Le Petit Chaperon rouge

Por: Mérida

Lavercantière, Mediodía-Pirineos, Francia. 2037
“Y cuando se dio cuenta, corría por su vida, escapaba de la espesura ‪de la noche‬‬, de la oscuridad en la maleza color miedo. Su tormentoso y turbado corazón se le salía del pecho. Su agitado aliento se convertía en un susurro helado de auxilio, a cada jadeo que despedía, a cada zancada que daba. Se aproximaba cada vez más al instante de su fin. La melodía terminal cada vez se aproximaba más a ella. El sudor frió recorría su pálido rostro – Llévame por favor – enunció…
Adrenalina corriendo a miles de kilómetros por hora. Negro, viscoso y espeso negro. Frío, agudo y penetrante. Fuego, ardentía, calor punzante. Un mar color rojo vivo. Empedrado sendero cubierto en sangre, mucha sangre. Dolor mucho dolor”.

Anne Scarlett, una dama… singular, por así decirlo, única en su especie. Una chica de unos dieciséis o diecisiete años. Se podría decir que era alta, tenía una figura sana y juvenil, o cual le vino de maravilla ya que, ya saben, hay tantas bestias hambrientas en este bosque oscuro que ya no se sabe cuándo tiene que estar preparada para huir y correr por su vida. Pero… ¿En qué estábamos? ¡Ah, sí! Anne. Su nombre suena elegante y refinado, pero no se dejen engañar que “elegancia” no sería la palabra ideal para describir a esta joven. Yo usaría más la palabra “aventurada”. Ella fue nombrada de esta manera para darle honor a su abuela, Anne Scarlett Laforêtte. Pero esa es una historia para otra ocasión… Anne tenía una hermosa cabellera larga. La tonalidad de su melena era casi absurda. Tan oscura como el punto más profundo del sombrío y monumental océano. Sólo con cierta iluminación, se dejaban notar mechas ligeramente más claras que el resto de su pelaje, le enmarcaban su lívido rostro. Pero no se confundan, era pálida más no cadavérica. Le daba una pinta misteriosa y me atrevería a decir que un tanto siniestra. Fascinante diría yo… Su piel era suave, firme y casi completamente sana, a pesar de la horrible comida que se les asignaba en ese entonces. Anne anhelaba haber podido degustar una de esas extrañas esferas que se presentaban en miles de formas distintas y hasta de diferentes combinaciones de colores vibrantes. En fin, la abuela de Anne le había relatado historias de cómo, en el pasado, eso aun existía, eran difíciles de conseguir, sin embargo, sí tuvo la oportunidad de zamparse uno de esos deleitosos manjares llenos de jugo fresco. Cual amargo, agrio, salado o dulce que fueran. Anne soñaba con poder haber sido igual de afortunada que su abuela, para presenciar y catar todo eso de lo que esta anciana le narraba. Todas esas dichosas “flores”, así les decían a esas pequeñas bifurcaciones que salían a partir de la tierra y de las ramificaciones. También venían en distintos tintes y hasta aromas. También había animales. ¡Lo sé, qué increíble! Hace cuanto que no se escuchaba hablar de animales… el único ser vivo además de nuestra hermosa humanidad, del que se oía, y se oía demasiado, la única especie existente, el “Lobo feroz” todos le temían a muerte. De hecho lo usaban como objeto comercial, para las películas, comerciales, incluso para las jovencitas, a modo de que no salieran tan noche por su cuenta, solas y desprotegidas, ya que en Francia como en el mundo entero, las féminas quedarían débiles y desprotegidas ante la gran bestia, queriendo abastecer sus tan urgentes necesidades. Este lobo es como ninguno. Se dice que habita en la oscuridad de la noche y en el crujir de los secos cadáveres de los prominentes árboles, esperando para devorar otro pedazo más de carne, y posar sus garras sobre su siguiente presa, apilar los sueños rotos de pequeños e indefensos niños, junto con su colección de corazones humanos, que les arrancó a cada una de sus víctimas.
En una hilera, acomodados perfectamente en su extensa y prolongada vitrina, llena de fina ornamentación. Decoraciones preciosas cubriendo el viejo papel tapiz de las paredes, en donde vive esta alimaña. Desde luego que no va a vivir en una cueva gastada y empolvada, al contrario, un ser digno como el merece acabarse la piel del resto de los animales (claro, cuando aún tenían vida), para elaborar su lujoso sofá y confeccionar sus botas. Claro, es lo mínimo que merece un ser supremo y admirable como él. ¿No creen? Se dice que este lobo con la mente retorcida no podía más que guiarse por el placer, el deseo. Nada más allá que sus crudas y retorcidas necesidades. Esperando a Caperucita, siempre acechando a Caperucita.
