dónde se dirigía, salió con mucho sigilo, y yo detrás de él. Caminó un largo rato por las instalaciones, dando vueltas por los pequeños callejones alejados de las cámaras, luego comenzó a bajar las escaleras que dirigían a la oficina del doctor Wïtz, pero tomó una vuelta inesperada hacia unas escaleras que se encontraban al lado de la puerta de la entrada del consultorio, esas escaleras estaban prohibidas, solo «El Director» podía entrar ahí, era privado. Por un momento dude de hacer lo correcto e ir a soltar la verdad de lo ocurrido, pero algo dentro de mí me decía que lo siguiera, ¿cómo iba a delatar a la persona que me daba un propósito de seguir viviendo?. Así que me trague todo lo que me habían enseñado desde que tengo memoria y lo seguí. Al llegar abajo, James quitó un candado que se encontraba superpuesto en una reja y entró en la oscuridad del lugar. Inmediatamente lo seguí, no sabía dónde estaba, pero después de caminar un poco en línea recta me di cuenta que eran las alcantarillas (por el olor). Llegamos a una habitación llena de elementos de tortura (supongo que era la famosa sala de torturas de El Director), en donde habían más personas que conocía, y que estaban sentadas en un círculo. Hasta ese momento nadie me había oído pero tropecé con una de las hachas y todo el mundo me vio. James anonadado me tomó del brazo y me sacó de la habitación, comenzó a gritar que porque había invadido su privacidad, que si decía algo de aquello me mataría. Yo prometí no decir nada si me dejaba entrar, y así fue.
En las reunión comenzaron a discutir cual sería la manera más adecuada para salir del cuartel. Yo sin entender a qué se referían pregunte ¿salir a dónde?, Todos me voltearon a ver y Pat otro de los chicos presentes respondió: de esta prisión, yo pregunté nuevamente ¿Cómo si no existe nada afuera? Todos rieron al unísono y para dijo nuevamente ¿En serio creíste que el mundo se reducía a solo un par de edificios? Era algo que yo nunca había pensado, desde que tengo memoria he vivido aquí, no recuerdo haber conocido a mi madre, de hecho no recuerdo haber visto a una mujer fuera de los libros de historia, nunca había cuestionado la manera en que llegue o a donde se llevaban a los que cumplían más de 23 años.

El resto de la noche me la pasé pensando sobre aquello que había dicho Pat, no volví a hablar en toda la reunión. Al terminar la reunión nos dirigimos a nuestras habitaciones y dormimos por el poco tiempo que quedaba.
Transcurrió el día como lo hacía normalmente, y en la noche antes de dormir le pregunté a James si él recordaba algo de antes de llegar al cuartel, dijo que durante los primeros meses le costó trabajo recordar debido al suero de amnesia que había tomado, pero luego comenzó a recordar que había Sido secuestrado por la compañía (así le llamaba la gente de afuera al cuartel) y que afuera había una guerra, que el cuartel quería destruir a todas las mujeres y que tenían soldados por todos lados.
Después de aquella historia todo comenzó a tomar sentido, habían cosas que por fin hacían click, como el hecho de que no hubieran mujeres en el cuartel, o de que no recordara de dónde vengo.

Llegó la primavera y yo había asistido habitualmente a las reuniones de escape que se hacían, pero ahora era con más frecuencia, cada vez estábamos más cerca del objetivo, y era de vital importancia meditar el plan.

Durante las noches era libre, pero en el día actuaba con normalidad, para mantener las apariencias. Asistía a las clases y a las terapia con normalidad, incluso hasta había vuelto a cambiar la respuesta a decir que me sentía feliz.
Pero un día las cosas dieron un giro inesperado, era un martes fresco de primavera y me dirigía a la terapia con el señor Wïtz. Cuando pase a la habitación él no se encontraba, si no que en vez de él estaba «El Director». Yo estaba atónito por verlo ahí, pero él me ofreció la menta y me pidió que me sentará y que disculpara la ausencia del doctor Wïtz, que él me atendería por hoy. Claramente se preguntó algo, porque las preguntas eran más invasivas de lo común. Yo me negué a responder, pero fue inevitable debido al suero de la verdad, unos minutos después había dicho todo lo necesario para que condenarán a todos.
«El Director» me tomó del brazo y me inyectó un químico que me causó un sueño abrumador, abrió la puerta delantera (salimos antes de que llegara el otro paciente) y hasta donde recuerdo comenzó a bajar las escaleras a la sala de tortura.

Desperté sin ropa y lleno de moretones, tenía el brazo derecho roto, y a mi lado se encontraban todos los del club de la resistencia (aún dormidos). Del fondo de la habitación salió «El Director» y dijo: tú serás el único que sobrevivirá, no sin antes recibir tu castigo, pero ellos desaparecerán de la faz de la tierra debido a su rebeldía. En ese momento lo único que me quedaba era rogar que me matará a mí también, no podía soportar saber que iban a matarlos por mi culpa y que además yo iba a vivir ahí para siempre, así que comencé a gritar: mátame, mátame maldito, mátame como a ellos, pero él se volteó y dijo: jamás mataría a mi propia sangre.

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