Un nuevo día comienza. Otro día más. El arborecer del futuro, diría la abuela Anne o mejor dicho, la terrible e interminable rutina, a la que Anne junto su ejército de androides, estaban obligados a sobrevivir. A esta sucesión perpetua. Sin salida, sin final. Un espiral del que en sólo pensarlo a Anne le daban unas náuseas insoportables. ¿Pero que se puede hacer? ¿Para eso vino al mundo? ¿No es así? El pupilaje a donde asistía Anne, se llamaba “El internado de St. Pioré”, doblando la esquina, pasando el sendero, justo a la vuelta de la planta de “Tecnología Ritterscotch”, en donde se les suministraba el más reciente y mejorado “chip de meticulosidad” o mejor dicho “el chip de la dictadura y el control”, a los que eran principiantes en esto de “la raza de la humanidad en el planeta Tierra”.
No se puede exponer más, Caperucita por fin pudo escapar, ya dejó un día más atrás en la tal “escuela”, “internado” o como le quieran llamar. Claro, hasta que volviera a amanecer, ahora su única preocupación era disfrutar sus 12 horas de libertad, que en realidad estaban cargadas de más responsabilidad. Vaya vida. Anne llegó con sus auriculares puestos como siempre, digamos que logró burlar el sistema de “su chip de meticulosidad” y digamos que ahora ya le da un mejor uso, reproduce su música favorita por medio de este odioso aparatito. Entro a casa con la misma cara demarcada y exhausta de siempre… no faltaba un día en el que Anne no llegara con su capucha puesta, de su capa favorita. Era de color rojo, un rojo profundo pero al igual vibrante, que se asemejaba a sus voluptuosos labios, que siempre tenían un tinte sutilmente rojo, por naturalidad, claro que el maquillaje era un lujo que ni ella ni el mundo entero se podrían dar. La caperuza de su impermeable le cubría casi hasta la mitad de sus ojos, dándole a su mirada conformada por hermosos ojos cafés oscuro, casi negro, un aspecto un tanto misterioso. Como usualmente lo haría Caperucita fue en busca de su madre para saludarla. ¿Su padre? Se preguntarán, pues esa es una historia para otra ocasión. Anne se sorprendió al ver una nota que decía:
“Querida Anne tuve que salir a la cuidad para conseguir un poco de esa “medicina” que ya se nos ha terminado, sabes a lo que me refiero, en fin por favor come un poco, se que no te encanta la papilla vitamínica, pero sabes que es lo qué hay. Ya no he podido conseguir otra cosa. Te pido de favor que pases a ver a la Abuela Anne ha estado un poco enferma y yo ya no me puedo encargar, tengo otros asuntos pendientes, te dejo sola en esto, discúlpame Anne. Con amor, Tu Madre…”
Supongo que tendría que forzarme a engullir esa papilla gris con esa textura repulsiva que tanto le hacía querer comer cualquier otra cosa, tierra si era necesario. Pero no tenía más opción que hacer lo que su madre dijo… al fin y al cabo la crearon para seguir instrucciones. Logro comer un poco y fue a cambiarse sus zapatos del instituto a sus botas favoritas, como de costumbre. Eran unas botas marca Timberland un tanto viejas y gastadas. Pero a ella no le importaba, las usaba con toda la afición posible. Era lo único que le quedaba de su hermana. Tomo sus cigarrillos que escondía en el segundo cajón de su empolvado armario, los metió dentro de el bolsillo de su abrigo para emprender “su pequeño viaje” para encontrarse con su achacosa abuela. Anne no entendía… ¿por qué los ancianos se enferman siempre? ¿Cuál es el propósito de la maldita vejes? ¿Porque todos en este mundo nos tenemos que quedar a contemplar como nos dejan lentamente nuestros seres queridos? Aunque en algún momento llegaría su turno. De hecho en un momento más cercano del que ella se esperaba…cruzó por la puerta para dejarse expuesta en la destemplada tarde. Comenzó a caminar en dirección al sendero, tenía que cruzar “el macabro bosque oscuro”. Honestamente a Anne ya no le asustaban muchas cosas, al contrario agradecía el poder tener un momento a solas con nadie más que ella misma. Se adentró un poco al bosque, no se confundan, no era un bosque con vida, verde, nada que se le parezca, en contraste, era un lugar que inspiraba deceso y melancolía, extrañamente mas lleno de vida que un cosmos entero, pero muerto, exánime y muerto. Un poco difícil de entender. Se aproximó sobre el fangoso suelo y se sentó sobre un pequeño lecho de lo que parecían hojas secas. Se recargó sobre un frígido tronco. Prendió su cigarrillo y comenzó a fumar, Honestamente ya no le importaba si era dañino para su salud, de todas formas ya estaba muy lastimada y por lo menos su cuerpo si podía estar en su control, así que, ¿Por qué no hacer con el lo que ella quisiera? Por fin podía jugar con sus reglas. Se sintió libre, se escabulló de su realidad y se adentró un poco en ese mundo al que le encantaba visitar. Ese sitio en donde pasan las horas incalculablemente. De pronto su corazón dio un vuelco al darse cuenta que alguien la acechaba, estaba segura de ello, sentía la mirada de ese maldito ser del que ella rezaba porque fuera sólo un cuento de niños, sólo una leyenda, un objeto comercial. Lo anhelaba con ansia. Ojalá y se lo estuviera imaginado, porque al contrario…las cosas no saldrían tan bien. Volteó su cabeza para intentar encontrarse con la bestia y poder correr en dirección opuesta. Siguió buscando entre la neblina, ya era de noche. Volteó su cabeza un poco y ahí estaba a su derecha, a lo lejos. Esa repugnante bestia esperándola, con esa sonrisa burlona que dejaba ver unos filosos y amarillentos colmillos. Hambrientos. Solo bastó verlo un milisegundo para saber que estaba muerta, estaba acabada si no empezaba a correr YA.
Y cuando se dio cuenta, cuando por fin entró en razón, corría por su vida, escapaba de la espesura de la noche, de la oscuridad que sus entrañas imploraban por expulsar, para finalmente retornar y fundirse en el frío anochecer, en la maleza color miedo, en la pesada tiniebla, tan densa como un exorbitante saco lleno de súplica, tortura, mentiras, traición, desilusión. Dolor mucho dolor. Su tormentoso y turbado corazón se le salía del pecho, con su fuerte palpitar. Su cálido y dulce, pero agitado aliento se convertía en un suspiro, en un susurro helado de auxilio, que al entrar en contacto con el celaje y la niebla de la frondosidad, se veía obligado a tornarse en una tonalidad oscura y amarga de un aullido desesperado, que terminaba por incorporarse en la aglomeración de la opaca negrura, a cada jadeo que despedía, a cada zancada que daba. Se aproximaba cada vez más a su propio aniquilamiento, la fecha de su muerte. A el instante de su fin, donde su exterminio perduraría para siempre, o mejor de conocido como la eternidad temporal, la más pasajera y momentánea de todas las eternidades. El sudor frió recorría su pálido rostro, como lo solían hacer las caricias de su madre, sus suaves y blanquecinos dedos. Finos y elegantes cual pequeños fragmentos de porcelana lisa y pulcra, que recorría la corteza de su rostro, a modo de una refrescante brisa de primavera, la tersa piel de sus mejillas. Pero ya no. Todo eso solo se convirtió en una inasequible ilusión, un pensamiento fugaz, que al escuchar el ensordecedor estruendo no tardó en desplomarse y convertirse en diminutos despojos, afín a un cristal que al caer en el gredoso suelo se quebró. Un dulce pensamiento que la acobijaba de esta espeluznante pesadilla pasó a ser nada más y nada menos que insignificantes tajadas de vidrio. Miles de cristales que ahora ya eran filosos y peligrosos, que lo único que ocasionaban eran minúsculos cortes en su piel desnuda. En sus brazos, sus dedos, sentía cómo se clavaban en sus pies. Lentamente. Ardía. Dolía. Más ya no parecía importarle. Ese ruido que la había petrificado anteriormente cada vez se aproximaba más a ella. Sentía como las ondas de sonido viajaban a través del aire, a través del suelo. El vibrato cada vez era más y más intenso debajo de sus temblorosos pies. Lo sabía, lo sentía. El momento había llegado. Una vez más ese agonizante rugido se hizo escuchar. La melodía terminal. La armonía del adiós. Pero ahora tan cerca que sentía el ardor vivo de su aliento. Percibía el olor, que le provocaba querer despedirse de una vez por todas. Se estremeció a tal grado que un gélido escalofrío se encargó de recorrer su cuerpo enterró. Desde los dedos de los pies hasta la última cerda de su desmelenado cabello. Ahí estaban. Entre tanta maraña, entre tanto de ese grisáceo humo se hicieron descubrir ese par de turmalines, a los que tanto le temía. Ahí estaban esos atezados, negros y crueles ojos… -“llévame por favor” enuncio ella con un extenuado soplo apenas distinguible…
Adrenalina corriendo a miles de kilómetros por hora. Negro, viscoso y espeso negro. Frío agudo y penetrante. Fuego, ardentía, calor punzante. Un Mar color Rojo vivo. Empedrado sendero cubierto en sangre, mucha sangre. Dolor mucho dolor…

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